domingo, 31 de enero de 2021

UNA HEROINA LLAMADA FRANCISCA DE PEDRAZA.


La historia de nuestra protagonista, puede ser similar a la que podría haber vivido cualquier mujer en Castilla o en otro lugar de aquella Europa de finales del siglo XVI y principios del XVII. Se trata de una historia escrita en letras de discriminación y sometimiento, por cuanto el tradicional papel de la mujer era el de un ser secundario y sometido al varón. Así, con escasas excepciones, su rol, dentro de un mundo construido por hombres y para hombres, no era otro que el del matrimonio o el convento. Sin duda alguna, la primera etapa de aquel calvario comenzaba en el seno de la propia familia, en donde las hijas quedaban bajo la tutela del padre, desempeñando un papel siempre al servicio del mismo. Tras esos primeros años, el matrimonio –en muchas ocasiones pactado entre familias- suponía la salida de la adolescente del seno familiar, para pasar a depender de su marido, al cual en innumerables ocasiones conocía el mismo día de la ceremonia nupcial.

Nuestra protagonista se llamaba Francisca de Pedraza; pronto quedó huérfana de padres, por cuyo motivo fue educada por las monjas complutenses, en un ámbito en donde los rezos y la formación en el servicio y la austeridad fueron, con seguridad, su día a día, pasando de este modo su infancia e inicio de adolescencia en un ambiente conventual.

En un momento dado vino a contraer matrimonio, en el pleno convencimiento de que al lado de aquel hombre podría desarrollarse como mujer, como esposa y como madre. Nada más lejos de la realidad, ya que el matrimonio con Jerónimo de Jaras, su marido, vino a demostrar, una vez más, cuan cruel era la vida de las mujeres. Para ella todavía habría de ser más dura si cabe, ya que no tardaría en recibir sus primeras palizas. Golpes, palos y otra serie de crueles malos tratos fueron el eje vertebrador de  aquel matrimonio a lo largo del tiempo, todos ellos recibidos por esta mujer con la mayor expresión de violencia, pero también de impunidad de su agresor y marido. Estando embarazada  Jerónimo de Jaras “arrancó, a golpe de patadas en el vientre, en plena calle, la criatura que Francisca de Pedraza llevaba en las entrañas,

Harta de las palizas, humillaciones y la dilapidación de su dote, Francisca inició el procedimiento para conseguir el divorcio de su matrimonio. En aquella época, este tipo de "malentendidos" se resolvían bajo el paraguas de las recomendaciones de la Iglesia, algo que a Francisca no le parecía, como es lógico, suficiente. El suicidio era la salida en casos similares para muchas mujeres.Tampoco era una solución que Francisca, como gran luchadora,  estaba dispuesta a asumir, así pues se dirigió a los juzgados ordinarios, pero éstos le negaron la ayuda porque argumentaban que no eran "competentes para abordar asuntos tan sagrados como lo era el matrimonio".

Pocos apoyos tuvo Francisca y de hecho la mayoría de consejos fueron para que desistiera de su intención de separarse de su marido. El primero el de “el párroco de la cervantina Alcalá de Henares que le indicaba que a este mundo se venía a sufrir y que semejante decisión la abocaría al fuego eterno. Eso no le asustaba; en el infierno ya vivía desde que dejó el convento donde fue educada por las monjas complutenses para pasar a estar tutelada por el que sería su marido”.

Pero ella intentó acabar con todo ello acudiendo a la justicia, primero a la ordinaria, luego a la eclesiástica y, finalmente y de manera inaudita, a la universitaria. Ante todas ellas, desprovista de su intimidad, de su jubón, mostró las múltiples muestras que la crueldad de su marido había dejado en su rostro y cuerpo. Eran las muestras que la mano agresora de un monstruo plasmaba en su cuerpo de mujer. Sabía que era una mujer frente a un mundo, un mundo creado por los hombres, de los hombres y para los hombres, pero ella estaba dispuesta a presentar la batalla.

Resulta curioso ver que las reiteradas demandas presentadas ante la jurisdicción eclesiástica, que tenía la competencia sobre asuntos de esta naturaleza, siempre terminaban con una lacónica condena al marido a que fuese “… Bueno, honesto y considerado con la demandante, y no le haga semejantes malos tratamientos como se dice que le hace…”. Unas sentencias que obligaban a nuestra protagonista a convivir con su marido maltratador. En cierto modo eran sentencias que le condenaban a muerte, o cuando menos a pervivir en esa situación de dolor, de pérdida de cualquier atisbo de dignidad, de mujer, de madre.

