lunes, 18 de marzo de 2024

LO OCULTO EN LAS PALABRAS.

Siempre suelo ocultar entre las palabras que escribo los miedos que me menguan y me acortan, y se me inunda la mente muchísimas veces de recelos que nublan el esplendor que se abre ante mis ojos. Sinsabores y miedos que modelan mi forma de escribir, mis cuándos y mis porqués.

Mis palabras me sirven, sin embargo, para romper barreras del miedo que me atenaza e intentar escapar de mí mismo y lograr alcanzar lo imprevisto y allí, permanecer. Mis palabras me sirven para explorar campos inertes de vida que me son como ajenos por más que estén en mí. Los exploró para enterrar en ellos tesoros que descuidé; enseres y utillajes que empleé en mis mil derrotas, armas usadas en otras épocas que hoy son herrumbre, ya inservibles. Y hacerlo me dota de otra esencia y de otra libertad.

En las palabras comprendo mejor las grietas que resquebrajan casi hasta partir este mundo. Grietas donde intento construir puentes hechos de vigas de empatía y soldaduras de solidaridad. Puentes donde llevar risa al llanto, llevar comida al hambre, acercar un poco de agua a la sed.

Palabras que tienen miedo a las despedidas y al dolor insalvable, a las forzosas pérdidas. Miedo a los contratiempos que nos hacen cambiar de rumbo o nos desbarajustan la manera de ser, entrando como elefante en cacharrería. Y palabras que plasman muchas veces las decepcionantes circunstancias que nos sisan coraje y optimismo. Palabras que describen muchas veces nuestro terror a lo que es humano como vosotros, yo y el resto de los hombres quebradizos, pequeños; que por más empeño que pongamos somos incapaces de asir para siempre un después.

En las palabras también guardo en ellas amor, vivencias, celebraciones, risas, horas incandescentes, caricias, sueños; días en los que antes nos reconocíamos y ahora somos unos perfectos desconocidos, noches insospechadas, caminos de cunetas vacías de flores que arranqué. Palabras que describen la alegría de unos ojos, el tacto de unos dedos, el cadente sonido de unos ayes en los oídos. Y en ellas me expreso a mi modo y manera, escribo como quiero sentirme y elevarme. En ellas estarán siempre mi gente mientras alguien las lea y susurren mentalmente sus sílabas.

En las palabras que escribo viven todas mis rosas secas entre paginas. Esas paginas que de vez en cuando acudo a ellas y aspirando su ya casi exiguo aroma, imagino paisajes hermosísimos, episodios radiantes, futuros escritos en formas verbales en pasado. Rescato las respuestas que jamás me preguntaron. En las palabras que escribo caben certezas duras como rocas, denuncias incontables, convicciones perpetuas. En definitiva: Las palabras son oro. Al menos para mí... ¿Y para ti?

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