Era irritable tener tantas hojas vacías y no poder llenarlas. Necesitaba de nuevo la inspiración, ese algo que ella le daba. ¿Cómo se supone que escribiría monólogos si ya ella no estaba? Desde que se fue Las ideas disminuían, los pensamientos eran fútiles y estériles y su amargura fluía. Por más que intentara crear oraciones incompletas y sin coherencia, ya no podía.
El bullicio, las risas, los aplausos... Él había nacido para eso, un Polichinela.
Hacía tiempo que el personaje de este actor había usurpado su identidad haciendo que olvidara su propio nombre, era el mejor en su trabajo. Sus actuaciones calmaban el alma, apagaba el llanto e incitaba a la más pura felicidad. Todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, hacían cola para poder ver su actuación. Verlo era ver la mismísima esperanza porque contagiaba el optimismo y la fuerza para enfrentarse a los fantasmas del pasado y encarar el futuro.
Polichinela lo sabía y por ello, noche tras noche, salía al escenario a entregar su don a aquellos que pagaban una entrada. Para ello había nacido, para ello existía. Él daba todo su ser a su arte, el cual Lo regalaba de la única manera que se puede hacer un regalo: de corazón.
Nunca esperó nada a cambio, no lo necesitaba, ni siquiera una palabra de agradecimiento; si le hubieran preguntado simplemente hubiera contestado que era su elección, sólo el camino que había escogido, dar sus dones a los demás, y con eso le bastaba.
Cuando el espectáculo acababa y los focos descansaban oscuros y fríos, él miraba por la ventana que daba a la calle observando como su público salía del teatro con el corazón aligerado y lleno de optimismo mostrando una pura y sincera sonrisa... y él sonreía también. Luego el silencio y el regreso de sus fantasmas a su mente. Soy la imagen del fracaso. Llevo la pena sobre mi espalda, detrás, La carga más pesada.
Cuando sale a la calle Anda despacio sin rumbo y sin plan, sonámbulo, por las calles atestadas de gente absurda y cosas absurdas. Los párpados le pesan kilos y ya ni siquiera mira el bullicio de la gente. De estación en estación, de calle en calle, se mueves al azar por la ciudad, como una partícula infinitesimal en el espacio infinito. Nadie pregunta que le ocurre, nadie le oye. No le ven, no le percibe nadie. El tiempo ya no pasa linealmente, ha perdido toda coherencia y rigor. La hora es lo de menos.
El sol le calienta la cabeza, y la espalda. No puede pensar, esta sudando, pero da igual. Lo importante es tratar de no pensar. Lo importante es, ahora mismo, nada. Absolutamente nada. El camino se hace estrecho, luego ancho. Semáforos, autobuses, gente y calor. Una triste melodía.
Vuelve al teatro que es su fortín; Ahora el teatro está vacío, sólo el pasea por él como un fantasma que vaga por un castillo abandonado y olvidado. En la memoria el recuerdo de la última actuación y el deseo de la llegada de la siguiente. Pero su mente le recuerda una y otra vez que de un tiempo a hoy tan solo ya es un simple monologista fagocitado por las tablas del escenario. Que ya es otro actor de esa especie de micro teatro que hacemos a diario de nuestra vida, esa pequeña función llena de dramas unas veces y comedias otras. La sensación que tiene ahora es que cohabita en un pequeño circo lleno de otros Polichinelas, Arlequines, payasos y danzantes que brincan y bailan saliendo de su cerebro una y otra vez.
Vuelve la vista hacia el escenario y nota como la ausencia casi total de luz en el escenario le sumerge de nuevo en un universo de sensaciones sonoras, olfativas, táctiles. Crea en su mente un clima escénico de ilusión y fantasía. Donde de nuevo le convierte en un receptor de percepciones. Sin embargo, en el momento que desvía la vista de las tablas el vuelve a la realidad. Ha ese estado en el que vive desde hace un tiempo donde solo esta el y el mundo. Un estado donde Las sombras y sus dudas bailan acompasadas revoloteando alrededor suya, mientras el resto de personas viven lo cotidiano plácidamente.
No es una sensación placentera, ni mucho menos cómoda el sentirse solo. Ha pasado tres horas sentado en su camerino y sigue pensando en eso; en el gran teatro que ha sido su vida. En los actores y en las actrices; en los paisajes y las escenas que han sido actores y atrezzo en su obra.
Se auto consuela pensando en el pasado y en lo mágico y a la vez enigmático que eran su actuaciones en las que ni el sabía que pasaría a continuación; en el siguiente acto. A pesar de que era parte de ella. Muchas veces la dinámica de la obra le sorprendía, otras solo disimulaba que no sabía lo que iba a pasar. Por mas que intentaba saber de primera mano el guión o cuanto menos el desenlace, era difícil saberlo.
No es hasta que llega a su austero camerino, que nada tiene que ver con la ostentosa decoración que envuelve el resto del teatro, y en esa obscena soledad recuerda cuando la inspiración limpiaba la sonrisa dibujada en su rostro, cuando los ecos que correteaban traviesos por el yermo teatro traían entre las sombras el llanto de un payaso, de un Polichinela al que la inspiración le abandonó a su suerte…


