La vida de Alberto discurría entre la gran superficie en la que trabajaba y el cine CAPITOL. Era un adicto en el amplio sentido de la palabra al séptimo arte.Tenía la extraña virtud de no solo visionar una película, era capaz de recordar hasta la última coma de sus diálogos, mas si algunos se le escapaba, se quedaba en la sesión continua hasta ese momento de la película en la que enlazaba el dialogo perdido. No era una costumbre insana, pero si caldo de cultivo para las mofas y burlas de sus compañeros de trabajo y amigos, cosa que a él le era indiferente, vivía ajeno a todo eso.Su cultura era exigua, pues ya desde pequeño, tuvo que trabajar al faltar la figura paterna en su casa y los pequeños ingresos de la madre no daban para mantener una casa. Su padre, les abandonó siendo pequeño.
Sentado en casa, dejaba volar su imaginación y veía a su padre rodeado de guerreros negros defendiendo una fingida posición, o perdido en una selva frondosa en busca de un tesoro azteca. Siempre sus pensamientos derivaban en alguna película que había visto recientemente. Era parco en palabras, y cuando mantenía una conversación con algún amigo o empleado de la gran superficie incluía bien estructurados diálogos de alguna película, inclusive con el attrezzo de los gestos. Su carácter iba a la par que su forma de ser, podía ser dulce y meloso en su dialogo como Clark Gable o por lo contrario, arisco y descortés como Marlon Brando. Era gran conversador, aunque no tenía con quien, su compañero en el puesto de trabajo de reponedor era un polaco que solo sabía decir algunas palabras mal vocalizadas y siempre sin sentido contextual. A pesar de sus 40 años, nunca había tenido ya no solo novia, sino alguien que si no compartía su condición de cinéfilo, al menos supiera respetarla. Entre cajas soñaba con una bella dama en la que él se convertía en su paladín y benefactor, librándola espada en ristre, mandoble tras mandoble de un incierto final en garras del dragón de Komodo. O siendo aclamado por una ingente multitud de enfervorizadas masas al haber abortado una amenaza nuclear, su cerebro era una verdadera factoría de sueños que él veía como una realidad tangible.
Hacía poco que había llegado una empleada nueva en la sección de contabilidad llamada Alicia, que cada vez que se cruzaba con él, esbozaba una sonrisa de complicidad, Alberto no se atrevía a decirle nada, mayormente por la agriez de un desplante con la consiguiente mofa de los compañeros, como le ocurrió meses atrás con una dependienta de la sección de lencería.Pasaron los meses y las sonrisas se convirtieron en cortos diálogos, intranscendentes para algunos pero importantes para los dos.Siguió pasando el tiempo, y ya los encuentros eran provocados por ambos; Ella disfrutaba con sonrisas y cierta avidez con los comentarios de la película de la tarde anterior vista por Alberto, por la forma de expresarse y por la exactitud de momentos puntuales de la película. Parecía por momentos que Alicia la veía por los ojos de Alberto, y lejos de aburrirse le pedía impacientemente que se explicara con más ímpetu en momentos claves de la narración. La química había actuado en ellos, y ellos se dejaban llevar por la química.
El trabajo de Alberto terminaba a las cinco, mientras que el de Alicia se dilataba hasta las nueve. En esa diferencia de horario a Alberto le daba tiempo a llegar al cine CAPITOL, ver el estreno diario y volver a la gran superficie a recoger a Alicia para acompañarla a casa. El trayecto a casa de Alicia, a paso normal discurría en una media hora, ellos empleaban dos, por las continuas paradas de Alberto explicando con posiciones y gestos secuencias de la película que esa tarde había visionado.Bien asesorado por los diálogos de las películas, deleitaba a Alicia con frases y piropos mas propias de un licenciado en filosofía, que de un triste reponedor, pero a ella le daba igual la forma, sino el contenido; Sabía que las palabras, aun saliendo de su boca, las decía Alberto con el corazón, y eso le gustaba, le daba igual que las hubiera dicho tal actor en tal película. Alberto no era un hombre en plena adultez, mas bien era un niño grande, del cual se había enamorado ella ardientemente. Pasó el tiempo y decidieron unir sus vidas, con la consiguiente reprobación de la madre de Alberto, pues en sus adentros, pensaba que no solo perdía un hijo, sino un ingreso menos en su mermada economía. El seguía con su sana costumbre de visitar el CAPITOL y luego en la cena contarle a Alicia la película. Algún que otro domingo, le preguntaba a su mujer porque no la acompañaba al cine y siempre encontraba la misma respuesta. Para que gastar dinero, si yo luego la veo y la vivo en tus ojos, le respondía alegremente.
