Entre tantas máscaras que he vestido me he perdido a mí mismo; ya no se quién soy, ni adónde voy ni adónde quiero ir. Antes sentía por lo menos odio, ahora, la insípida apatía me consume como una enfermedad terminal. Gris... gris... el mundo está gris e inerte. No hay sonido alguno; pero, si agudizo el oído, puedo todavía escuchar como si de un eco se tratase los gemidos ahogados de mi ser pasado.
Realmente no lo sé. Hay veces que no me reconozco. No puedo medir, cuantificar y cuanto menos calcular los granos de arcilla que hacen de mi lo que soy. No sabría a ciencia cierta en qué momento exacto he cobrado conciencia de mi mismo. Antes; en un impertérrito pasado, quizás se encontraba mi conciencia aletargada, o quizás ni existía.
Para mi el vacío lo era todo y al mismo tiempo simplemente no era nada. Yo lo definiria como una inercia, que me llevaba a permanecer invariante, sin cambios. Me mantenía en un circulo vicioso en pleno bucle emocional; Me mantenía encerrado en un elemento trivial sin función alguna y sin meta futura.
Me siento vacío, sin ninguna aspiración. Mi musa duerme desnuda seguramente en el balcón de cualquier otro aprendiz de escritor, quien sabe. Recuerdo cuando era extremadamente fácil encontrarla en cualquier garito donde se escuchaba la música de fondo, y como primer plano se encontraban las cervezas y el humo de unos cigarrillos.
Lo que me gustaba de esa imagen es que en el fondo, casi desapercibido se podían apreciar los labios desgastados de aquella camarera. Esos silencios que flotaban en el ambiente que se quedaban en suspiros, prefiero matarlos con besos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.