Erase la historia de una niña urbanita de mente cuadriculada; una niña superlativa que no creía en casualidades ni dualidades. Que huía de todo contacto masculino y ahora rebusca presa de la desesperación en cajones de sastre. Como diría san Juan de la cruz: ”No importa ya el color del gato, lo importante es que cace ratones” . El paso del tiempo le apremiaba y ya empezaba a tomar conciencia que la soledad es muy mala aun rodeada de gente, una niña que soñaba en color y vivía en blanco y negro. Soñaba con jardines y campos abiertos, con huertas y vegales pero era incapaz de perder el contacto con el asfalto; así es el urbanita.
El urbanita sueña con tierra y verdes prados pero vive en alquitrán, personas que no sabrían vivir sin ver los mismos gestos en personas diferentes. Gestos de hastío y cansancio, gestos lánguidos y sepulcrales, gentes incapaces de decir un buenos días a un desconocido. Viven absortos en sus pensamientos y andan sistemáticamente como autómatas con la mirada perdida, son incapaces de observar lo que les rodea .gente que morirían al tercer día de lo anodino que es el campo. Morirían sin tener a mano sus orfidales diarios, sus bañadores acumulados que emanan olor a cloro de piscina y naftalina, sus prisas por llegar a ninguna parte, cohabitan con los claxon de los vehículos ávidos de devorar asfalto y fagocitar semáforos, pero el ritmo de la ciudad les imprime ese carácter, ir y vivir deprisa.
Yo les aconsejaría como hombre que ha vivido entre esos dos mundos, que no sueñen mas con campiñas ni hoyas, que sueñen con líneas de metro. Con su prisas. Sus empujones y no dejen jamás su dosis de alquitrán y cemento. Porque el campo no se sueña. se vive. y quien lo sueña no es por añorar una vida mejor sino por seguir justificando y alimentando su cosmopolitismo enfermizo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.