¿Quién
de nosotros no ha sido feliz dentro de las desgracias cotidianas? aunque sea
por unas horas con un simple sueño. El fuerte olor a café recién hecho me
despertó del placentero sueño en el que estaba inmerso, había dormido
plácidamente, aunque se me antojaba que había sido poco tiempo, pues en mi
subconsciente parecía que hacía minutos que había cerrado los ojos, sin prisa y
pausadamente me desperecé en la cama mientras emitía un sonoro bostezo, mas
propio de una morsa en celo que de un ser humano.¿Qué hora es? Casi grité esperando una respuesta, van para las siete, date prisa o perderás el avión, contestó con prisa mi mujer.Marisa era una mujer en el amplio sentido de la palabra, voluptuosa, de senos prominentes y de una constitución física propia de alguien que se pasa ocho días de la semana entre saunas y clases de Spinning. Hábil y ágil conversadora, aunque en ciertos temas, su opinión salía más de su corazón que de su cabeza. Yo la había conocido en una convención de comerciantes. Ella presentaba unas plantillas para subir unos centímetros de estatura fingida y yo unas medias de polilicra que no se hacían carreras. El flechazo fue súbito y nuestras vidas quedaron ligadas como sus plantillas y mis medias. Unimos vidas y visión de negocio y uniendo los dos productos creamos un producto que en poco tiempo nos hizo ricos, asquerosamente ricos como suele decir ella.Ahora. Nuestras vidas aún unidas, son dispares, yo genero el dinero y ella lo gasta, es un trato justo.A cambio, ella no me pide explicaciones de nada, no conoce la palabra donde, cuando, y ni porque.
¿Las siete? Uf que no llego, llama al chófer, que este aquí dentro de media hora, le digo casi gritando a Marisa.Oye Toño, que yo había pensado que ya es hora de que te tomes el trabajo con más calma, que descanses y que sea nuestro dinero el que trabaje para nosotros. La voz de Marisa, más que una opinión sonaba en mis oídos como una sentencia. Yo sabía que si paraba renunciaba en parte a mi libertad, a esa libertad de movimiento, de horario, a la carencia de pretextos y justificaciones. No es buen tiempo, dije apresuradamente, un poco más y ya descansaré.
Me vestí con mi recién estrenado traje de Armani mientras desayunaba en unas tazas de vidrio de Carrara que nos habían regalado en no recuerdo en que ocasión. Búscame el Rolex Marisa, espeté a mi mujer.Termine de desayunar dándole un beso mas que amoroso, rutinario, salí hacia la puerta del chalet. Allí me esperaba Wilson; un peruano que contratamos por chofer, entre otras cosas porque Marisa decía que la servidumbre del cono sur estaba en boga entre la gente pudiente. El coche circulaba a gran velocidad por la M-40, pues no llegaba a la hora prevista de embarque. De nada sirvió, pues llegué con cinco minutos de retraso, y de nada sirvieron mis rogativas para ablandar el corazón de una azafata, que mas que azafata, parecía pedernal por la dureza con que me trató.
Decidí tomar el siguiente embarque cinco horas más tarde, ya llegaría el momento de las disculpas y los lamentos por mi tardanza, por no decir torpeza en organizarme el viaje. El VIP de la terminal estaba de bote en bote, entre retrasos y una cierta huelga encubierta el local estaba abarrotado de gente en tránsito, un maremágnum en la que era imposible no solo encontrar mesa, sino ya circular entre ella. Justo al final de mi búsqueda, ya rayando la desesperación encontré una mesa vacía al final del local, intuí que estaba vacía por su proximidad a la cocina, pero a mí me daba igual. Ya me dolía los pies, y eso que calzaba unos Martinelli de 600 euros el par. Al llegar a la altura de la mesa, me percaté que en una de sus sillas había un bolso de señora y un neceser, me daba igual, estaba dispuesto a discutir aunque fuese por una pequeña parcela de la bien lograda mesa.
