lunes, 13 de mayo de 2019

EL RELOJ DEL AJEDRECISTA.

Iván Luengo trabajaba de bedel en un ministerio, era un hombre callado, enjuto, de andar cansino y triste, persona de pocas palabras y cuanto menos de discutir, por nada, por nadie. El ambiente familiar se le había tornado gris, sus hijos le obviaban  como se obvia un perchero en la entrada de una vivienda en plena calima, pero ya había aprendido a convivir y a saber sobrellevar  la apatía de sus hijos, lo que mas le dolía en el fondo de su ser era la actitud de su mujer; hembra bregada en mil batallas, compañera de penas, muleta de dolor y sonrisa perenne; pero de un tiempo hasta ahora se había vuelto apática, irascible. 

Algo no marchaba bien en la relación de pareja. No paraba de pensar el porqué algo había cambiado la dinámica de sus vidas, que su mujer le daría el golpe certero y se iría un día. Él lo intuía, pero no sabía cómo paliar, gestionar o remediar la situación; ella ya ni le escuchaba, ni le hablaba, y lo poco que lo hacían era para discutir por nimiedades. Llegó a pensar que su mujer tenía un amante que le alegraba la existencia, o al menos le hacía llevadero el averno en el que se había convertido su morada. Como hombre de carácter exiguo se había dejado llevar por el lastre de su hermetismo, por su forma pesimista de encarar los días y pensaba dejar caer los brazos, quemar naves. las promesas que le hizo a su mujer de tiempos mejores fueron banales unas veces por su torpeza y otras, las mas, por su falta de ambición. 
Lo único que llenaba su vida era su afición al ajedrez; en ese juego cohabitaba bien, lo reunía todo: Silencio, hermetismo, respeto, lucha,  cavilaciones… Soluciones. 

Era sábado y ese día optó por ir al club a jugar alguna buena partida con sus amigos. Amigos que pertenecían la mayoría a su ecosistema; gente mustia, tanto o mas que el. Se sorprendió al no encontrar a nadie y supuso que por ser la primera hora de la tarde aún no habían llegado los jugadores. También reparó en la ausencia del portero del local. Lo que sí estaban eran las mesas con los tableros preparados; los relojes en su lugar natural colocados en las mesas, sólo faltaban las personas que los martillearan  al ritmo de las jugadas. Encendió un cigarro y se sentó cómodamente en un rincón del salón a esperar. Repentinamente, como en un flash back de película; cuando el film cambia de secuencia abrupta y repentinamente, el local cobró su inusitada actividad; así como también el murmullo de la gente pasó a ser el de siempre. En yuxtaposición al silencio que había existido anteriormente. Le resultó grato observar desde su lugar privilegiado en el rincón esa actividad tan familiar; adivinar por los gestos de las manos y en los labios las pedanterías habituales de los ganadores y los evidentes enfados por la derrota sufrida por sus ocasionales contrincantes. 

Se centró en escudriñar los distintos tableros con sus respectivas piezas: Algunos juegos eran de madera, otros de plástico, de marfil; los había hasta de mármol. De repente, como en una fantasmagórica e irreal fantasía las piezas cobraron vida y comenzaron a moverse lentamente, silenciosamente. Pero no se movían sin orden ni concierto; todo lo contrario  seguían escrupulosamente las reglas del juego, respetando su turno en las jugadas en total sintonía con el espacio tiempo. Con atisbo de sorpresa descubrió que muchas de las piezas del tablero tenían las caras de gente conocida: Su jefe, amigos, vecinos, familiares, etc. Producto del temor de que lo vieran; se refugió junto a unas cortinas que adornaban los ventanales del local  y desde allí con cierta ansiedad seguía el desenlace de las partidas sin temor a ser descubierto. 

Veía que en algún tablero la lucha se hacía desigual; pero no sin esfuerzo contuvo el deseo de entrometerse,  entendía que eso no sería justo, ya que todos habían comenzado en igualdad de condiciones y por lo tanto no sería correcto que su intervención inclinara la balanza para uno u otro lado. Sin embargo se sintió obligado moralmente a defender al más débil, pero no sabía si podía lograrlo; ya que desconocía los medios para hacerlo o al menos poder intentarlo. Se acercó sigilosamente a una de las mesas y notó que su presencia pasaba inadvertida por las piezas de ajedrez; así que pudo observar de cerca cada una de las batallas desde una posición privilegiada; una especie de mirador en altura desde donde todo lo observaba y en donde los jugadores y piezas quedaban al alcance de su mano y de su voluntad.

Así podía ver todo tipo de técnicas de juego: Juegos ingenuos, locos, sacrificados, generosos, altruistas, bondadosos, constantes, ambiciosos. Pero también veía juegos basados en celadas infames, trapacerías, traiciones, y el uso descarnado y cruel de la fuerza bruta, sin ninguna concesión. No lo había notado en primera instancia pero al acercarse a una de las mesas observó con ávido interés que algunas de las figuras adoptaban actitudes que coincidían en un todo con la idea que tenía de ellas y se asemejaban a su dirimir diario. Así pudo ver que aquella dama se escondía tras otra pieza para descargar un golpe inesperado y cuanto menos letal para el desarrollo del juego sobre quien no esperaba tal proceder y advirtió que el destinatario de la maniobra sería una víctima en total indefensión; por lo que en un arranque de entereza decidió actuar con prontitud.

No sabía cómo debía hacerlo pero su imaginación sistemáticamente maquinó algo. Intentaría manejar el tiempo, ralentizarlo pero sólo para uno de los jugadores, el ajedrecista en la que sus piezas jugaban en total indefensión; de manera que quien no estaba prevenido y cuanto menos soportar la descarga de la traición podría preverla ya que tendría más tiempo para analizar, porque el tiempo jugaría a su favor. Y así lo hizo. No obstante, a pesar de sus buenas intenciones este recurso no surtió en nada el efecto deseado, y la jugada traicionera a todas luces parecía que se iba a consumar. Intentó otro recurso desesperadamente, reparó en la presencia de un colosal reloj suspendido en el aire, y con sumo cuidado de no desvencijarlo lo atrasó unos minutos; lo suficiente para hacer que volviera todo al comienzo de la partida. 

La dama volvía a lucir en todo su esplendor; su aspecto ahora era afable, sereno, su mirada irradiaba dulzura, ternura, su actitud cordial, amigable, solidaria. Infundía confianza, orgullo, respeto, admiración. Pero eso no volvió a impedir que una vez reiniciada la partida, la misma derivara por sus antiguos cauces y la posición fatídica se repitió exactamente igual que antes, sin nada nuevo, sin variantes; aún habiéndole dado más tiempo para pensar; el otro participante no vio o no quiso ver la celada que se preparaba. Era carente de ambición y sucumbió consciente de lo que le aguardaba, porque seguramente creyó mucho más digno aceptar su destino final. O mas bien abonó la esperanza de que un giro fortuito de último momento cambiara el signo de la partida. Ni intentó  elaborar una variante defensiva, ya  que por el sólo hecho de practicarla habría significado desconfiar de aquélla hermosa dama de los comienzos de la partida. De repente el salón volvió a su realidad como al principio. Sus tableros silenciosos, las piezas ubicadas en su posición inicial y los relojes detenidos esperaban la mano que los martilleara  rítmicamente al compás de las jugadas. 

Alguien entró al salón y se sorprendió de que aún no hubiera llegado nadie. Iván Luengo se había marchado. Sabía que ya no era dueño de su tiempo. Ni aun martilleándolo.



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