Soy una persona que no le tengo miedo a nada. Entre otras muchas cosas creo en la razón y en la lógica, motivo por el cual las sombras de la noche y los secretos que aguardan en su interior no me aguantan en el duelo de miradas. Ni el sonido de los casco de los caballos al galope de los siete jinetes del Apocalipsis me pondría minimamente nervioso si vienen algún día.Para nada la concepción de la existencia del infierno me produce el mas mínimo terror, yo lo he visto de cerca hasta falsamente antojarse como una realidad ineludible. Ese averno donde reinaría ese fantoche con patas de chivo y largos cuernos coronando su cabeza, yo siempre lo he visto como un estereotipo tan premeditado y estudiado para intentar causar el máximo pavor posible, que al final me ha acabado por dar risa. Aunque como cualquier mortal, ignoro que es el purgatorio, o de que se trata, tan solo puedo idealizarlo, hacerlo mío, y esperar que, llegado el momento, sea solo un lugar de transito. No creo que el infierno y el castigo que se supone por nuestros pecados, le haga siquiera sombra a esta realidad cotidiana, por eso no le tengo miedo a nada que no sea tangible.
No le temo a mis semejantes, y de existir, los fantasmas y espectros que suelen aparecer con algo que decirnos al oído en la oscuridad no me causan el mas ínfimo pavor ni recelo. Los designios que me depare Dios o los planes del Diablo no me quitan el sueño, por que ya apenas duermo. La otra orilla, la cual aquellos que vuelven a la vida tras acariciarlos brevemente la muerte la describen como el sendero a seguir para llegar al lado del creador, se me antoja un camino largo, sinuoso e intransitable, por lo tanto imposible. Creo en el vacío absoluto que envuelve a aquellos que cierran los ojos para no volver a abrirlos, y no lo temo, si no que comprendo que como la noche al día, este es el final de toda vida.
Y sin embargo mírame, ¡ mírame por favor !. Las manos me tiemblan, los ojos me lloran y siento algo que me corroe desde dentro.Siempre me decían que si no le tenía miedo a nada, nunca seria un hombre. Así que mírame por favor, contempla lo que has hecho. En el momento que has vuelto cánido mio, me has hecho un hombre.
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