Y ella se repetía una y otra vez en su cabeza que nada
tenía porque salir mal, pero al mismo tiempo trataba de luchar contra ese
conformismo y “sobre esperanza” que luchaba en su interior y que lastimaba hasta
su último pensamiento.
¿Por qué tengo que esconder mis miedos cuando se trata
de una decisión mía? Se preguntaba mentalmente una y otra vez. Cansada y
agotada sentía como el nudo de su garganta cada vez se hacía más grueso y casi
dolía al tragar; como un sutil hormigueo recorría sus brazos desde los hombros
a la punta de cada uno de sus dedos, como sus pensamientos volaban tan rápido
en su cabeza que apenas tenía tiempo de observarlos y reflexionar sobre cada
uno de ellos. Nada tiene sentido, se decía una y otra vez.
También se culpaba
por ser tan cobarde y no ser capaz de volar. Volar lejos allí donde la
esperaban sin mirar a atrás. De romper cada vínculo, cada idea preconcebida,
cada cosa que se esperara de ella… y empezar de cero. ¿culpabilidad? ¿cobardía?
¿dependencia? ¿miedo? ¿inseguridad? ¿fracaso?. Su mente la traicionaba por
segundos y ella se escondía en su pequeña coraza cada día más y más. A menudo
su corazón palpitaba muy deprisa y sus ojos luchaban por no ser inundados de
tristeza. Cada músculo de su cuerpo combatía contra su cabeza, ellos morían por
escapar, pero ella prefería no enfrentarse al miedo que genera eso de empezar a
vivir de nuevo.
¡Maldita cobardía!, se repetía una y otra vez mientras se
disponía a seguir con su rutina. Así durante 16 años viviendo en su zona de
comfort ajena al exterior y a la tormenta.
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