lunes, 18 de noviembre de 2019

EL HEREDERO DEL BARRIO.

La calle CARIDAD DEL COBRE callaba; sólo un viento racheaba la calle vacía mientras los perros más madrugadores vaciaban los contenedores en busca de algo más provechoso que el frío. Un bote de lata cayó desde un contenedor al suelo, producto de la búsqueda de alimentos de los cánidos entre la basura; con estruendo con sonido metálico, rodó hasta sus pies pero no se inmutó. Los plásticos volaban desde dentro del contenedor haciendo traviesas filigranas en el aire, y una hoja de periódico chocó contra su rostro; el tan sólo resopló, el viento volvió a llevarse el papel de nuevo.

Era su esquina de la calle; él ya ni se acordaba desde hacía cuánto. Envuelto entre cartones se hacía el remolón para despertarse; además, la helada mañana tampoco ayudaba. Poco a poco se desentumecía. oía de fondo una melodía silbada seguramente por algún barrendero municipal que se le acercaba. Algún claxon de un vehículo aislado anunciaba el amanecer de otra jornada, dura, pero ya familiar. 

Se incorporó con perezosa lentitud, casi hasta sentarse.Ahogó el temblor de la noche con otro trago a la botella de vino tinto que había comprado, se incorporó con decisión pero las rayas del paso cebra bailaron como las teclas de un acordeón. 

Casi al final, trastabilló en el borde de la acera y, sin caer, consiguió abrazarse a la farola salvadora que salió a su encuentro; con una voz estridente y casi gutural exclamó:

- ¡ Soy el heredero del barrio ! ¡ Soy el garante de vuestro sueño !.
Era domingo y apenas había tráfico ni gente paseando todavía a esas horas. Algunas estrellas parpadeaban en sus últimos estertores antes de ocultarse; pero hacía tiempo que había dejado de mirar hacia arriba. Divisó la silueta metalizada de la estatua a la entrada del parque, tras el parterre contiguo bordeado por un descuidado y mal podado seto; estaba en su campamento de día, su lugar ya natural durante esos días de astio; aunque ya no recordaba desde cuándo. Dirigió sus pasos tambaleantes hacia la escultura, y por fin se sentó en la base de su peana, aliviado de haber llegado con la botella intacta. 

Aquella no era su ciudad, pero hacía tantos años que vivía allí que ya no quería acordarse de la otra casa que perdió, ni de su esposa, ni del trabajo. Aunque quizás no fuera ése el orden y primero le abandonó ella y luego, se entregó a beber sin medida ni mesura. Sólo a él se lo había contado todo; al paciente personaje de aquella estatua desconocida para muchos y en cambio para el convertida en su confidente, un espectador mudo e impasible.A veces le parecía estar hablando a voz en grito, pero lo cierto es que mantenía una conversación interior consigo mismo; hablaba y se hablaba, sin orientación, para volver al comienzo de una rueda donde resultaba imposible discernir el final. Por eso bebía, para dejar de escuchar la continua perorata de su mente, para evitar descubrir que su sordera venía de adentro. Podía estar durante horas contando sus penas a aquella estatua aunque sólo la estuviera mirando, pero ella le escuchaba atenta, sin perder detalle, condolida y seria, prestándole el mínimo honor merecido.


Incluso después, a lo largo de la jornada, sin importar por dónde vagaran sus pasos, la tenía presente y comentaba sus devaneos, para luego, de regreso, retomar el asunto con un familiar: "...Ya te dije, amigo, que no era ése el camino, pero aquí hemos llegado".Apuró un trago más, apoyado de espaldas a la estatua, con las piernas estiradas hacia el seto, antes de guardar la botella bajo el gabán. Eran muchas voces las que se agolpaban en su cabeza mareándole, pero un sexto sentido le advirtió que esta vez las voces que vociferaban con estridencia, venían del exterior... Fue ese mismo sentido el que le despertó de repente a una realidad olvidada, sabía que corría peligro, se lo habían contado en las calles del centro, donde seguir viviendo así, para algunos de los que conocía, se había convertido en un infierno. 


A su amigo Alvaro le quitaron de en medio el pasado invierno dándole una paliza mientras dormía envuelto entre cartones. Entre la penumbra todavía existente vio acercarse hacia el un grupo de jóvenes blandiendo algo entre sus manos y maldiciendo a viva voz... Pero: ¿ quien podía hacerle daño al heredero del barrio?

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