viernes, 4 de marzo de 2022

MOTRIL.

Ya va llegando la hora en que febrero se apresura a arrancar hojas del calendario y que el frío se va desperezando por las rendijas de la noche, uno siempre ha sentido que vivir tras las fronteras de mi Motril es un verdadero lujo. Siempre lo he sentido así. Siempre he presumido de ello. Y, sobre todo, siempre se lo he confesado a los vientos.


Y esos vientos, que son los encargados de ir moldeando lienzos, espadañas y rincones, también son los encargados de acariciar con mimo esos otros patrimonios inmateriales que están ahí y que nos hacen ser poderosamente ricos. Patrimonio como esas nubes blancas con sabor y olor imperecedero a melaza de azúcar que salpican las esquinas de la costumbre o esas voces que ensayan versos para acunar nuestra ansia de progreso.
Un Patrimonio tan Motrileño como esos ecos que el tiempo cose a sus entrañas cuando una guitarra llora compases flamencos en el barrio de San Antonio o una saeta se acomoda sobre el alambre cuaresmado de un puñado de adoquines de la calle Cardenal Belluga. O patrimonio como el que se cuece a fuego lento tras los muros del convento de las Hermanas Nazarenas -allá en la calle de las monjas. En un patio porticado como el palacio de Torre Isabel con olor a geranios y claveles. Ese olor a salitre de mar que impregna todo el cerro de la virgen de la cabeza y desciende hasta las explanadas. Como uno puede encontrar pastelillos de gloria, almendrados, tortas reales en cualquier confitería y degustarlos después de un “ratico” de teatro en el Calderón. Motril es el regalo que con mayor frecuencia desenvuelvo. Es un patrimonio inmaterial que no tiene fecha de caducidad. El lugar donde siempre vuelvo para ser feliz.

Motril te detiene el tiempo cada vez que con su voz abre el tintero de sus silencios y traza versos que desnudan recuerdos, espasmos y miradas mientras desenroscamos el bote de nuestra esencia Marinera.
En una charla con amigos ante un fuego se puede pasar de descoser el corazón a hablar con tristeza de la pena que atesora nuestra ciudad, No hay escaleta o guion. Y créanme, no he conocido a nadie en este mundo que admirara, mirara y disfrutara más de un fuego como lo hacía mi amigo Juanjo Escribano.
No hay nadie en Motril que sea capaz de llorar con lágrimas de risas y provocar risas con sabor a lagrimas como lo hacía mi amigo Pepe Baena . U oír una composición del maestro Jose Miguel Moreno Sabio. Escuchar el retañir como campanas de gloria los zapatos de Inma Rico cuando zapatea por alegrias o admirar una obra pictorica del Maestro Jose Antonio Lerta Marmol  y su cómplice de vida José Jose Fernando Moreno Jimenez  o de Mar Aragón y sus acuarelas. Y no hay nadie que tenga el corazón más ancho, grande y sincero que mi amigo Franci Torcuato, un poeta gitano de los de verdad que tiene sangre de druida, un almizcate envuelto en entrega sincera.

Motril es cultura viva;pintores, poetas, juntaletras y musicos que irradian cultura en movimiento aunque tambien supuran por desgracia inquinas de egos absurdos. Pero ¿alguien conoce alguna familia en que todo sea miel sobre hojuelas?

La amistad es una llave que abre pestillos húmedos, desabrocha secretos de alcoba, orea recuerdos desvencijados por el tiempo… y jamás caduca. Si es sincera, se cuela por los labios y pisotea al olvido. Son esos ratos degustados a fuego lento, en los que los silencios no incomodan y las miradas se van solapando a los abrazos que a uno le queda por dar, recibir, sentir. En la que el alma se regocija. Los ojos brillan. La soledad claudica. Si la amistad pudiera verbalizarse, déjenme que la conjugue junto con amigos cómplices de cicatrices y sabiendo que jamás van a fallarme. Y solo me queda deciros que Saboreéis esos momentos antes de que la vida se consuma como un tronco…

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