¿Cuántos kilómetros faltan?. Esta era la frase que más
le repetía continuamente a mi amigo. Él, con la resabida y remanida frase:-Ya falta poco; zanjaba la pregunta mientras conducía el automóvil en el que viajábamos por una carretera secundaria en busca de un lugar al menos para mi desconocido; sabía a que iba, lo que no sabía era donde.
Habíamos salido hacía horas de Motril. El cansancio y aburrimiento era la nota predominante en el interior de automovil. Pasaron unos minutos más de conducción entre curvas sinuosas que marcaban el trazado de las montañas hasta que por fin alcanzaron a ver su destino: una finca con un palacete señorial del siglo XVIII. “Es una fiesta que vas a recordar el resto de tu vida”. Recordé que esa frase se dibujaba repetidamente en la sonrisa mordaz del amigo que me invitó al evento. Lo que no me explicó era que nada mas llegar al local me desnudaron para poder asistir a la fiesta.
Cuando yo indagaba sobre la índole del evento con las preguntas más variopintas que se me podrían ocurrir; dos hombres que bien podían definirse como: "armarios empotrados" con frac negro me fueron despojando bruscamente de mi vestimenta entre gruñidos y refunfuños más propios de quien tiene que desembalar todos sus muebles en una mudanza que de alguien que le está quedando a uno en pelotas. Sabían que mi resistencia era del todo inútil, ya habían hecho lo mismo con todos los demás invitados de la fiesta. Para ellos ya era un proceso casi mecánico. He de admitir que tenían gran destreza desnudando, esa es la verdad. A mí, en poco más de medio minuto me tenían tal como mi madre me trajo al mundo; Luego llegó el baño. De un empujón brusco me arrojaron a un pequeño estanque lleno de pintura blanca. "Un baño de blancura" oí balbucear a uno de los trajeteados.
Seguidamente me hicieron pasar al salón; decenas de cuerpos blancos en un gran salón de forma esférica con suelo y paredes de mármol blanco que curiosamente creaba una irisdiscencia maravillosa al reflejo de la lámpara de tela de araña que colgaba en el centro. “!Menuda fiesta sorpresa!” pensé; desnudo total, pintado de blanco. Solo en mi mano portaba un rotulador negro similar al que iba siendo suministrado por un mayordomo a cada invitado. Un rotulador negro para crear sobre los otros cuerpos; para vestirlos. Nadie me explicó qué debía hacer, no hizo falta. Aquello era un espectáculo; Debíamos vestirnos de palabras, de pensamientos... de poesía. Aquello era un baile de folios humanos. Folios que se escribían, se dibujaban entre sí. Folios de todos los tamaños posibles: apaisados, grandes, pequeños, gruesos... cuartillas humanas.
De fondo sonaba un vals demasiado melifluo a mi manera de ver. A mí me vistieron con un par de historias de aventuras, cortas, unos agónicos poemas de amor, unas partituras de música, una receta de cocina e incluso con alguna demostración de una formula matemática. Nada mas terminar la fiesta a cada uno de los invitados se nos fue devolvieron nuestros trajes, pero nadie quiso despojarse de su blancura mancillada.

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