miércoles, 10 de julio de 2019

BALLONÉ PAS.

La técnica del ballet en sí no pasa de ser una expresión artística como cualquier otra; con una salvedad, tiene la distintiva característica de usar como medio de transmisión no al violín, ni al óleo, ni a las palabras; ni tan siquiera una secuencia de imágenes, sino al ser humano como elemento canalizador. Este arte no exalta las particularidades propias de un objeto creado, sino de un ser. No como los músicos, pintores, cineastas que pasan a la posteridad gracias a los medios que utilizaron: los bailarines usan su cuerpo para convertirse en leyendas.

Las profesionales de este arte no son solo la mayoría bellas físicamente (aunque su esbelta figura, sus largas y firmes piernas y su hermoso rostro no es nunca desdeñado), sino que el aura que las recubre parece no provenir de este mundo terrenal. Todo lo que hacen; su mirada despectiva, su postura perfecta, su caminar altivo a la vez que gracioso, su delicado y preciso movimiento de manos utilizado para realizar la tarea más mínima... todo confluye en un espacio cuántico inadmisible para aquellos que no vemos más que dos caras de la moneda. Su mundo ronda en torno a giros, levantamientos, escorzos físicamente imposibles, ropa entallada, zapatillas de punta achatada y música. No música para escuchar; sino música para ser representada con cada uno de sus movimientos, hacer de la música carne. En medio de toda esta maraña perfectamente ordenada de dones celestiales, enganchan al espectador, como un jinete que, al caer de su montura, se ha quedado atado del pie a la correa, sin que el caballo lo note.

Consuelo Otero había visto la vida nacer en sus ojos en la cuna de una familia obrera y humilde de un pueblo de la meseta castellana. Había nacido con un don especial que hizo de ella su profesión, una elasticidad y plástica en la danza que pronto su provincia, su región y hasta su patria se le quedo pequeña. Su padre; jornalero del campo manchego tanto creyó en el don de su hija que a base de esfuerzo consiguió que asistiera a clases de una afamada bailarina retirada que le enseñó los primeros pases de baile así como su medianamente perfecta forma de ejecución. Vivió varios años en Moscu en la que se autobautizó con el nombre artístico de Elena Dimitrova; estudiando en las mejores academias de danza hasta lograr una perfección inimaginable que la convirtió en la mejor bailarina de ballet que pisó un teatro; aclamada por el mundo entero, admirada y envidiada, siempre inspiradora y nunca jamás igualada; el Balloné Pas lo ejecutaba a una altura nunca vista sobre un escenario, fruto de su don de elasticidad y de haber potenciado su fuerza motora. 

Creadora de innovaciones y precursora de la danza moderna. Su estilo único e impecable, de una fuerza emocional inimaginable y bravura indiscutible hicieron de ella historia. Hicieron que ella fuera la Historia. Pero como toda estrella que enardece en el cielo infinito; no es más que un destello efímero. Y eso ocurrió con Elena; brilló e ilumino el cielo con una luz tan radiante y esplendorosa, que ahora se ha vuelto monótona. Casi insulsa. Carente de sentimiento. Sólo una técnica acertada. Sin corazón; sin alma. Su trabajo convertido en vocación pende de un hilo. Y quitárselo, es quitarle su propia vida. Nuevas bailarinas más jóvenes y elásticas que ella; que han estudiando su técnica desde hace años, están a punto de sustituirla ahora en los carteles. Si no consigue saciar ese vacío, si su inspiración no llega a tiempo: morirá. Morirá igual que muere el ruiseñor que ya no canta, como la estrella que ya no guía, como el amante que ya no ama.Y su amante bien amada, Irina Simkin, es una de aquellas bailarinas que está trepando por encima suya. ¿Y qué otra cosa puede hacer Elena, sino disimular su dolor con una mascara de congratulación? Verla triunfar es verse a ella como una mancha difusa en el olvido. Su baile embraveció El Cascanueces, Don Quijote, Giselle, El Lago de los Cisnes… ¡y ahora le arrancan esa gloria de las manos! La inmortalidad yace agonizante.


Con qué envidia contempla a Irina; Mujer esplendorosa, manifestante de amor y de alegría. Sembradora de esperanzas en todos los corazones; en todos menos en uno. Que aunque la dicha de ésta es hacer feliz a Elena, ella ya no se siente con fuerzas y no puede mas que simular su alegría para así mantenerla a ella inspirada y alborozada. Si pudiese sentir el amor de la misma forma que ella… Amor lozano, como el que sienten las jóvenes parejas enamoradas. De aquel sentimiento precoz que mira cara a cara al infinito expresándole su inconformismo. Y no como ella lo sentía: un sentimiento desgastado y raído; usado en exceso y a la ligera, de mala manera y con cualquiera.En una tarde otoñal, en el amplio apartamento de Irina, tuvo un sueño que desgarró su alma. En éste, vio la marcha de su amada; el desconsuelo que germino en sus sentimientos le arraigaba; se volvía insoportable. Sabía que la amaba más de lo que imaginaba; pero de la única forma que así lo notaba era con la ausencia que le dejaba. 

La miró tumbada junto a ella en el lecho de seda, tan inocente y sosegada, que aún estando dormida tenía dibujado un te quiero en sus labios. Le devolvió con un tierno beso aquel mudo sentimiento. Rodeó con las manos su cuello de cisne hasta que ella despertó, y luego cerró sus puños hasta que la asfixió. Sus lágrimas cayeron mezclándose con las de ella. Sintiendo el mismo ahogo en su interior; la misma agonía, el mismo pavor, el mismo desconcierto.Con su amada en flor silenciada en su lecho, lacró sus labios con un último beso. Se desplomó a su lado y lloró arrepintiéndose por aquel crimen cruel y narcisista. Se arrastró hasta el suelo y lentamente fue alternando su manifestado sufrimiento. 

En vez de lágrimas y sollozos; usó suaves movimientos en los brazos y pequeños pasos coordinados. Saltos vertiginosos y desenfrenadas cabriolas. Ejecutó de nuevo a la perfección su Balloné pas de una forma inigualable; luego se dejó llevar por el dolor; igual que una hoja se deja arrastrar por la corriente. Aquel sufrimiento se volvió equilibrio. El miedo y la culpa tomaron lenguaje propio haciendo uso de su cuerpo. Cada movimiento: un susurro afligido. Pero ya no estaba bailando en una habitación hueca, sino sobre el escenario. Y no sólo le contemplaba su amante asesinada, sino una multitud entusiasmada.

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