jueves, 5 de diciembre de 2019

OTOÑO.

Tan solo es una mañana mas del mes de Diciembre; los árboles empiezan a  desplegar sus hojas de tonalidades amarillas por doquier, formando en ocasiones imágenes surrealistas que se agolpan en nuestras retinas. Los árboles prácticamente ya semidesnudos se agitan acompasadamente con las caricias del viento, y las escasas hojas que apenas cuelgan de sus brazos, parecen recortes de cartulinas de papel amarillas carentes de vida. 

Los aromas de olor madera del otoño se abren paso entre la gente, lo impregnan todo de su esencia; los céspedes ahora de una tonalidad ámbar por la falta de lluvia, parecen hermosas alfombras de faquir, deseosas de ser holladas en cualquier momento. El viento agita el mundo con hastío y desgana, con esa vagancia que se extiende propia del final de un caluroso verano, cuando aún no hemos tomado conciencia de lo inevitable del cambio. Ese cambio que derriba vestidos ligeros y coloridos y los convierte en pesados y grises gabanes; el mismo que esconde los pies desnudos del verano entre calcetines tupidos enfundados en zapatos oscuros; el que te hace desaparecer bajo el peso de las mantas y desear no levantarte más.

El seco aroma del otoño impregna todo mi ser, entra en mi alma de tal forma que también yo me convierto en hoja marchita, y me dejo llevar por el viento; es inútil intentar un rumbo razonable. Pero lo positivo es que alzo el vuelo; contemplo desde el aire a esos cientos de seres con caras imprecisas, que se dirigen a cualquier lugar de mi ciudad, como robots dirigidos por una mente inteligente y lejana. Y sobrevuelo perezas encubiertas, desganas sin fronteras. Tal vez el ser humano sea eso: una gran pereza de existir; una simbiosis perfecta de miedo y pereza.

Aunque realmente temo el viento del otoño, el peso de los gabanes sobre los libres hombros de los hombres, los oscuros zapatos que cubren nuestros pasos de autómata; temo ese cambio repentino que convierte el día en noche, el aroma del otoño, que despuebla de hojas las ramas de los árboles; temo esa parte mía de hoja desnuda que pende de una rama; y el frío vecino, que nos hace desaparecer bajo el peso de las mantas.Temo dormir y nunca despertar. Temo despertar y soñar que estoy dormido.

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