Tardó poco en aparecer un camarero con aire de faena mal sobrellevada y cara de hastío.Le pedí un whisky MONFISH sin hielo y el camarero se dispuso a esquivar gente para ir a por él, no sin antes recordarme el precio de la copa, de un valor de 100 euros que pagué sin pestañear lo más mínimo.Oiga, ese sitio es mío, me pareció que decía una voz muy dulce detrás de mi. Giré con indiferencia la cabeza hasta cruzarme con los ojos más bonitos que había visto en mi vida, unos ojos verdes como las hojas de la menta y grandes cual dos lunas. ¿Se dirige a mi señorita? La espeté sin apartar la mirada, a quien sino, me respondió entre enfado y extrañeza. Siento mucho el haber invadido su espacio, le contesté intuitivamente. En circunstancias normales, no hubiera contestado así, pero esos ojos me habían dejado confuso.Me disponía a levantarme y tomarme mi MONFISH en pie, sin saborearlo, pero ella poniéndome una mano en el hombro con cierta confianza, hizo que no pudiera incorporarme; déjelo estar, hay sitio para los dos. Mientras se sentaba enfrente de mí y empezaba a ojear una revista.
Volvió a llegar el camarero en busca de una nueva comanda y yo clavando la mirada en mi vaso, decidí que me apetecía otro, así que lo pedí, no sin antes conminar a la señorita si quería tomar algo. Por el tono de su voz al decir que no, tuve la sensación de que más que consumir, había entrado buscando un sitio donde sentarse.Por favor, insisto, volví a repetir aun sabiendo que sonaba con un cierto tono imperativo.Bueno, un zumo de arándanos y un sándwich vegetal le propuso al camarero. El cual una vez tomada nota, volvió a perderse entre la gente.Me llamo Celia me dijo, yo creo que mas por educación y en agradecimiento por haberla invitado, inició ella la conversación,Encantado le dije, yo Antonio, le contesté sin dejar de mirar sus hipnóticos ojos verdes mientras bailaba el licor en el vaso. ¿Hacia dónde vas Celia? Si no es una indiscreción preguntar.A Barcelona, murió mi padre hace unos días y mañana se organiza un funeral.Triste motivo para un viaje, le contesté con ánimo de ser educado.Así es la vida, contestó ella perdiendo la mirada en algún punto de la mesa que yo también busqué con mi mirada sin encontrarlo.¿Y tú? Me dijo retirando la vista de la mesa y volviendo sus ojos hacia mi cara.Cuestión de trabajo, nada trascendental, le contesté con aire de importancia. Al momento me di cuenta de mi torpeza, me preguntaba dónde iba, no el motivo, ella también se percató de mi desliz, nos reímos a la vez mientras entre risa y risa le decía que también iba a la Ciudad Condal. Por un instante, pensé cuanto hacía que no me reía con Marisa de esa manera, en qué momento se nos perdió la chispa de la sonrisa.
Nunca en mi vida se habían pasado cinco horas tan rápido, en cuanto nos dimos cuenta estábamos sentados en el avión, al no coincidir los asientos, tuve que hacer una contribución mas que generosa a un señor enjuto que poseía el asiento anexo al de Celia para que me lo cediera gentilmente.El resto del viaje fue una carcajada continua y cómplice.Ella reía de mis ocurrencias y viceversa, se respiraba la sensación de conocernos de mucho tiempo, de una mas que notoria afinidad entre los dos. Me dijo entre risas y risa que era cocinera en una conocida cadena de hostelería de Madrid la cual yo no conocía, yo era más de restaurantes y saraos.
Al llegar a la terminal del Prat llegó la hora de despedirnos, no sin antes ofrecerme a llevarla a su destino en mi flamante Mercedes que me esperaba en el parking de la estación. No gracias, vienen mis hermanos a recogerme, me dijo con una manifiesta sensación de pena al llegar la hora de despedirnos.Sacando fuerzas de todavía no sé dónde, le propuse esa misma noche cenar en el restaurante de mi hotel, pues yo Barcelona la conocía poco y temía perderme buscando un restaurante en concreto.De acuerdo, ¿a las diez? Me dijo mientras salía en dirección al coche familiar.No me esperaba una respuesta tan rápida y eso me hizo tartamudear la contestación. El hotel es el AC Colon, recuérdalo, le dije en tono imperativo; a las diez.
