domingo, 5 de septiembre de 2021

VUELVO A OIR.

Maldita sea la estéril burbuja de velado miedo en la que en ti floto, en ti existo. En el exterior; la oscuridad congela la titilante llama de una endeble esperanza donde mi gélido corazón, ya apenas lo oigo latir en mi pecho. Murmullos huecos para oídos sordos; añoro oír el canto mañanero a la alegría de los pájaros, o la lenta melodía de las olas romper y después morir en la orilla del mar. Ya no siento, ya no oigo, ya no veo. Blancos ojos que difícil tienen volver a ver el lecho estrellado de la luna, mi amante tierna. Trastabillo al andar, me siento como si me hubiese parado en medio de un camino que me lleva hacia ningún lugar, como si hubiese caído de bruces en la tierra de nadie, un desierto y árido páramo donde subsisten las pesadillas y mueren las ilusiones.

Un camino envuelto en una espesa niebla que lentamente me envuelve, enfriando mi aliento y amargando las lágrimas que brotan de mi pálida alma cayendo al yermo suelo creando un putrefacto lodo. Bajo ese lodo se esconde la muerte, Y en su superficial costra la desesperación. Hace rato que el sueño me llama, pero me mantengo en vilo, poniendo en mi trémulo rostro un rictus desencajado. No me quedan fuerzas, no queda ya luz en la calle, sólo el fulgor tenebroso del pánico y la absoluta soledad.

Después de una noche en semiduermevela despierto entre las sombras alargadas de los muebles de mi habitación. Un brillo lejano entre las nubes del horizonte. Mis ojos vuelven a ver. Me siento extraño, apenas recuerdo unas horas antes cuando acomodaba mi ajado cuerpo en un lecho de tristes y amargos errores. Vuelvo a sentir el tacto con la piel de mis dedos. Donde en la noche oía notas graves y funestas, ahora de pronto han cambiado y se han convertido en una danza de acordes turbia en disonancias el grito firme de la música, vuelvo a oír. Aquella maravillosa luz al horizonte del monte “Conjuro “, dista menos ahora de mí, de el emana la música. Quiero acercarme al balcón, pero tengo miedo de no poder moverme.

Levanto la cabeza, cuánto me duele ahora. Flexiono mis rodillas y me erijo temeroso ante el viento que discurre por entre mis frágiles miembros. Pero todo es más claro. Cuesta menos respirar, cuesta menos mantenerse. Que bella es la luz que irradia el sol Motrileño, ansío tocarlo, quiero poseerlo entre mis manos y calentar el hielo de mi sangre. Doy un paso, el primero de tantos, y ando hacía el antepecho del balcón.

Pero volveré a caer, lo sé. Resbala mi pie, y al descender noto quebrarse mis huesos, y mis fuerzas. Cierro los ojos, bella oscuridad. ¡No! Grito desde mis adentros. Pero no sale sonido alguno. Un último esfuerzo en mis piernas. Me asio con mis manos, pero solo consigo deshacérmelas contra el aparador del dormitorio. Luchar es una vana tarea ahora, rendirse es la única opción. Pero ese sol me llama… Elevo mi mutilada mano y luchando contra el dolor me aferro de nuevo al mueble. Duele, pero me da igual. No me quedan fuerzas en el cuerpo, pero un lento latido me da todas las que necesito. Una simple nota que resuena en mi pecho, y lo llena de algo que nunca había sentido. Consigo llegar a trompicones al balcón; Duele, oigo las punzadas y alaridos desde todos mis músculos. Pero la música los acalla. La luz de mi sol los ciega. Un paso, y otro, los doy al vacío, no alcanzo a ver sobre qué camino. Pero la luz está allí, y sé que ella me guiará. Entre las sombras, con el ronco susurro de la muerte tras de mí, emprendo el último y el primero de mis viajes; espero llegar lejos.

 

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