Es harto complicado vivir en un mundo donde el hombre crea y
respira su propio veneno; En un mundo dónde uno cobra en forma de vil metal
todos sus esfuerzos diarios. Los seres humanos vivimos atrapados en la
incertidumbre de no saber gestionar nuestras libertades; luchando diariamente
contra morales predeterminadamente dictadas por las más altas clases que nos
dicen que comer, que beber y lo peor... Como vivir.Dolor es sinónimo de curtir; Sin él estamos expuestos al constante engaño, no hay que temer al dolor, el dolor ayuda a crecer. El dolor es parte de la vida; Hay que aprender de cada doloroso momento o hecho. Como si de una larga escalera se tratase; subiendo cada peldaño con fuerza y constancia, sin permitir que las impurezas que nos rodean nos desequilibre y nos haga caer de nuevo al hastío y desilusión.
Sentado cerca del rompeolas del mar la noche va cayendo, pero no me importa; podría quedarme aquí durante horas, no necesito más de lo que tengo. Mirando la linea del horizonte hace que me olvide del mundo un buen rato, o más bien, que el mundo se olvide de mí. Lenta y sibilinamente me voy introduciendo dentro de mis pensamientos y caunadas, succionándome hacia mí mismo; Ocultándome o mas bien mimetizandome detrás de mi cubierta corporal. Mi respiración se hace lenta y tranquila; Mi corazón la sigue acompasado, reduciendo el frenético ritmo al que suelo someterle en mi dirimir cotidiano.
Siento como me mira la ola al romper, mantengo la mirada sin vacilar, no me siento intimidado, sino atraído, y me dejo ir; Siento como su agua salada flota mezclada con el aire sintiendo su frío masaje por toda mi piel, un salitre que sé a ciencia cierta que nunca podré tocarlo, ese es mi castigo; el salitre purificador que solo lo encontraba en mi imaginación cuando vivía lejos de el; pero ahora lo siento. Va purificando capas y capas de escoria acumulada en mi cuerpo, impurezas y cicatrices, me renueva y pule. Es paciente y meticuloso, pero certero sin duda. Pasaron años de exilio lejos de el, y no me moví ni un solo instante.
Sufrí y disfruté lejos de su presencia hasta que llegó el momento, mi momento, la hora de mi regreso, de un nuevo comienzo, de construir mis cimientos desde el principio, o casi. De por fin, poder escribir la gran historia de miles y miles de días, millones de letras; Sin trabas, sin cortes, sin descanso. El momento de realizar mi apuesta, doble o nada. Es hora de darle la vuelta a mi reloj de arena. De esa arena que esta bajo mis pies ahora mismo.Todos los días me levanto con el convencimiento de que nuestro camino no está definitivamente marcado y he decidido ahondar en mi martirio. Desfondar los compartimentos vacíos de mi alma.
Qué hermosa palabra es el vacío, da lugar a un limbo en el que se acuna mi pensamiento a la par que mi intelecto en el que se rinde culto a la trascendencia de la nimiedad, a la cuestión más importante de todas, la que nunca somos capaces de formular cuando cohabitamos en ese limbo a la par que en la realidad; lugares en la que los minutos carcomen a los segundos y las horas desnudan la insensatez de los días.Yo no puedo hacer nada, aunque quizás en algún tiempo puntual de mi vida quizás hubiera podido, pero a las claras se ve que no he querido. Pero no ahora, ahora en este punto de mi existencia no sé hacer nada. Apenas me restan fuerzas.
Estas últimas tardes me siento, medio abandonado junto al rompeolas, mientras la brisa confunde mi rostro con el salitre de un mar malherido, mientras junto a mi, la música de niños jugando resueltos haciendo castillos de arena emborrona mis sentidos; y espero. Como aquel que eventualmente aguarda a que las cosas se desmoronen por sí mismas como el sol desmoronara sin remisión el castillo que construyen los niños cerca de mi con evidente ahínco e ilusión.
En esta ultima hora de ocaso diurno disfruto de la belleza de la tarde, que cae copiosa sobre las olas del mar, sobre las dunas de arena, inundándolo todo de penumbras, hasta mis recuerdos; hasta el desconsuelo de todos los sueños que no pudieron ser, pero en mi interior han sido. Así, lentamente me calmo, me digo que no es tan duro, y soporto el destino. Y aprendo a apagarme poco a poco, aprendo a presentir el ocaso, ya no de mis últimas tardes, sino del final del camino. Y es sólo ahora cuando me siento preparado y más fuerte para volver a mezclarme entre la gente; entre las huestes quebradas del olvido.
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