Cuando la tarde va tornándose noche y despunta el ocaso, viene a visitarme un monstruo. De un tiempo a esta parte, lejos de ser una visita fugaz, se ha instalado en mi casa y se ha convertido en un ser perenne en mi vida. Al principio, el mero hecho de intuir su llegada, su presencia o el simple hecho de nombrarle ya me causaba una sensación de escalofrío y desazón, sentía el frío sudor nacer en mi nuca, bajar canalizado por la espina dorsal y llegar hasta mi coxis, era imposible poner freno a esa sensación física.
Ese monstruo lejos de estar en mi imaginación, existe y me consta que hay muchos de su especie pululando por muchos lares, haciendo titilar los cuerpos humanos con una diversidad de sentimientos, placenteros en unos pocos. Asfixiantes en la mayoría de los casos. Fagocitando lentamente pero inexorablemente al habitante de la casa llegando a convertirse en una rémora que se alimenta de él. Mi monstruo lo he parido yo; unas veces nacido a golpes de desidias, otras veces a golpes de omisiones y las mas a golpes de mentiras. Sin darme cuenta cada día le iba agregando un apéndice a ese neonato cuerpo incompleto hasta ir convirtiéndolo en un ser con vida propia, ese ser que ya cada día me visita, cual hijo visita a su padre.
Ya
no me asusta; me he acostumbrado a su presencia y hasta en cierta forma cual
síndrome de Estocolmo, le tengo apego. Aunque de un tiempo a esta parte dejé de
alimentarle, con la esperanza que ante mi indiferencia optara por buscar otro
cuerpo del que alimentarse, pero no; a encallecido en modo y forma y ya ni se
me pasa por la cabeza luchar contra el, no porque sea más fuerte que yo;
simplemente será porque es a lo único que me queda por aferrarme. Bueno, cae la
noche y ya está aporreando la puerta abigarradamente, hoy parece que viene
furioso, Dejo de escribir, ya ha llegado._Buenas
noches soledad…
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