Una mañana, con un mas que atípico frío para las fechas que corrían, Alberto y Alicia tomaban su rutinaria taza de café en la cafetería cercana al centro comercial antes de entrar al trabajo, cuando ella con una mas que fingida seriedad, le comunicó no sin antes escapársele alguna que otra sonrisa su ya inminente futura paternidad. Alberto tenía la grata sensación que su vida, aun teniendo un mal principio, se había convertido en una gran película, un magnifico guión.Tenía la mujer que siempre había deseado, un trabajo y ahora lo mas importante, un hijo. La película que siempre había deseado protagonizar. Trabajando dejaba volar su imaginación como de costumbre, pensaba que pronto tendría otro espectador que vería las películas del CAPITOL por sus ojos, como hacia Alicia. Lo imaginaba tierno y con agudos sentimientos, como Pablito Calvo en Marcelino pan y vino. Al rato, lo imaginaba valiente y audaz como Mowgli en El libro de la selva, Y en un futuro más lejano, unido a él, un Roberto Alcázar y Pedrín. Tuvo sus momentos de dudas, al imaginar que en vez de un varón, fuese hembra y mentalmente rebuscó en sus recuerdos alguna singular heroína,¡Ya está! Exclamó mentalmente, ¡Juana de Arco! Repasó mentalmente la película, la veía dando mandobles y estoques a infieles Luteranos, aunque al llegar a la secuencia en que la heroína moría quemada en una pira, le envolvió una desazón. Cambiaré el final. Sentenció convencidamente.
Pasaron unos pocos meses, unos meses en que Alicia tenía un mal embarazo que apenas dejaba a Alberto libertad para desarrollar su pasión por el cine; pasó de ir de diario, a días alternos, hasta terminar por ir dos días en semana. Los días que no iba al CAPITOL, Alicia lo veía deambular como alma en pena por la estancia. Parecía una figura fantasmagórica e inquieta. Apenas mantenía una conversación fluida con Alicia, pues el proyector de sus ojos se había apagado, no había película en la bobina. Alicia en connivencia con los jefes, y dado que su trabajo no requería esfuerzos físicos, siguió trabajando hasta casi el final del embarazo. Algo que más entristeció a Alberto, pues había fraguado la idea, de que con alguna excusa del trabajo, poder escaparse más a menudo al CAPITOL.
Al mediodía, los dos comían con los compañeros en una habitación habilitada como comedor, una sala fría, que aún se hacía mas fría si cabe por el silencio de los dos, era una situación insostenible.Alicia tecleaba impetuosamente su Olivetti mientras pensaba la raíz del problema, aunque la sabía, ella no podía hacer nada, su mal embarazo no le permitía el lujo de prescindir de su marido en horas puntuales del día, lo necesitaba más en casa, muy a su pesar.En la hora de comer, Alicia esperó a Alberto en la puerta que daba acceso al comedor, la situación la estaba sobrepasando y quería hablar con el, sin la presencia de miradas furtivas y ajenas al problema.Vamos al Foster Hollywood de la esquina a comer, le dijo tirando cariñosamente de brazo de Alberto, hoy me apetece que mi paladín me invite a comer. Le dijo con aire solemne.Alberto por un momento pareció confuso, por la actitud de Alicia y por el mero hecho de proponerle ir a comer al Foster, hacía mas de un año que no iban a ese local, donde envuelto por la magia de la decoración; relataba a Alicia en sus primeros meses de noviazgo, la película que había visto ese día.
