Padres; Aquí no ha cambiado nada. Siguen las calles llenas de indigentes que piden para pan, o una sopa. Y por cualquier esquina que dobles encuentras suplicantes que escriben su penuria en cartones o en un trozo de sábana. Siguen durmiendo cientos por no decir miles de personas en cajeros y en parques sin más abrigo encima que las estrellas y el rocío que baja a lavarles las legañas en las mañanas. Siguen los niños huérfanos apilados en centros y los que los desean en sus casas son impedidos por trámites y lucro y burocracias. Y sigue habiendo hambre, cuando afirman que somos más ricos cada año. Y sigue la miseria sigue pariendo y produciendo nuevos patronos. Y siguen los conflictos. Y siguen las matanzas.
No hay más que desazón en muchos corazones, desahucios y embargos, opresión y amargura, negativas y alarmas. No hay más que poderosos que se apropian del bien ajeno y limpio. No hay más que iniquidad por parte de los que, igual que hacen la ley, manipulan la trampa. Y despidos y quiebras, falaces reajustes, balances trastocados. Y cada vez más jóvenes se van a otros países a infravalorarse. Y cada vez más débiles recalan en las playas.
Padres; Aquí no cambió nada. Continúa el obrero escalando el andamio. Y los desatendidos persistiendo en su lucha. Y los abusadores engrosando su saca. Permanece el enfermo en su lista de espera. Y algunos inocentes en la celda que ocupan en nombre de los tantos que nos hunden y estafan. Es todo lo que existe, tal como lo dejasteis. Tan solo brota, ahora, prematuro, el almendro. Y las tardes ya empiezan a oler a primavera; y aunque llueva y la nieve persevere en las cumbres, son un poco más largas.
¡Qué felicidad aquélla de nuestra adolescencia dirigida por vosotros! Nos enseñasteis pasión por las cosas, credulidad, intrepidez, coraje. El mundo inédito, la vida intacta. Nos protegisteis para que crecíeramos ajenos al dolor y a las pérdidas. Al mal y al desengaño. Lejos quedaban todos los escollos. Lejos la cerrazón y el desaliento. Lejos también el aguijón del miedo y de la rabia. Caminábamos juntos, mirábamos al frente, siempre adelante.
Pero la vida es una puerta que debemos franquear. Una escena que hemos de encarnar con cordura y aplomo. Así como si ya supiéramos sus diálogos y sus alegorías. Así, de forma inexplicable, igual que respiramos desde siempre y a diario, sin que nadie nos haya dicho el porqué y el cómo. La vida se asemeja a una página en blanco, a un camino desierto, a un océano nuevo. Y es nuestra obligación desplegarlo y andarlo, navegar sus riberas, surcar su latitud, sondear en su fondo. Por tanto, padres míos solo nos queda seguir caminando . Sin cortapisa alguna. Caminar en firme y adelante. Para vivir mañana es tarde ya. Para vivir ahora jamás es pronto.
Queridos y añorados padres; nos ha tocado vivir un tiempo de una tremenda y gris desconfianza. Una época cuesta abajo y sin frenos, un tiempo con gran sabor a sombra y a quebranto. Con malicia abundante, mucha indolencia y una continua lluvia de amenazas. Y yo; y yo no tengo otro modo de intentar embellecer mi mundo más que con el intento de escribir lo que ocurre, de acusar los errores y las expoliaciones, por ver si algo cala entre la gente, por ver si algo mejora, por saber si algo sana. Pero es una labor esteril querer cambiarle al rico su riqueza por pan o sembrar honradez en tierras tan viciadas. Es tarea imposible vaciar los corazones de tantos insaciables e inyectarles franqueza y empatia donde llevan la aorta.
Yo tenía fe, mucha fe. Pero nada es lo que esperábamos que fuera. Ese resquicio de fé es lo más hermosísimo que un alma puede ansiar, aquí, en la tierra. Por eso os pido padres mios bendecidnos siempre, protegednos a todos desde el eterno azul, sangre de nuestra sangre. ¡Qué expatriación se siente! ¡Qué desarraigo queda!
📷 Juan José Reyes.

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