viernes, 31 de mayo de 2019

SIN MEDIA PALABRA.

En los últimos meses sus  vidas habían sufrido cambios importantes. El miedo a  la muerte, al desengaño amoroso, la separación de seres queridos, en definitiva, la angustia, se habían cebado con ellos en esas últimas fechas. Llevaban sin saberlo y sin conocerse un evidente paralelismo en sus vidas. Su existencia había transcurrido en paralelo.

Siempre se encontraban a la misma hora; uno en cada lado del andén de la parada en la estación  de  metro de Antón Martin, pero nunca se atrevieron  a desviarse lo suficiente del camino predeterminado para encontrarse en algún punto  de la estación. Aunque alguna vez, al menos así lo creía él; pudo haber ocurrido, pero fue mejor  dejar estar las cosas. Adentrarse en determinados vericuetos podía dar al traste con un juego de  miradas furtivas y que de los dos participaban  con  interés. Hacía tiempo descubrió que podía considerarse bueno interpretando las expresiones faciales y corporales a cierta distancia;  especialmente en determinadas circunstancias. 

Sin embargo, su timidez y miedo le atrapaba y, en  ocasiones, le impedía responder a las necesidades de las personas que tenía delante. En especial si  se trataba de una  mujer. Y esta vez no parecía constituir una excepción. Sin embargo; sabía en el fondo de su ser que sí se trataba de  una  excepción. Cuando a la vez decidieron mentalmente que se acabaron las miradas furtivas, e incluso ciertos gestos innecesarios, al menos así le  parecía; llegó el momento de mirarse fijamente  a los ojos.  El verde de los ojos de ambos, difuminado por la escasa luz de la estación, cobró  una extraña luminosidad. En ese momento pudo leer, o al menos así lo creyó; lo que había pretendido ignorar durante mucho tiempo. Esa mirada, limpia y abierta, había dejado escapar ese  sentimiento de amor, tanto tiempo escondido por un desengaño, y que parecía fluir a borbotones en  aquel instante. Se sintió feliz, correspondido.  Intuyó que en ese momento su propia mirada  también debía estar construida con los mismos  mimbres. Durante unos segundos se dejó llevar por aquel magnífico espectáculo que protagonizaba de manera inesperada. Todo lo importante parecía condensarse en aquellos dos ojos y en su lenguaje, que parecía gritar lo que los labios no decían. 

Aquello reafirmó lo que ya suponía y constituiría, como no podía ser de otra manera, una declaración de amor sin ni mediar palabra entre  ellos, que  pretendían y seguramente conseguirían  que durase hasta el final de sus días.

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