Imagínate por un momento que tienes 18 o 20 años en la Rusia de los 50 y 60, esos años cuando Stalin y sus amigos de la KGB te habían prohibido escuchar música occidental, bajo pena de cárcel o gulag, y a ti te apetece más que nada en el mundo escuchar a Chuck Berry, Beach Boys, Ella Fitzgerald, Beatles o Supremes.
Entonces aparece ahí un ingeniero de sonido ruso de 19 años que pensando, pensando, se le ocurre una idea brillante para que tú puedas oírlos en la intimidad de tu habitación: Piratear sobre placas desechadas de rayos X todos esos discos...
Así que Ruslan Bogoslowski, así se llamaba el ingeniero de sonido ruso, comenzó ha recorrer hospitales y contenedores para hacerse con todas las placas de rayos X posibles y conseguir poner en circulación en 20 años alrededor de un millón de copias piratas de todos esos discos prohibidos por ese demócrata humanista e inspirador y ejemplo de ese otro demócrata y humanista llamado Putin para que se pudieran llevar el "Blue suede shoes" o el "Johnny B. Goode" a casa o al guateque juvenil siempre y cuando pudiesen esquivar los millones de ojos delatores y del KGB del Gran Hermano soviético.
El invento de Ruslan para burlar la censura estalinista con sus registros fonográficos piratas se conoció como música de huesos y Ruslan pasó varios años en Siberia, atrapado por la KGB, purgando a -30⁰ por esos sus pecados mortales de que algunos adolescentes moscovitas pudiesen juntarse en un cuarto para escuchar a los Beach Boys y soñar con olas, playas, cuerpos bronceados y tablas de surf.
Para el estalinismo, ni siquiera en la etérea imaginación de los jóvenes podía existir un mundo mejor o distinto a aquel de los planes quinquenales soviéticos. Aquello ya era motivo suficiente para asesinarte de hambre y congelación en el gulag.