Un día, cuando le pedía a Dios que se la llevase de este mundo, tuvo el coraje de solicitar y conseguir una cédula del nuncio del Papa en España, para que llevase su pleito a otra jurisdicción. Ella eligió la universitaria, entendiendo que en la universidad habría de conseguir justicia. Fue en la corte de justicia de la Universidad de Alcalá en donde vino a celebrarse el pleito de divorcio. Francisca de Pedraza, mujer y madre, contra su maltratador. Al frente del tribunal una de las personalidades más ilustres de esa histórica Universidad: Álvaro de Ayala, el primer rector graduado en ambos derechos, canónico y privado.

No ceja en su empeño, así que acudió a la justicia Universitaria, donde finalmente el doctor Álvaro de Ayala y el tribunal universitario de Alcalá de Henares sentencian a favor de Francisca el divorcio de Jerónimo Jaras, la devolución de toda su dote y una orden de alejamiento. No volvió a suceder algo similar hasta bien entrado el Siglo XX

Aquel hombre que hacía gracietas en la taberna entre vaso y vaso, ese dicharachero que se transformaba en un monstruo al llegar a casa borracho, mientras le escupía en la cara lo mala madre y esposa que era, tirándole al suelo el plato de lentejas, asegurándole que ni para cocinar, ni para un revolcón servía”.

Fue en la corte de justicia de la Universidad de Alcalá donde se celebró el juicio de divorcio. Álvaro de Ayala, primer rector graduado en derecho canónico y privado, fue quien firmó la sentencia de divorcio y obligó al marido a devolver la dote.

En apenas unos meses, en ese año 1624, Ayala firmaba su sentencia: se hacía el divorcio, obligando además a la devolución de la dote. Por si todo ello no fuese suficiente, introducía en su sentencia una orden de alejamiento contra Jerónimo de Jaras “… y prohibimos y mandamos al dicho Jerónimo de Jaras no inquiete ni moleste a la dicha Francisca de Pedraza… por sí ni por sus parientes ni por otra interpósita persona”. Se había hecho justicia.


viernes, 29 de enero de 2021

EL ORIGEN DE LA PLAZA DE LAS PASIEGAS EN GRANADA.

Casi arrinconada en una de las esquinas de la Plaza Bib-Rambla, casi pidiendo permiso, en ese lugar se levanta una plaza a la vez pequeña y al mismo tiempo enorme. No por su extensión pero sí por la sensación que provoca levantar la vista y ver la imponente fachada de la Catedral de Granada. Se trata de la Plaza de las Pasiegas y de una imagen tan espectacular que hace las delicias de los visitantes. Pero pese a ser uno de los lugares más concurridos y conocidos de la capital, guarda un secreto que pasa desapercibido para la mayoría.

 La Plaza de las Pasiegas surge a finales del siglo XVII cuando se derriban los Colegios de San Miguel, dedicado a la educación de hijos de moriscos, y el de Santa Catalina, dedicado a los estudios preparatorios de las carreras universitaria y eclesiástica.Primitivamente fue conocida como plaza de las Flores, en alusión al mercado de flores establecido en aquel espacio público, que aún perdura en la aledaña Plaza Bib-Rambla . Desde 1807 su nombre cambió al actual de plaza de las Pasiegas, porque  varias mujeres de la comarca del Pas, en Cantabria, tenían tiendas de telas allí.

Pero la mas veraz y documentada es que el origen del nombre de la Plaza de las Pasiegas mantiene relación con el inicio de la vida. Es decir, con los bebés. Pues en este lugar de Granada tenía lugar uno de los actos más bonitos y naturales al que la mayoría nos exponemos recién nacidos: tomar el pecho de nuestras madres. Aunque en este caso no era literalmente así sino que la leche procedía de otras mujeres que eran una suerte de madres “postizas”.

