viernes, 28 de febrero de 2020

EL DEMONIO.

Ultimamente cada noche de mi vida es igual, ¡un maldito infierno! que viene cabalgando a lomos del maldito lobo. 
Me acuesto siempre a las once en punto, veo las noticias en la televisión durante una hora, aunque en honor a la verdad las imágenes pasan a través de mis ojos vacíos y desinteresados. Justo cuando el reloj marca las doce apago la televisión y cierro mis ojos, en ese momento mi mente invoca a mi musa y de la nada fluye una sombra tomando forma dibujando el rostro mas bello que jamas mis ojos posiblemente verán en la vida; dibuja unos ojos de un verde perpetuo, una nariz tan fina como un diamante, la sonrisa mas dulce que la melaza de azúcar, las mejillas con un brillo rosado como las nubes en un atardecer de verano y el cabello largo en un tono negruzco, proporcionando a mi sueño el marco perfecto a un rostro divino. 

Cada segundo de la noche rezo para que sea un segundo eterno; mientras, trazo su silueta en el aire, ya casi nunca duermo, para mi ese es el paraíso, saboreo cada instante trato de no enamorarme de esa musa que recreo en mi mente pero es imposible, enamorarme es muy sencillo. Lamentablemente, la noche no dura por siempre. Cada mañana el cruel rayo de sol entra violentamente por mi ventana y rompe mi mágico hechizo de fantasía con una realidad martirizante. Ella me hace vislumbrar un mundo de amor, pasión, Besos, caricias prohibidas, sexo… En la cama, en el suelo, en el sofá, en una escalera, en un armario, en el ascensor, en la ducha, en un baño público, en la piscina, en la playa, en el parque… De noche; a la luz del día o de una lámpara, a oscuras,… Apasionada o tiernamente. Sexo… y amor. ¿Amor?… Yo no puedo ser amado, no debo serlo. Es por la maldición. Estoy maldito. 

En mi interior duerme un demonio que acabaría con el ya de por sí precario equilibrio del que disfruta mi musa cuando me visita vestida de ángel. Porque existen, sí, los ángeles y demonios, pero sobre todo los demonios. Os aseguro que os los cruzáis cada día, ocupando cuerpos que en teoría no les pertenecen, como viles parásitos que comprenden demasiado bien la naturaleza humana. Si bien podría ser ese conductor de autobús, esa compañera de trabajo; el ciego que vende lotería en la esquina, la camarera que te pone el café… Es ese hombre que te empuja sin querer… Gente que se pasea de forma espontánea ante tus ojos, y cuyos rostros desaparecen al poco de efectuar su entrada. Todos son demonios, porque los ángeles están en extinción, y así, cada mañana, tarde y noche, se esfuerzan por acariciarte aunque sólo sea de refilón, pacientemente tentadores. Aunque soy un demonio yo intento amar, y mucho, lo intento con ardor y locura, pero nadie puede amarme a mí. Estoy maldito. 

Encerrado dentro de esta fea carcaza de carne duerme él. Él arrasaría con todos a los que quiero. Por eso, aunque yo ame, y ame mucho, nadie puede amarme a mí. Si alguien se enamorase de mí… No, qué tontería acabo de decir, nadie podría. El secreto se encuentra a buen recaudo, ningún mortal, cuya vida intuye vivirla en armonía, pasaría por eso. Y por eso, aunque nadie pueda amarme, yo intento amar, y amo mucho. Ardo de deseo pero sólo se me está permitido besar. Al menos eso lo puedo hacer… Y me dejo engañar entre pasos de baile. Me dejo engañar por alguien que, aunque completamente opuesto a mí, no cesa de ser mi igual. Pero la realidad irrefutable y que jamas pude zafarme de ella es que amé y me amaron, por lo tanto; cumplí, viví y ahora puedo morir.

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