Hoy es mi cumpleaños, aunque fisicamente nací un día trece de enero de hace cincuenta y cuatro años, por motivos que no merece reseña;
a efectos administrativos tal día como hoy nací en una mañana de invierno. Hoy
en particular hay muchas cosas que echo de menos, como la comida casera, los
amigos, familia, la televisión y su mala programación, las noticias; hace mucho
que me autoimpuse dejar de ver televisión. Pero sobre todo, echo mucho de menos
el ruido. He de decir para empezar que mi regalo llego hace días: Reencontrarme con una gran persona, con una persona que es una piedra angular en mi vida. Antes todo era ruido en casa, eran gritos de niños, golpes. Y en la calle ruido de claxon y de mucho tráfico. Era días de ruidos producidos por la vida. Antes; Recuerdo bien que todo el mundo se movía y la gente se movía con él, sin dejar tiempo ni espacio al silencio. Ahora nadie dice nada. En particular en mi casa ya no hay gritos ni ruidos de los que no conozca la procedencia, no hay música alta, no hay risas ni llantos. Antes; Después de volver del trabajo a casa solo buscaba el silencio y la paz, y ahora aborrezco ambas cosas. Cada paso que doy deja un lastimero crujir en el suelo, produciendo un sonido que retumba por todos lados, por toda la estancia.
Pronto se hará de noche en Motril, algo que me da igual en realidad, ya que nadie me asaltará ni robará, nadie incordiará. Tampoco me perderé, ya que me sé de memoria cada palmo de mi ciudad. Cada día en mis paseos impuestos por el galeno la recorro en busca de algo interesante que me entretenga lo suficiente durante el día como para llegar a casa tan agotado que me invada el esquivo sueño y pueda acostarme y dormir, para levantarme el próximo día y empezar de nuevo.
—Ya empieza a hacer una temperatura perfecta, ¿eh? Seguro que pronto será primavera otra vez; Me digo a mi mismo.
Mi comentario pasa desapercibido ante un acompañante silencioso que desde un tiempo a esta parte se ha adherido a mi, aunque esta habitando en mis entrañas, noto la sensación de que va tras de mí, mirándome pasivo; Es un lobo silente.
Él nunca dice nada, pero siempre es mejor que estar solo.Mientras paseamos por mi ciudad que ahora también es de el, le voy comentando cada elemento que vemos, cada recuerdo que me viene a la mente de tiempos mejores. Él tan solo escucha en silencio mis insulsos y repetitivos relatos. Me gusta que sepa escuchar. Mi objetivo es llegar a una pastelería y comprar una tarta de cumpleaños, pero he llegado tarde. Busco una solución rápida y enfilo la avenida con la prisa que mi cuerpo hoy en día me permite. En poco tiempo llegamos mi lobo y yo al supermercado, que; gracias a Dios, cierra tarde.
Bien, ya hemos llegado. Si nos dividimos seguro que encontramos algo más rápidamente. Será mejor que nos demos prisa o llegaremos tarde a la fiesta.
- ¿Dividirnos? yo no me despego de ti; Lo oigo rugir en mis tripas mientras me dirijo rápidamente hacia la sección de bollería y pastelería. Miro detenidamente cada estante, algunos estan vacíos de género, otros de bollería que nada se asemeja a lo que busco. Después de buscar en todos los estantes superiores, la encuentro por fin entre otras delicassen edulcoradas; una tarta de moras. mi preferida.
No tardamos demasiado en llegar a casa porque no encontré a ningún conocido por el camino. Me encanta pararme y charlar con mi gente. Aunque sea como decimos mucho en el sur: " Hablar chuminás" pero hablar a fin de cuentas. Otra cosa que echo de menos son los ascensores. Con un esfuerzo para mi superlativo, subo los cuarenta y ocho peldaños de la escalera. Es un ejercicio diario que me mantiene en forma, pero hoy el cuerpo no me da para mas. Al llegar, por fin a la tercera planta, suelto la bolsa del supermercado en el suelo y me pongo a buscar la diminuta llave de mi puerta en el inmenso llavero que ocupa tres cuartos de mi mano.
Falsamente percibo la mirada de mi lobo en el cogote. y yo sin mirarle me imagino el aburrimiento en su mirada por la espera.Por fin doy con la llave y abro la dichosa puerta. Nada más hacerlo, se encienden un par de luces y el confeti sale disparado hacia el aire. Doy un bote y río animado. Sabía yo que mis amigos no se iban a olvidar de mi cumpleaños. Miro a mi cánido compañero tras de mí y le señalo con el dedo.
—Tú sabías de esto, ¿a que sí?; No dice nada, pero su mirada me lo dice todo.
Sonrío y los dos entramos. Nada más hacerlo, puedo ver a todos sentados alrededor de la mesa, esperándome, para así poder cantar cumpleaños feliz.
¡Que gente!.
—¡Bien chicos! ¡No perdamos tiempo! ¡El cumpleaños es solo una vez al año! Hoy les veo pletóricos, sin duda alguna. Emocionado, sitúo la tarta en el centro de la mesa y tomo una vela de un cajón cercano, colocándola en el centro del pastel. La sangre me hierve y el corazón me palpita. Enciendo la vela de la tarta y me siento en mi sitio.
—Vale, ¡Todos a la de tres! ¡Una! ¡Dos! ¡Y tres!; Comienzo a cantar mi tan esperada canción de cumpleaños feliz. La canto de corazón, sonriendo tanto como soy capaz junto a mis mejores amigos. Debería de ser un momento maravilloso, un momento perfecto, pero… ¿Por qué estoy llorando entonces?
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