miércoles, 14 de febrero de 2024

CON DIEZ AÑOS. ( ORO LÍQUIDO)

El pueblo estaba situado en medio de extensos campos de cultivo de secano, pero las umbrías del norte estaba plagada de bancales de olivos. Esta semana según oí a un labrador en mis " acampadas" en la taberna de Don Emilio decirle que ya empezaba en la comarca la tan esperada temporada de recogida de aceitunas. Un motivo de alegría para Don Emilio porque así ya podría hacer tachones en la libreta con los nombres de los parroquianos que bebían con el favor de: Emilio esto lo pago cuando...

Desde la curiosidad y percepción de un niño de diez años sentí la sensación tangible de que el ambiente en el pueblo cambió por completo durante esos días. Las calles se llenaban de bullicio, risas y conversaciones animadas sobre quién tendría la mejor cosecha o cuántas arrobas de aceite le produciría su " pedazito" de olivos una vez llevados a la almazara junto al rio. Veía a los labriegos como se preparaban concienzudamente para la recogida, afilando sus herramientas, reparando los utensilios de trabajo y organizando los horarios para llevar las cargas de aceitunas de cada uno al molino.

Un día llegando yo a casa de mi abuela portando una serie de mandados que me había encargado en el colmado de " casa Paca" oí decir a mi tía que no era mala idea que yo fuese un día con la familia del primo Clemente a recoger aceitunas; - " así le da el aire al pobre que lleva días como alma en pena dando vueltas por el pueblo cuando no estaba en "EL RINCÓN DEL ESPANTO"". A mi madre y a mi abuela no las oí decir nada, pero mirando por los visillos de crochet de la cortina las vi asentar con la cabeza.

El día elegido para comenzar la recogida de aceitunas amaneció soleado y fresco. 

Mi tío Clemente vino a buscarme y nos se dirigimos con el resto de familia a sus olivares no sin antes recriminarle a mi madre que me hubiese puesto tanta ropa de abrigo; se te va a " escozer" el niño Luisa, le dijo mientras me echaba la mano por el hombro y empezábamos a subir la empinada cuesta de la calle del sol en dirección a los bancales de olivos. El resto de la familia nos esperaba en el cruce de la carretera, iban equipados con sus escaleras, capazos, varas, rastrillos y redes de recogida. 

Una vez llegado al olivar la gente se agrupaba en pequeños equipos y cada uno recibía su lugar asignado entre las filas de olivos. Armados con sus cestas de esparto y varas largas, se adentrában en el olivar. El ambiente estaba lleno de risas, conversaciones animadas y canciones populares que se entonaban mientras avanzábamos entre los olivos. A medida que íbamos recolectando las aceitunas, el suelo se llenaba de cestas que se iban apilando y la tierra se teñía del color dorado de la aceituna madura.

El olor a aceituna impregnaba el aire mientras los hombres vareaban los árboles, golpeando las ramas cargadas de aceitunas con la destreza y sapienza de años. Las mujeres,  pacientes y con una habilidad innata, extendían las mallas tupidas en el suelo, esperando a que las aceitunas cayeran como si fuese una lluvia de oro. Nosotros los niños, recogíamos las aceitunas que no caían dentro de malla e iban al suelo y las depositabamos en grandes canastas de esparto.

Cuando me hice mayor lejos de ese lar y documentándome tomé conciencia de la dureza de ese trabajo, pero yo con ojos de niño solo veía  el espíritu de colaboración y compañerismo que inundaba cada rincón del olivar. Donde compartían historias y risas mientras realizaban la tarea. 

Yo en un momento de descanso a la sombra de un olivo centenario; sentado junto a mi tío Clemente, cuasi con voz gutural le pregunté a mi tío:

- Tite: ¿ porqué hemos venido mi madre y yo al pueblo si en diez años jamás he estado? 

Mi tío agarrándome suavemente la cabeza con las dos manos y acercándose a mi oído me dijo:

- naaaa... Cosas que eres muy joven para entender. Y dio por zanjada la pregunta. Lo que no sabía mi tío es que en mi cerebro se plantó la semilla de la curiosidad, del querer saber.

Las jornadas de recogida se alargaban hasta el atardecer, momento en el que todos se reunían alrededor de grandes fogatas para descansar y disfrutar de una merecida comida de chacina y casquería asada. Una mezcla de sabores tradicionales acompañaba el olor a madera quemada y aceite molido las conversaciones amenas y las risas compartidas, creando una atmósfera de sosiego.

Después de varios días de intenso trabajo, la recogida de aceitunas finalmente llegaba a su fin. Los olivares quedaban vacíos, los sacos llenos y las familias exhaustas pero felices por tener un dinero para afrontar el invierno. 

En definitiva; La temporada de recogida de aceitunas no solo se trataba de una actividad agrícola, para saldar deudas y ahorrar algo. Cada año el pueblo se llenaba de vida y camaradería, dejando atrás las preocupaciones y brindando ante mis ojos una lección de trabajo en equipo y valoración de sus raíces.

DIARIO DE UN NIÑO URBANITA EN LAS ALPUJARRAS.


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