Y
esos vientos, que son los encargados de ir moldeando lienzos, espadañas
y rincones, también son los encargados de acariciar con mimo esos otros
patrimonios inmateriales que están ahí y que nos hacen ser
poderosamente ricos. Patrimonio como esas nubes blancas con sabor y olor
imperecedero a melaza de azúcar que salpican las esquinas de la
costumbre o esas voces que ensayan versos para acunar nuestra ansia de
progreso.
Un Patrimonio tan Motrileño como esos ecos que el tiempo
cose a sus entrañas cuando una guitarra llora compases flamencos en el
barrio de San Antonio o una saeta se acomoda sobre el alambre cuaresmado
de un puñado de adoquines de la calle Cardenal Belluga. O patrimonio
como el que se cuece a fuego lento tras los muros del convento de las
Hermanas Nazarenas -allá en la calle de las monjas. En un patio
porticado como el palacio de Torre Isabel con olor a geranios y
claveles. Ese olor a salitre de mar que impregna todo el cerro de la
virgen de la cabeza y desciende hasta las explanadas. Como uno puede
encontrar pastelillos de gloria, almendrados, tortas reales en cualquier
confitería y degustarlos después de un “ratico” de teatro en el
Calderón. Motril es el regalo que con mayor frecuencia desenvuelvo. Es
un patrimonio inmaterial que no tiene fecha de caducidad. El lugar donde
siempre vuelvo para ser feliz.
Motril te detiene el tiempo cada
vez que con su voz abre el tintero de sus silencios y traza versos que
desnudan recuerdos, espasmos y miradas mientras desenroscamos el bote de
nuestra esencia Marinera.
En una charla con amigos ante un fuego se
puede pasar de descoser el corazón a hablar con tristeza de la pena que
atesora nuestra ciudad, No hay escaleta o guion. Y créanme, no he
conocido a nadie en este mundo que admirara, mirara y disfrutara más de
un fuego como lo hacía mi amigo Juanjo Escribano. No hay nadie en Motril que sea capaz de llorar con lágrimas de risas y provocar risas con sabor a lagrimas como lo hacía mi amigo Pepe Baena . U oír una composición del maestro Jose Miguel Moreno Sabio. Escuchar el retañir como campanas de gloria los zapatos de Inma Rico cuando zapatea por alegrias o admirar una obra pictorica del Maestro Jose Antonio Lerta Marmol y su cómplice de vida José Jose Fernando Moreno Jimenez o de Mar Aragón y sus acuarelas. Y no hay nadie que tenga el corazón más ancho, grande y sincero que mi amigo Franci Torcuato, un poeta gitano de los de verdad que tiene sangre de druida, un almizcate envuelto en entrega sincera.
Motril es cultura viva;pintores, poetas,
juntaletras y musicos que irradian cultura en movimiento aunque tambien
supuran por desgracia inquinas de egos absurdos. Pero ¿alguien conoce
alguna familia en que todo sea miel sobre hojuelas?
La amistad es
una llave que abre pestillos húmedos, desabrocha secretos de alcoba,
orea recuerdos desvencijados por el tiempo… y jamás caduca. Si es
sincera, se cuela por los labios y pisotea al olvido. Son esos ratos
degustados a fuego lento, en los que los silencios no incomodan y las
miradas se van solapando a los abrazos que a uno le queda por dar,
recibir, sentir. En la que el alma se regocija. Los ojos brillan. La
soledad claudica. Si la amistad pudiera verbalizarse, déjenme que la
conjugue junto con amigos cómplices de cicatrices y sabiendo que jamás
van a fallarme. Y solo me queda deciros que Saboreéis esos momentos
antes de que la vida se consuma como un tronco…
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