En la mayoría de nuestros sueños tratamos de ver nuestro rostro en cuerpos y vidas que no poseemos. Y, sin embargo, muchas veces estas falsas visiones nos fortalecen, porque nos hacen ver nuestras debilidades, para que una vez que despertemos, nos empeños con todas nuestras fuerzas en combatirlas. Rara vez nuestros sueños nos transportan a lugares en los que nunca hemos estado, y cuando no es así, consideramos que el suelo donde pisamos, es tierra sagrada, algún punto en el planeta que inevitablemente tendremos que visitar algún día.
Apenas ha salido el sol y ya está saliendo de su casa. La gente se amontona en la calle; se empujan; se pisan; ni siquiera se miran entre ellos van enfundados con el cubre bocas. Sólo un murmullo ensordecedor que contamina el ya infecto aire que nos pueda quedar. El sonido de una ambulancia suena a lo lejos; Aunque en realidad nunca deja de sonar. Apenas lleva unos minutos en la calle y el cielo de tonalidad gris claro por la ingente cantidad de gases de los coches queda sustituido por bloques de hormigón: el metro.
Nada más rápido, lúgubre e impersonal que el metro. Se pregunta mentalmente cuántas personas habrán sido asesinadas y violadas ahí abajo. Cuánta gente ha de vivir aquí abajo, mientras los demás, nos apartamos de ellos a 150km/h.
En el vagón nadie habla. Unos se miran de reojo con desconfianza; otros leen el periódico, otros observan con un pasmado detenimiento la nada. Al fondo, un indigente duerme sobre una hilera de asientos. Huele a orín; huele a pobreza, huele a abandono. Le miro e imagino cuándo fue el momento de inflexión en que dejó de ser un niño, un hombre como cualquier otro, a verse orinado y famélico, atrapado entre el metal y el cemento. El pensamiento me sume en su persona, y descubro sin asombro que su pecho no se mueve.
Con el brusco frenazo de la siguiente parada, el brazo con que ocultaba su rostro cae inerte sobre el suelo descubriendo una mirada vidriosa como si de un espejo empañado de vaho se tratase. Ahora todos saben que está muerto. Quizás lo sabían de antes. Pero siguen pasando a su lado, subiendo y bajándose del metro, sin dedicarle un mísero pensamiento. Nadie comprueba que se pueda hacer nada; ni siquiera avisar a alguien.
Cuando subo las escaleras de salida del metro vuelvo a la calle y me introduzco en el bullicio de la urbe. Veo a un grupo de jóvenes apoyados en la jamba de un escaparate de un centro comercial. Me detengo un momento y miro a las futuras promesas de la sociedad; apenas las reconozco, pero no me son del todo indiferentes, es tan sólo que el límite de la decencia que tenía la juventud queda un poco más atrás con cada año que pasa. Ya no hay canicas ni comba, ni tan siquiera balones; ahora hay un juego que se ha vuelto bastante popular: acosar y degradar al más débil hasta arrastrarlo a un profundo complejo que le incapacitará en la vida adulta o, no menos probable, al suicidio. Me pregunto si cuando crezcan el tartamudo, la anoréxica o el gordito, y no les parezca suficiente, ¿con quién la tomaran? Supongo, que seguirán avasallando contra los más indefensos… contra las clases sociales.
Subo en un taxi. Durante el trayecto intento despejar mi mente mirando tras la ventanilla lo abstracta que me resulta la ciudad, pero con cada semáforo y cada stop, veo algo que me hace apartar la mirada: la gente se odia y cada dia lo exteriorizan mas y mas. Una enfermedad que infecta las mentes humanas y cuyas proporciones está alcanzando cuotas antes inigualadas. Cuando el último de nosotros esté impregnado por esa plaga de odio que nosotros mismos hemos creado, ¿Quién podrá redimirnos de nosotros mismos?
Me bajo del taxi y con un escueto gracias cierro la puerta y me dirijo al edificio que se encontraba a mis espaldas. Subo las angostas escaleras; en el cuarto piso oigo un recién nacido llorando: le deseo de todo corazón un mundo sano en el que criarse. Pero sé, que es imposible que sea ya en éste. En el sexto hay lamentos; le hacen daño a alguien. Sólo puedo esperar que no sea por mucho tiempo. Me detengo en el séptimo; golpeo la puerta hasta que me abre una mujer joven que me mira con perplejidad. Sigue tan bonita como el día de nuestra boda. A sus espaldas se encuentra un niño jugando inocentemente en la moqueta; ella me deja verlo dos veces a la semana. Sabe que a pesar de nuestras diferencias aún les quiero; que les quiero más que nada en el mundo.
Me deja entrar en el piso mientras yo disimuladamente y con cierto sigilo saco el revolver que me vendieron en la parte trasera de una furgoneta, sin preguntarme para qué lo usaría, pues ya conocían la respuesta: les resultaba indiferente. Amartillo el arma contra aquel benévolo rostro y aprieto el gatillo; al caer contra el suelo apunto a la figura que se encontraba agazapada tras ella: abro fuego…
Oigo las sirenas a lo lejos; nunca dejan de sonar; No pido perdón ni compasión. El mundo ya no es mundo, es la materialización de la corrupción,el odio y la falta de empatía humana. Pero yo creo en un mundo mejor; un lugar que les habría sigo negado a estas caritativas victimas si hubiese dejado que esta corrupción del alma humana les hubiese infectado, un mundo mas allá de lo terrenal. En este apocalipsis que nosotros mismos hemos creado, hoy he contribuido con mi granito de arena. Al menos he salvado dos almas; las dos que más me importaban. Pero aún queda por sonar un último trueno; el que refulgirá en mi cabeza y me trasladará por mucho tiempo de un infierno a otro, no mucho más distinto de éste.

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