En efecto en la Plaza de las Pasiegas se daba de mamar a los bebés. Pero no a cualquiera sino a los de las familias bien de la Granada del siglo XIX. De hecho ni siquiera las mujeres eran granadinas sino que venían desde el extremo más lejano de la Península Ibérica. Eran mujeres, que acababan de dar a luz y que llegaban a Granada desde el valle del Pas en Cantabria, cuyo gentilicio es pasiego, junto con una comitiva de vendedores ambulantes que se recorrían toda la geografía española. Ellas, consideradas “madres nodrizas” daban de amamantar primero a sus hijos y después incluso a cachorros de perro que incorporaban a su viaje para que les sirvieran de protección puesto que pasaban muchas semanas en la carretera de aquel tiempo.

Estas robustas mujeres, a veces llamadas “Normandas españolas”, abandonaban su hogar y su familia, después de haber parido y amamantado a su hijo durante unos meses. La mísera situación en la que vivían las arrastraba a ganarse la vida amamantando a los hijos de los burgueses y se dirigían a lugares, como Granada, Madrid, o Sevilla. Durante el trayecto, que duraba varias semanas, se llevaban un perrito recién nacido, al que daban de mamar durante toda la expedición, para que no se les cortara el flujo de leche. Una vez llegaban a Granada, se hacían ver por la Plaza de las Flores, donde  eran contratadas, por necesidad o por ‘capricho’, por las mujeres de la burguesía granadina a punto de ser madres.

Las nodrizas debían pasar un reconocimiento médico y sin su aprobación no se les entregaba al bebe, se aseguraban de que la mujer que iba a dar leche a su bebé estuviese en unas condiciones óptimas. Debían tener de 19 a 26 años de edad, estar vacunadas, estar criando mínimo a su segundo hijo e incluso tener buen físico y conducta moral. Los niños en muchas ocasiones eran amamantados en la misma plaza. Las mujeres se sentaban en el suelo, o en las piedras que forman el borde de los portales. Esas eran las características que reunían las madres nodrizas pasiegas que acabaron dando nombre al lugar en el que llevaban a cabo su curioso empleo. Uno de los lugares más bellos de la ciudad de la Alhambra. Otro más.

Una vez finalizada la estancia de la nodriza pasiega en Granada, regresaba a su lugar de origen. Parte del dinero ahorrado servía para pagar a la nodriza que se había  quedado con su niño en el pueblo.

FUENTE DE PARTE DEL TEXTO: EL BOLARDO.

jueves, 28 de enero de 2021

ESPEJOS DEL ALMA.

P Por dentro era una niña abandonada, una niña desangelada. Que irreverentes son los espejos; Pensaba mientras veía su cuerpo desnudo reflejado en el. Creía que reflejaba una crisálida y sólo diluye mi silueta como una luciérnaga que sus ojos rielan en el borde. Pero es que ocultarse de los sentimientos propios es como tratar de borrar el rostro con el canto de una moneda.

Mientras volvía a envolver en tela su cuerpo desnudo pensó en voz alta: 

- ¿De qué sirve quién seas, lo que poseas o lo que hayas estudiado si no tienes una paz y bienestar emocional? ¿De qué sirve que seas muy inteligente en conocimientos si las emociones no las puedes manejar?"

miércoles, 27 de enero de 2021

EL PORQUÉ DEL NOMBRE DE "PLAZA DE LOS LOBOS" EN GRANADA.

En las Ordenanzas municipales de 1552 se recoge una orden de los primeros años del siglo XVI titulada Lo que han de pagar por los lobos. Y sabemos por numerosos documentos que a principios del siglo XVI, en aquella Granada recién conquistada, por cada pellejo de lobo que se presentase a la autoridad el vecino recibía tres reales de premio. Y si lo que se mataba era una camada entera la recompensa ascendía a cien maravedíes, siempre que se aportaran las pruebas. 

Al parecer la causa de la enorme existencia de verdaderas plagas de lobos en Granada en el siglo XVI se debió a la despoblación que sufrieron nuestros campos tras la expulsión de los moriscos y la existencia sin embargo de una elevada población de ganaderos. Bajaban de las sierras manadas de lobos hasta la ciudad causando verdaderas matanzas de ganado en los campos y las huertas cercanas; atacaban a las reses y hubo casos de ataques a los mismos granadinos. Los lobos acabaron siendo una pesadilla y eran muchas las quejas de cristianos y moriscos campesinos y ganaderos alarmados y arruinados. Hubo que distraer enormes cantidades de dinero público para premiar a los que presentaban pellejos de lobos tras pregonar duras campañas contra estas fieras hambrientas, sobre todo en los crudos inviernos granadinos que cubrían de nieve nuestros alrededores.

