lunes, 8 de julio de 2019

LÁGRIMAS DE SAL.

La tarde caía pausada e inexorable sobre el acantilado. Un tímido sol intentaba entrever sus tenues rayos entre las nubes que, viajeras del dios Eolo, parecían arder en deseos de vaciarse de nuevo sobre un mar rebosante de llantos pasados, presentes y futuros. Adela seguía llorando, impasible,mirando frente a frente a la azulada transparencia que le regalaba el mar. Sus lágrimas, más saladas y dolorosas que el océano, eran toda el agua que necesitaba derrochar por sus lacrimales por el momento. 

Las huellas de la tormenta que había menguado pero no desaparecido por completo aún podían sentirse: el camino de acceso al acantilado encharcado, los fresnos derribados sobre él impidiendo el paso; desde el camino se oía el sonido de la violencia de las olas arremetiendo contra las rocas unido a ese olor indefinido a lluvia, a muerte, a vacío, que hacía aún más cercana la tragedia. Adela lloraba, Adela seguía llorando. Toda una vida buscando verse en otros ojos, y ahora que por fin los había encontrado…


Entre lágrimas y sollozos pudo verlos de nuevo. Aquellos ojos verdes. Como si todavía los tuviera ante sí. Como si todavía irradiaran vida, despiertos, iluminándola. Como si nunca hubieran muerto.De súbito arreció la tormenta. El cielo caía a pedazos, en espesas lágrimas de muerte. La mar se hallaba crecida, imprevisible, aterradora. Volvió la vista hacia el pueblo y observó como la gente huía; corrían a encerrarse en sus casas buscando el abrigo que les otorgaba sus lares. Ella no huyó; esperaba al hombre que se había hecho a la mar apenas unas horas antes. Sabía que sin él, sin sus ojos, ya nada valía, ya nada tenía sentido; sin sus ojos verdes… pero no regresó.


Los restos de la barca de pesca aparecieron en la playa al día siguiente tras la tormenta. Adela al verlos sintió cómo su última esperanza desaparecía agarrada a la cola del viento, para al fin ahogarse en el mar; el mar que también a él se lo había llevado. No dijo nada.Subió con pasos cansinos al acantilado y sentándose en el borde del mirador lloró, lloró, lloró hasta quedarse sin lágrimas. Entonces volvió a ver aquellos ojos verdes, y volvió a verse en ellos. Fue sólo un instante, pero supo lo que tenía que hacer, y no lo dudó. Levantó la vista al cielo y observó como el sol intentaba vencer al destino, colando sus tenues rayos entre las nubes. Volvió a bajar la vista y miró con frialdad al mar en calma tras la tragedia, un mar que desde su posición horizontal aguardaba a que las nubes se decidieran a comenzar de nuevo con la tempestad. 


Miró hacia el fondo del acantilado; las rocas parecían más afiladas que nunca. Un simple salto bastaría…Cuando el arco iris brilló sobre la playa, el alma de Adela era tan sólo un pez más, vagando en busca de aquellos ojos verdes que la mar le había robado y había escondido allí, en alguna recóndita parte de sus profundidades mientras en la superficie el mar, mientras, aguardaba impasible a la tormenta venidera.


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