La habitación está vacía. Nadie mas la cohabita a parte de
mi y mi otro yo; impasible tras el espejo. mi otro yo vive en el; en un mundo
silencioso, inerte, indoloro, muerto... Un instante eterno, frente a frente la
barrera entre presente y pasado inmóviles al fin. No más dolor, no más llorar,
ni más desengaños, y por supuesto ningún beso falso. Se acabaron los sollozos.
Pero, no; el sigue ahí, mi reflejo en el espejo. Su ojos fríos, crueles; la
mueca de sus labios, esa burla a todo lo feliz de la existencia. Quiero que
muera, que se rompa el espejo, que me quede de una puta vez ciego. ¡Necesito qué alguien se interponga entre el reflejo y yo! Pero nadie me oye, todo se ha parado en esta habitación, en este ínfimo momento de longeva eternidad. Ya no pueden arreglarse mis errores, ya no se puede pedir perdón, todo está dicho ya. Por eso él está enfrente, por eso me acompañará día tras día para recordármelo, con esa muda y socarrona sonrisa ávida de saber el final de la historia. Nuestra historia, mi historia, tu historia. La habitación está vacía y no volverá jamas a entrar nadie nunca más.En definitiva amigos y amigas: No desperdiciéis los momentos que os son dados, porque al final, todas las lágrimas, todos los dolores, no los cura el tiempo, sólo podéis curarlos vosotros.
Todos tenemos un reflejo en el espejo que no queremos mirar.Y los días se siguen consumiendo como cigarros en los labios de tonos grisaceos del otoño. Y las noches se me atragantan, queman, como un mal ron añejo; y se vuelven extrañas, abstractas, deformes e indigestas, como una pesadilla en la que sabes que estas despierto. Y es la piel blanca, escamada, enfermiza y endeble, que me devuelve el espejo del techo. Son los ojos rojos, de sangre inyectada, cansados, vacíos, llorosos. Es la ternura de las sabanas de fina licra, la soliviantez entre las sábanas, el zumbido apenas perceptible de la ciudad dormida. Pasan los segundos, que van sumando minutos, que advienen en horas, que no están invitadas, pero que pasan y se cuelan entre las fotos, bajo los sillones, que se acomodan en el polvo, la ropa y los huesos. Que duelen en el corazón.
Y sale un sol apagado. Que seguramente no vere ponerse, consumirse. Y queda de nuevo la noche, la pausada, gélida y espectante noche de un verano que se vuelve invierno por momentos. Y de nuevo sin dormir.
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