Hace algún tiempo, comencé mí andadura por este camino que me queda por recorrer, es poco ya, pero es muy tortuoso, en las pocas sendas que tendré que andar solo encuentro paredes que evitan seguir mi camino. Nunca llegué a imaginar que podría aprender tantas cosas de ellas. Siempre tuve la idea clara de que sería yo, quien a partir de mis experiencias y mi manera de pensar, el que les enseñara la vida real y les descubriera lo que es bueno y malo. Sin embargo, todo aquello en lo que creía que debía de ser mi papel, mi función, se ha convertido en todo lo contrario.
Una página en blanco no existe; no, una página nunca está en blanco, siempre tiene algo que contarte, solo tienes que leer fijamente entre sus difusas líneas; acaso no está ese cielo azul limpio, y cuando lo iras fijamente te cuenta relatos que anidan en tus vagos recuerdos, o describiéndote los venideros. Desde hace tres días he vuelto a abrir de nuevo esa hoja sin grafías escritas para sacar de mis adentros tanto sentir acumulado; he vuelto a leer en los rincones del vacío palabras inundadas de sonoridad, de fuerza expresiva; he vuelto a leer en mi corazón baldío y estéril palabras de aliento y atrevimiento, palabras que alimenten mi ilusión por la vida. He vuelto a leer y escribir en las páginas de la vida.
Ahora soy yo el que está aprendiendo de ellas, son quienes sin quererlo me están enseñando un millón de cosas, un millón de formas de ver la vida. Cada una es diferente, ni una es igual, pero todas son especiales. Y esa singularidad personal de cada una de ellas es la que aportan al resto, otorgándonos el privilegio de enriquecernos un poco de esas cosas tan particulares que tiene cada una. Esas cosas que voy añadiendo a mi día a día o que me pueden ayudar a forjar mi persona. Porque, aunque no provenga de mi naturaleza tengo la oportunidad de adquirirlas, de interiorizarlas y hacerlas mías, personales.
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