Se sentaron pausadamente en una mesa que pegaba a una inmensa cristalera que daba a la calle, veían pasar a la gente con pasos apresurados.Y pensaron al unísono lo viva que era la vida en una gran ciudad.Alicia, cogió las manos de Alberto mientras con voz suave le decía, te quiero, te quiero... mi niño, mi hombre.Yo no quiero cambiarte Alberto, sabes que no solo te quiero por cómo eres, sino por cómo me haces sentir a tu lado. Continuó manteniendo su voz melosa. Solo quiero, que entiendas que esto es algo puntual, todo volverá a ser igual que al principio, solo es tener paciencia y comprensión por tu parte.-Lo entiendo; susurró Alberto con voz casi gutural, entiendo perfectamente que tengo que empezar a comportarme como un hombre, dejar de lado las niñerías. -¡No!, Casi le gritó Alicia, no lo entiendes, no quiero que cambies, quiero que seas tú, el hombre que conocí y del que estoy enamorada, no quiero que nuestro hijo vea un padre con un disfraz impuesto, quiero que vea a su padre como es. Un día el pistolero más rápido y el siguiente sea el explorador más audaz. Te quiero como eres Alberto, finalmente sentenció ella. El resto de la comida fue muy animada, Alberto le contó la última película que había visto e imaginaba que su hijo estaba en la silla contigua a la de Alicia con los ojos de par en par impactado por el relato.
La vuelta al trabajo la hicieron abrazados fuertemente, volvía todo a la normalidad entre ellos, Alicia suspiraba tranquila al haber resucitado al Alberto que echaba de menos y el suspiraba en volver a su cine CAPITOL, para él, ya solo era cuestión de paciencia.La tarde se pasó como un relámpago, Alberto se mostró mas hablador de la cuenta con su compañero, cosa que al polaco le era indiferente pues entendía poco español, se reía como un autómata cuando lo hacía Alberto, dando la impresión mas que fingida que entendía lo que le decía. -¡Uy! Las cinco, hora de plegar, exclamó mirando su reloj a la vez que se giraba para perderse en un pasillo apresuradamente.Había decidido llegar a casa y preparar una suculenta cena a su mujer, aderezada con un generoso ramo de flores, volvía a sentir el cosquilleo de la felicidad. Se vistió apresuradamente en los vestuarios y se dispuso a darle un estupendo beso de despedida temporal a Alicia, los vestuarios eran casi contiguos a la zona de oficinas así que no tuvo que andar mucho. Golpeó la puerta un par de veces y al no oír el delante de rigor, decidió entrar.
Al principio se quedó confuso con la visión, no consiguió asimilar lo que veía.En el suelo, de rodillas estaban dos compañeras de Alicia con ademanes grotescos, las caras desencajadas e intentando llorar. De pie, el contable, un hombre orondo que en ese momento estaba bañado en sudor y una pequeña mancha de sangre en la comisura de los labios. Con la mirada buscó a Alicia, hasta que dio con ella en la estancia; estaba asida por el cuello por una mano y con la otra una pistola que portaba un encapuchado, le recriminaba la falta de dinero allí, mezclado con insultos. Alberto no lo pensó dos fracciones de segundo, y más por la rabia de ver a su amada en tal trance intentó saltar sobre el asaltante, como en tantas películas había visto. El disparo sobrecogió la habitación; por el ruido acudieron unos guardas jurados que pusieron en jaque al asaltante.
En el suelo yacía Alberto en postura decubito supino mientras un reguero de sangre salía de su costado, por un momento entendió las caras desencajadas de sus actores preferidos al encajar una bala y de la sensación de quemazón al recibirla. De repente dejó de sentir dolor; sentía una paz extrema, la paz del que se muere.Vio a Alicia arrodillada junto a él gritando y llorando mientras le sujetaba la cabeza. En un supremo esfuerzo acercó suavemente la cabeza de Alicia para decirle en el ya cierto ocaso de su vida con voz suave... siempre nos quedara Paris. Y cerró sus ojos con el deseo de oír en su mente al director:
Gritar; ¡Corten!

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