jueves, 17 de diciembre de 2020

LA DESPEDIDA.

 

Le miré con la misma extrañeza con la que se mira una flor aun viva en pleno frío inviernal.Todo el temor que yo atesoraba y todas mis dudas parecieron disiparse junto con las nubes que empezaban a sobrevolar Motril con la misma prontitud que los pájaros que siempre a la misma hora salían disparados a refugiarse bajo las torres y los portales. En sus ojos no había ya sitio para nada más; Ni siquiera para mí.

El sol empezó a ocultarse tras los edificios mas altos que parecían amenazar con engullirnos si permanecíamos más tiempo allí, quietos como estatuas, con la respiración entrecortada por la emoción y el miedo. Más al fondo, las terrazas se atestaban de gente que iba y venía con miles de bolsas repletas de distintos objetos y ropas. Aunque mis párpados comenzaban a cerrarse, me vi obligado a permanecer más despierto que nunca, para no perder ni un solo detalle de lo que parecía un triste pero inevitable sueño: la despedida. 

Una despedida que se había prolongado a lo largo del día y que los dos habíamos aplazado tanto como podíamos. Ahora, ya ni siquiera quedaban motivos para que aquella tortura se hiciera más y más larga. Mis huesos ya no soportaban los fríos copos que habían comenzado a caer con un ritmo pasmoso y cautivo. Me había quedado tan quieto y la ciudad parecía tan sumida en el silencio que me daba la sensación de que, si me concentraba solo un poco más, sería capaz de percibir el tenue murmullo de los copos al chocar contra mis ropas y el rugir acelerado de su respiración. 

¿Por qué no decía nada? ¿Acaso no era bastante todo el tiempo que habíamos estado sentados en ese mismo banco? empecé a preguntarme si, de verdad, todo aquello, todas las sensaciones que se fundían en el océano de mi mente, no eran más que un sueño. Si de verdad, y en contra de lo que ahora parecía, al despertar al día siguiente la encontraría aun en mi cama con los ojos cerrados. Aunque algo en mí, una voz que siempre había permanecido callada, me decía que volvía a equivocarme. Aquello era muy real; Demasiado real.

Apoyé mi cabeza sobre su hombro, consciente de que aquel contacto con su piel podía ser el último y, tal vez, el más doloroso de todos. No estaba seguro de si aquello estaba sucediendo de verdad, ni de si yo mismo estaba allí presente, junto a élla. En lo único que podía pensar con claridad era que la calidez de su cuerpo me superaba. Esa calidez al menos sí era real. Y estaba seguro de ello.Ya no importaba lo demás. Ni el frío, ni la oscuridad, ni las nubes, ni el silbido del viento junto a mis oídos.

Por que a su lado, cualquier cosa me parecía completamente insignificante y pequeña. Eran los últimos momentos juntos. Ni siquiera llegué a pensar que el adiós vendría, que llegaría un buen día sin más y que tendría que decirle: adiós, supongo que no te volveré a ver. Todos esos pensamientos me dolían más que el propio hecho de estar a su lado y saber que, en el fondo, jamás habíamos estado tan juntos como ahora.Varios perros pasaron ladrando por delante de nosotros. Sus ladridos se fueron apagando conforme iban entrando en un callejón sin salida que había más al fondo. Noté que las llamas que me habían inundado tiempo atrás se apagaban y se alejaban como aquellos estúpidos canidos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.