Llegue una hora tarde a la reunión, después de mil disculpas y fingidos motivos la iniciamos sin ningún contratiempo.Entre el baile de números que mi contable me exponía, yo estaba inmerso en recordar a Celia, sobre todo en sus ojos y su risa, me había calado el sentido. Pero me tenía que centrar en el motivo de mi estancia en Barcelona, Celia quedaría relegada en mi mente, al menos hasta las diez de la noche. La voz del contable sonó como un tiro en mis oídos al volver a la realidad, a esa realidad tangible que me tenía sentado en una mesa de reunión.La reunión fue mas corta de lo previsto, pues los balances los di por buenos sin poner comisuras, miles de euros arriba o abajo me daba igual, siempre que mis arcas se colmaran en demasía. Comí frugalmente en un restaurante muy conocido, creo que se llama el BULLI, más famoso por su puesta en escena, que en la esencia del buen yantar, como diría Don Quijote. Y me dispuse a salir para el hotel; miraba compulsivamente la hora, con discreción pero a la vez con avidez.Llamé como era preceptivo, que no obligación a Marisa, mas por saber que estaba haciendo, que el con quien. Estaba con unos conocidos del gimnasio comiendo, así que la conversación fue mas corta de lo debido. A ella en ciertos momentos, no le gustaba que la llamase por teléfono, pues como decía ella, a sus conocidos les podía parecer que lo hacía por controlarla, nada más lejos de la realidad.
Hice reservar la mejor mesa del restaurante y me dispuse a ser buen anfitrión y esperar a Celia en el piano bar que había en el hotel.Llegó a la hora convenida, ni un minuto más ni menos, vestía un pantalón vaquero ajustado y un jersey cuello de cisne de gruesa lana, por un momento pensé que era atuendo poco idóneo para una cena, pero por otro lado, por lo que ya la conocía, ella era poco dada a formalismos y demás cursilerías. Me descubrió en plena discusión con el camarero de barra, del porque en un hotel de cinco estrellas no había MONFISH, en lo cual el barman me respondía con evasivas y promesas de trasladar mi queja al maître del complejo.Solo me calmó el brillo de sus ojos y un hola cargado de alegría, Celia era así, pura energía, alegría en grado superlativo. La cena fue ávida y suculenta, ya que la comida del medio día fue, tan fugaz como el veranillo de san Martín, nunca en mi vida, en una sentada había bebido tres botellas de Vega Sicilia, el sumiller cada vez que descorchaba ceremonialmente una botella hacia relucir su perfecta dentadura, no lo hacía por su labor de querer agradar, sino mas bien creo yo, que por los 500 euros que importaba cada botella.
Descubrí con un cierto agrado, que Celia era vegetariana, y hablaba con tal convencimiento de ello, que convencería hasta al más fiero de los caníbales.Los postres fueron rápidos y para mi sorpresa fui obsequiado con una copa de MONFISH, que seguramente el maître había mandado buscar encarecida y precipitadamente. Los efluvios del vino mezclado con el whisky, habían derrotado mi no fingida timidez hacia el sexo contrario y me hacía decirle piropos biensonantes hacia Celia, hasta que en el sumun del atrevimiento, le di un beso en los labios y espere una ingrata respuesta, cosa que no llegó, sino todo lo contrario. Fui respondido con el mismo fulgor. La invite a tomar la última copa en mi habitación del hotel, cosa que aceptó no con una cierta dificultad para hablar, provocada por el vino, En el ascensor, pensé por un momento la posibilidad de haberme enamorado de una forma tan impronta, era una sensación que ya tenía olvidada, la última vez, fue cuando conocí a Marisa, era una sensación maravillosa, casi empírica.
Hicimos el amor no sé cuántas veces, su cuerpo sudado, brillaba en la tenue luz que daba las lámparas, parecía un cuerpo con el brillo del mármol pulido, como las estatuas que hay en el Prado.Bien entrada la madrugada, me quede dormido abrazado a ella…
El frío de la madrugada me despertó, recogí con sumo cuidado los cartones que me servían a modo de casa y empecé a calzarme las ajadas botas que me había encontrado en una papelera del Parque del Oeste. A mi lado, se intentaba desperezar mi amigo Ricardo; un andaluz que había conocido meses atrás en la casa de transeúntes del Retiro.¿Qué tal has dormido Antonio? me preguntó al verme la frente sudorosa, aún en pleno mes de enero.Otra vez el sueño Ricardo, ese maldito sueño que atormenta mi descanso.Vaya, lo siento, respondió con indiferencia.Pero ahora vamos a darnos prisa, que el comedor de indigencia cierra el desayuno y ya sabes cómo se pone esa cocinera si llegamos tarde o no nos ve aparecer. Por cierto, ¿cómo se llama? Que nunca me quedo con su nombre.Celia… se llama Celia.
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