A mí me esta pasando un poco como a mi admirado Groucho Marx, que generalmente me generan cierto desasosiego y desconfianza aquellos clubes o asociaciones que me admiten como socio.
Desconfío tanto de mí mismo como de los demás. Será por eso.
Pero si algo tuve claro siempre es que al club que cuando tenia 20 años nunca quise pertenecer fue al de los 57, ya que aunque estaba bastante de acuerdo con el adagio punk de "vive rápido y deja un bonito cadáver" creo que hay que darse algo más de tiempo a uno mismo para comprobar in situ que una gran parte de las cosas que creíamos saber de jóvenes, todas esas certezas que en aquel tiempo nos resultaban poderosas e indestructibles, se van reblandeciendo y cayendo con el tiempo.
Sobre todo las más estúpidas, claro.
Se llama experiencia y sabiduría. Gracias.
También es cierto que padezco una controversia del síndrome del melómano: soy mitómano y a la vez prudente, creyente en la mística y también escéptico, adorador de la magia de las leyendas sin dejar de ser racional y realista.
¿Dónde empieza una y acaba la otra? Ni idea.
Es como ser un funambulista en el alambre y depender todo el tiempo de un tropiezo, del cambio de viento o del lado por el que te despistas y resbalas.
Quieres creer y a la vez no crees.
El alambre es fino y con aristas y reverberaciones.
Un mitómano escéptico y realista, un místico científico, si tales cosas son posibles, que cree que lo mejor y peor de los dioses reside en sus pies de barro y en sus debilidades humanas.
También hay un cosa en las que sí creo a pies juntillas:
Si alguna misión tenemos en este breve periplo que es la vida es tratar de esparcir un poco de esa luz que nos ha sido legada, que entre sus pocas virtudes figura la de no haber padecido nunca el llamado Síndrome del Impostor. Lo que no es baladí.
Recuerdo aquel verano de milochentaytantos en el que hacía un calor sofocante, calor sofocante para ser la costa tropical de Motril, entendámonos. Y yo no paraba de caminar porque andaba buscando la manera en mi cabeza de ordenar cosas que se habían desordenado y también de recomponer o volver a pegar cosas que se habían roto.
Fue mi verano de Miguel Ríos.
Mi verano, más concretamente, del "Rock de una noche de verano", ese disco hipnótico que escuchaba en bucle infinito mientras pateaba las calles de la ciudad y miraba cómo los murciélagos trazaban imposibles coreografías en el aire de la recién estrenada noche.
Durante esos paseos, entre las paredes de mi cabeza, se sucedían sin parar "Rock en el Ruedo" "La huerta atómica" "Al-Andalus" "Los viejos rockeros nunca mueren" "Extraños en el escaparate" "El rock de una noche de verano" y fue cuando entendí perfectamente, como en una epifanía reveladora trascendente, los poderes curativos de la música en general y de Miguel Ríos en particular.
Lo que no recuerdo bien es si en aquel verano extraño de milochentaytantos pude ordenar o recomponer algo, pero quizás sea lo de menos porque al final aprendes que la reordenación y recomposición es una tarea constante y continua en la vida, una acción que debe de ser ejecutada de forma permanente si queremos continuar disfrutando, la renovación constante, del hecho de existir.
Bueno, pues ayer, 20 de abril, Volví a oírlo y parafraseando al gran Rosendo, que decía que todas las canciones de Ríos parecen compuestas para estar sentado en el muelle del puerto con unas latas de cerveza mientras el sol del verano se va ocultando lentamente en el mar.
Y toda aquella maravilla que estaba aconteciendo ayer delante de mis ojos y oídos viendo el video del concierto me devolvió a todos los veranos de mi vida, a los más felices y a los menos, y también me devolvió a aquel Marzo de milochentaytantos en los que sucedieron muchas cosas, entre ellas la partida de un gran amigo, mi compadre Juan "el gallo", que adoraba a Miguel Rios y que se fue demasiado rápido.
Que sepas que ayer pensé en ti Juan cómo hace ya tantos años, y en aquel Marzo de milochenytantos en los que te fuiste sin avisar.
