viernes, 3 de mayo de 2024

PRIMAVERA.

Es primavera y y mi sensación es que no hay más que tinieblas en torno a lo que miro. No encuentro atisbo ni vestigio alguno de aquella luz primigenia que asomaba tímidamente a la vida y sus mansas mañanas, aquel fragor de colores intensos que inauguraban el mes de abril  y sus rosales. Veo en todo lo que me rodea la sombra de nuestra levedad, de nuestra inconstancia de animo. 

La intuyo en los rostros de la gente con la que me cruzo en mi paseo matutino. Tantas casas cerradas, tantos caminos rotos y bacheados, tanto campo desierto y yermo, tanta naturaleza inane. En todo reconozco la inminencia segura de la fugacidad. En la dicha de estar aquí y ahora. En la necesidad de andar, inexorablemente, hacia adelante. En esta lejanía de lo ya transcurrido que me acerca y me nutre el extraño que habito. En el verdor precioso que grana de las cuasi extintas cañas de azucar. Descubro en cualquier tacto la flaqueza del ser que recubrimos. En la forma que abrazo cuando te rememoro y es semejante al humo, similar a la carne. En los versos que arranco de cada circunstancia. En la piel del silencio que pronuncia una ausencia. En cada paso dado, cuya amplitud ignoro si me es de provecho o me sirve de anclaje.

No soy más que la lluvia. Ni que la soledad. Ni que la fluorescencia de los escarabajos. Soy menos. Mucho menos. Más insignificante. Lo adivino en los visos de la naturaleza. En la premura inmensa de sus meses y ciclos y almanaques. En el agua que bebo y con mi sed culmina su porqué y se apaga. En las más diminutas partículas del aire. Lo barrunto en los signos más comunes. En mi nombre y el tuyo, donde se han desvaído tantas expectativas, y permanecen rastros de ilusiones y tonos, como en muros antiguos perdura el mineral de frescos y mensajes. En la prisa del ave que huye cielo arriba cuando escucha un disparo. En los cuerpos que enferman así tan de repente y se van para siempre como sol de una tarde.

Lo confirmo en las dudas que me asaltan, cada vez más inmensas, a medida que voy envejeciendo y aceptando que nada se perturba, que ciertamente todo se me muestra impasible. Que sólo en mí socavan el tiempo y sus alfanjes.


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