Los documentos municipales recogen los testimonios de un año especialmente aciago. En 1584 el Ayuntamiento de Granada tuvo que pagar 61.200 maravedíes para recompensar la muerte de 204 lobos en una batida, a razón de 300 maravedíes por cabeza. La amenaza de estas alimañas en Granada continuó en el siglo XVII, llegándose a contabilizar una media de 40 lobos muertos cada año, según leemos en los legajos conservados en el Archivo Municipal de nuestra ciudad.

Uno de los testimonios más conocidos referido a la Plaza de los Lobos y que abunda en la pesadilla que estos animales representaban es el que se recoge en los Anales de Henríquez de Jorquera. El cronista granadino del siglo XVII dedica el capítulo VI de sus Anales a las Plazas de Granada; cita la Plaza de Bibarrambla, la Plaza Nueva, la Plaza Larga y la de Bibalbonut, ambas en el Albaicín, la Plaza del Realejo Alto, la del Campo del Príncipe y la de los Lobos, además de otras de menor importancia. 

De ella dice que fue edificada en la parte occidental de la ciudad, en el barrio de la Duquesa (María Manrique, la duquesa de Sessa, esposa que fuera del Gran Capitán), barrio nacido tras derribar la puerta Bib-al-Mazda de la muralla y al calor de la construcción del Monasterio de San Jerónimo y el cercano Hospital de San Juan de Dios. Plaza "edificada en la población moderna… no muy grande…capaz para fiestas…en ella se an jugado cañas", dice Jorquera. Y siguiendo al cronista leemos: "llamanla de los lobos porque en una casa de ella, habitación de un gran señor de ganado, … ay muchas cabezas de lobos clavadas, de las que matan sus ganaderos…". Era allí a donde se llevaban las pruebas de los lobos cazados.

Quedan en la plaza el Oratorio de la Misericordia y el Convento de la Piedad. Y si nos fijamos un poco veremos la mugrienta placa que recuerda el Combate del Callao del 2 de mayo de 1866 que enfrentó a la Armada española de Casto Méndez Núñez contra los sudamericanos en las costas del Pacífico peruano. Murieron allí dos guardiamarinas granadinos llamados Ramón Rull y Enrique Godínez; nombres que llevó la Plaza de los Lobos durante algún tiempo. Fue entonces cuando parece que Méndez Núñez pronunció en 1865 lo de "más vale honra sin buques que buques sin honra", según reza la placa de un monumento en Vigo, su ciudad natal.

FUENTE: GRANADA HOY.

martes, 26 de enero de 2021

¿ UN MUNDO MEJOR ?

En la mayoría de nuestros sueños tratamos de ver nuestro rostro en cuerpos y vidas que no poseemos. Y, sin embargo, muchas veces estas falsas visiones nos fortalecen, porque nos hacen ver nuestras debilidades, para que una vez que despertemos, nos empeños con todas nuestras fuerzas en combatirlas. Rara vez nuestros sueños nos transportan a lugares en los que nunca hemos estado, y cuando no es así, consideramos que el suelo donde pisamos, es tierra sagrada, algún punto en el planeta que inevitablemente tendremos que visitar algún día.

Apenas ha salido el sol y ya está saliendo de su casa. La gente se amontona en la calle; se empujan; se pisan; ni siquiera se miran entre ellos van enfundados con el cubre bocas. Sólo un murmullo ensordecedor que contamina el ya infecto aire que nos pueda quedar. El sonido de una ambulancia suena a lo lejos; Aunque en realidad nunca deja de sonar. Apenas lleva unos minutos en la calle y el cielo de tonalidad gris claro por la ingente cantidad de gases de los coches queda sustituido por bloques de hormigón: el metro.

Nada más rápido, lúgubre e impersonal que el metro. Se pregunta mentalmente cuántas personas habrán sido asesinadas y violadas ahí abajo. Cuánta gente ha de vivir aquí abajo, mientras los demás, nos apartamos de ellos a 150km/h.

