Cada vez que levanto la cabeza del papel y miró más allá de la taza de café a través de la sutil cortina de humo; veo desde la ventana una ciudad distinta que, aburrida, juega a engañarme. Un carnaval vicioso de ropas de entretiempo y bocas contrariadas porque han desayunado malas noticias por temor a morirse de hambre. Veo los guiños incansables de semáforos sin autoridad; las bocinas, bramando cual rebeldes sin causa. Telarañas impertérritas en los pasos de cebra. Compadezco a quienes no las mirarán nunca a los ojos, porque se consuelan rebuscando en las siluetas de los charcos el reflejo de lo que nunca quisieron ser. Por mi parte, encantado de ser lo contrario de lo que soñé.Un tanto por ciento muy elevado de personas lo logra ver y otro solo lo oculta, otras muchas no ve pero lo observa, ¿Qué se puede esperar?. Conectar tus ojos y ver un paisaje desde lejos, pero sentirlo tan cerca que casi te roba el alma eso es algo que a la vez me asusta y me emociona.
No sé por qué mirando el rompeolas del mar no puedo conectar mis ojos así, solo mi corazón se conecta.Camino lentamente por la playa, aun llevo la ropa de noche y todavía tengo en mi cabeza, corriendo por mi cuerpo los restos del naufragio de la noche anterior. Observo el suave amanecer, mientras las imágenes, los recuerdos se agolpan en mi cabeza, me asaltan como un guerrero sin nada que perder y no puedo mas que sonreír irónicamente. Descamisado, con arena en los zapatos y la soledad como única compañía intento disfrutar del olor del mar y de los gratos recuerdos que siento al inhalar ese suave y gratuito perfume. Me detengo ensimismado ante la inmensidad del mar, la playa esta desierta; cierro los ojos y me dejo invadir por el rumor de las aguas al desembocar en la playa, la melodía relajante del mar siempre me gustó; mientras, casi sin poder evitarlo, me siento en la arena frente al espectáculo diario, el sol, saliendo, emergiendo del mar, el rumor del mar, el sueño provocado por una noche loca hacen de ese instante, algo inolvidable.
Que fácil resulta encontrar un paraíso cuando llevas el alma abierta y dispuesta. Un amanecer frente al mar con ese olor que invade tu cuerpo y llena tus sentidos mientras una suave brisa acaricia tu cara, cuando eres capaz de juntar todo eso, sin premeditación y alevosía es cuando verdaderamente eres feliz, prácticamente sin nada pero teniéndolo todo. Quizás por la madurez que te va dando la experiencia de lo vivido o por la observación pausada de lo que te rodea, vas descubriendo algo importante, algo que marca tu existir y tu día a día y desmiente algo tan deseado como es la suerte.
El sol era suave, la brisa ligera acompañaba el estar en la playa, refrescaba sin molestar, sin llegar a levantar arena. Unas pequeñas olas iban y venían en un vaivén rítmico que me daba en los pies y los humedecían dándome una sensación agradable. No había nadie cerca, pero necesitaba tanto descansar,relajarme, sentir la paz que ahora sentía al pie del mar, al lado de la orilla que tanto me estaba reconfortando. No quería pensar, no quería tener en mi mente ningún pensamiento que me estropeara este momento mágico que estaba viviendo. Libre; hacía tanto tiempo que no me sentía libre, que no me sentía tan bien, y el caso es que realmente no sabia cuanto iba a durar esta situación. Realmente me lo merecía, tenia que aprovecharlo. Siempre he buscado un nuevo amanecer en mi vida, un volver a empezar, y empezar con lo que hay, no buscando mas allá de un futuro incierto. Pero tan incierto es todo lo que nos rodea que nos hace inseguros e infelices. Buscar el centro quizás resida en acogerte a las pequeñas cosas ,a tu gente de siempre, a esa que te hace feliz con su compañía, que te ofrece lo que tiene y lo que tiene es tanto.

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