lunes, 27 de mayo de 2019

DE FÁBULA.

Llevo todo el día divagando y dando vueltas a la cabeza  sobre un tema del que escribir, estoy en lo que dicen los escritores, una laguna literaria, la inspiración se niega, estarán mis musas peleadas conmigo, por cierto, mis musas tienen nombre, Ganas y Pereza, aunque  nunca coinciden. Pereza es torpe y ramplona. Pero tiene una fluidez de ideas digna de admirar. Ganas viene cuando pereza duerme su justo y merecido descanso. Ella es mas vital. Me insufla ánimos, no es amiga de dar ideas, pero se complementa con Pereza y hacen un tándem perfecto. 

De un tiempo a esta parte, llevo recibiendo y soy objetivo de amenazas muy sibilinas, por parte de ciertas personas que se ven retratadas en unos artículos de opinión que publico en un periódico de buena tirada, en el fondo no saben que dado el momento puntual  malo, muy malo en que vivo, esas amenazas lejos de amedrentarme, me ayudan, algo estaré haciendo bien para tan infame y tamaña actitud.  Me he sentado en una cafetería cansado de dar mi paseo diario  por un Motril en clara decadencia y estoy  tomando una manzanilla sin azúcar, leyendo con supina avidez un articulo a modo de fábula de un buen amigo y mentor mío, Juan José Escribano, no sabía yo que estaba cultivado en el arte de escribir fábulas, y cuanto menos tan acidas y lenguaraces, dignas de un Quevedo del siglo veintiuno, difícil arte el de escribir fabulas. Creo que no me atrevería jamás a ni intentar entrelazar alguna. 

Atrapado en la lectura del artículo; desvio instintivamente la vista al borde superior de la revista y a través de los cristales de la cafetería contemplo asombrado una de las escenas más extravagantes de las que he sido testigo en mi vida: por la calle veo pasar una troupe inaudita de animales. Preso de una evidente y lógica curiosidad me levante del asiento de un salto, dejando la manzanilla y la revista en la mesa y saliendo en pos de aquella zarabanda de animales  mugientes, chillones y aullantes que avanzaba descontrolada por la calle. La caravana, variopinta donde las haya; estaba compuesta de animales de tan dispares especies, y a pesar de ello, siendo esto lo más insólito, parecían compenetrarse de manera fuera de lo natural. Allí se removían juntos un perro faldero, un buey, una víbora, un loro, un avestruz y una hiena. Ahora comprenderéis mi perplejidad, y tengo por seguro que sabréis imaginarse y entender la ocasión absurda e irreal que se ponía mi alcance para destripar  un tema sobre el que escribir. 

Reconozco, eso sí, que puede parecer increíble, todo cuanto llevo dicho y lo que falta por ver es cierto. Me pregunto mentalmente, ¿dónde van esa caterva de bestias? ¿Quizás son el reclamo viviente de algún circo? No lo sé; pero el caso es que las seguí instintivamente como mucha gente hacia, sin que al parecer les importase de nuestra presencia. Durante un rato anduve así, observando su comportamiento, de lo que saqué en claro que exceptuando la inusual sintonía en que se desplazaban, cada uno hacía lo propio de su especie. El perro faldero, un triste ejemplar de un tan noble animal, desarrollando su innata actitud de faldear iba husmeando los culos de la gente con la que se cruzaba, sin parar ni un momento y relamiéndose el hocico con su mirada de perro desangelado;  El buey, ¿Qué podría decir del buey? Pues que era igualito a tantos como los de su especie: De paso cansino, mustio, grande y de mirada inexpresiva y lánguida, en fin, que era un vacuno a la máxima expresión. Encima de la enorme testa de éste, y por su cornamenta no menos descomunal se apoyaba y enfilaba erguido y orgulloso el loro, pedante como muchos que se consideran genios por el hecho de ser capaces de pronunciar con la lengua lo que piensan con las tripas. 


La víbora, como reptil que es, arrastraba su anoréxica barriga por los maltrechos adoquines del pavimento, sacando su bífida lengua de tanto en tanto, haciendo  ver como que bostezaba sólo para enseñar los colmillos, los dos frasquitos con terminación en alfileres que guardan su veneno, y todo meramente por puro entretenimiento  nada más. De la hiena y el avestruz no creáis que me he olvidado. La primera, carroñera por naturaleza  pero con un toque de simpatía que hasta empatiza con la gente, caminaba sonriendo a diestro y siniestro; y no obstante, algo había tras su solícita sonrisa que delataba sus mezquinas y turbulentas intenciones ocultas entre sus caninos, ávidos de carroña. El avestruz, desconcertante pájaro que no puede volar, ave muy ingenua donde las haya, al que de poco le sirven sus prominentes y potentes patas movidas por un exiguo cerebro, cada vez que presiente el peligro mete la cabeza en un agujero, dejando el resto de su dantesca anatomía a merced de la amenaza. a mi modo de ver el ave mas tonta del reino animal.

Un leve toque en mi hombro del camarero me sacó de mi letargo. ¡Se le enfría la manzanilla señor! exclamó con aire solícito. una vez repuesto del impasse que sufrí, y ubicándome en el espacio tiempo, una sonrisa en cierto modo hasta bobalicona se reflejó en mi gesto, me tome de un trago largo la fría manzanilla y me dije mentalmente, ¡Bendito Juan José Escribano!. Amigos, no busquéis moraleja, no la hay. Ni soy persona indicada ni pretendo enseñar nada a nadie. Y a los que aún se nieguen a creerme, desconfiando de la veracidad de esta historia, no tengo más que deciros que miréis a vuestro alrededor, a los vecinos, a vosotros mismos; o, mejor aún, a vuestros enemigos; en los que siempre suele ser más fácil encontrar semejanzas zoomórficas. Tal vez os sorprendan tanto o más que a mi.

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