En el vagón nadie habla. Unos se miran de reojo con desconfianza; otros leen el periódico, otros observan con un pasmado detenimiento la nada. Al fondo, un indigente duerme sobre una hilera de asientos. Huele a orín; huele a pobreza, huele a abandono. Le miro e imagino cuándo fue el momento de inflexión en que dejó de ser un niño, un hombre como cualquier otro, a verse orinado y famélico, atrapado entre el metal y el cemento. El pensamiento me sume en su persona, y descubro sin asombro que su pecho no se mueve.

Con el brusco frenazo de la siguiente parada, el brazo con que ocultaba su rostro cae inerte sobre el suelo descubriendo una mirada vidriosa como si de un espejo empañado de vaho se tratase. Ahora todos saben que está muerto. Quizás lo sabían de antes. Pero siguen pasando a su lado, subiendo y bajándose del metro, sin dedicarle un mísero pensamiento. Nadie comprueba que se pueda hacer nada; ni siquiera avisar a alguien. 

Cuando subo las escaleras de salida del metro vuelvo a la calle y me introduzco en el bullicio de la urbe. Veo a un grupo de jóvenes apoyados en la jamba de un escaparate de un centro comercial. Me detengo un momento y miro a las futuras promesas de la sociedad; apenas las reconozco, pero no me son del todo indiferentes, es tan sólo que el límite de la decencia que tenía la juventud queda un poco más atrás con cada año que pasa. Ya no hay canicas ni comba, ni tan siquiera balones; ahora hay un juego que se ha vuelto bastante popular: acosar y degradar al más débil hasta arrastrarlo a un profundo complejo que le incapacitará en la vida adulta o, no menos probable, al suicidio. Me pregunto si cuando crezcan el tartamudo, la anoréxica o el gordito, y no les parezca suficiente, ¿con quién la tomaran? Supongo, que seguirán avasallando contra los más indefensos… contra las clases sociales.

Subo en un taxi. Durante el trayecto intento despejar mi mente mirando tras la ventanilla lo abstracta que me resulta la ciudad, pero con cada semáforo y cada stop, veo algo que me hace apartar la mirada: la gente se odia y cada dia lo exteriorizan mas y mas. Una enfermedad que infecta las mentes humanas y cuyas proporciones está alcanzando cuotas antes inigualadas.  Cuando el último de nosotros esté impregnado por esa plaga de odio que nosotros mismos hemos creado, ¿Quién podrá redimirnos de nosotros mismos? 

Me bajo del taxi y con un escueto gracias cierro la puerta y me dirijo al edificio que se encontraba a mis espaldas. Subo las angostas escaleras; en el cuarto piso oigo un recién nacido llorando: le deseo de todo corazón un mundo sano en el que criarse. Pero sé, que es imposible que sea ya en éste. En el sexto hay lamentos; le hacen daño a alguien. Sólo puedo esperar que no sea por mucho tiempo. Me detengo en el séptimo; golpeo la puerta hasta que me abre una mujer joven que me mira con perplejidad. Sigue tan bonita como el día de nuestra boda. A sus espaldas se encuentra un niño jugando inocentemente en la moqueta; ella me deja verlo dos veces a la semana. Sabe que a pesar de nuestras diferencias aún les quiero; que les quiero más que nada en el mundo.

Me deja entrar en el piso mientras yo disimuladamente y con cierto sigilo saco el revolver que me vendieron en la parte trasera de una furgoneta, sin preguntarme para qué lo usaría, pues ya conocían la respuesta: les resultaba indiferente. Amartillo el arma contra aquel benévolo rostro y aprieto el gatillo; al caer contra el suelo apunto a la figura que se encontraba agazapada tras ella: abro fuego…

Oigo las sirenas a lo lejos; nunca dejan de sonar; No pido perdón ni compasión. El mundo ya no es mundo, es la materialización de la corrupción,el odio y la falta de empatía humana. Pero yo creo en un mundo mejor; un lugar que les habría sigo negado a estas caritativas victimas si hubiese dejado que esta corrupción del alma humana les hubiese infectado, un mundo mas allá de lo terrenal. En este apocalipsis que nosotros mismos hemos creado, hoy he contribuido con mi granito de arena. Al menos he salvado dos almas; las dos que más me importaban. Pero aún queda por sonar un último trueno; el que refulgirá en mi cabeza y me trasladará por mucho tiempo de un infierno a otro, no mucho más distinto de éste.