No sé si serán los años,
o los daños, o ambas cosas unidas; pero últimamente en los escuetos ratos que
consigo conciliar el sueño solo me sacude una ensoñación como dirían algunos, o
una pesadilla como dirían otros. Todo es depende con el cristal en que lo
observamos, el rasero en que se mida y la romana en que se sopesen las
cosas.Sueño que estoy en una pradera inmensa en la que la vista no discierne el final de ella; la hierba es de un intenso color verde salpicada de motas amarillas por la cromática de las flores. El viento hace moverlas ante mi vista como olas en mar embravecido; acompasadas unas veces, desordenadas otras.
El viento sopla frío en mi cara, un viento gélido que produce picazón y dolor en la piel. Con la mirada busco el sendero que me llevará a la montaña. Inmerso en mis cábalas y caunadas mentales cuando me quiero dar cuenta estoy cruzando un bosque negro, de un negro zaino como la boca de un lobo; plagado de árboles retorcidos, de arbustos quemados y piedras puntiagudas al haber sido quebradas por el calor del devastador fuego producto del incendio de hace días; piedras que se hunden en la carne de mis tobillos.
Tengo Miedo, frío y sudor... Corro. No sé dónde voy pero tengo que llegar y ¡tengo que llegar ya!. Corro durante un tiempo indefinido; no se cuantificarlo aunque empiezo a jadear y toser, Tropiezo y me caigo. Al levantar la vista lentamente, diviso la entrada de una ciudad enorme, gris y sucia. Al entrar por su avenida principal todo crece alrededor de mí por momentos y me agobia, me rodea; gira en torno a mi ser y me roba el aire, da vueltas y me aplasta. Un mundo de gigantes y yo pequeño. La gente de la ciudad es afilada, manchada de orgullos y prejuicios; gente mellada. Solo puedo buscar un sórdido callejón lejos de los transeúntes y tumbarme de cúbito supino y gemir, gemir como un perro desangelado en el rincón de una ciudad gigante.
Lloro y gimoteo; pero como si de un flash mood se tratase mi raciocinio me hace darme cuenta de que no tengo porque, de que yo soy más grande, más fuerte y más listo; de que puedo hacer lo que quiera porque soy el dueño de mi mundo ,solo basta creérmelo.
Entonces decido dejar la ciudad, escapar de la miseria y del olor a humanidad podrida, de sus habitantes; seres gigantes y enanos entrevenados que me persiguen intentando hundirme en su podredumbre, que tratan de agarrarme con sus pequeñas manos afiladas por un lado y sus colosales garras por otro para alistarme en su ejército de uniformados urbanitas.
Vuelvo a la montaña, alta y majestuosa, fría y solitaria, bella y atrayente, poderosa, irresistible. Escalo, yo no soy un gigante, ni tan siquiera un ser nimio; soy parte del mundo. Ya mis huesos son piedra y mi carne arena, y ya sin dudas mis ojos estrellas. La cima, lo veo todo; ahora todo está claro. Ahí abajo esta la ciudad con las pequeñas figuras, con sus pequeñas palabras y sus enormes problemas. Se mueven, se besan, disfrutan, se odian, se matan. Yo mientras tanto miro al cielo. Amanece y el cielo se inflama de millones de tonos rojos. Me siento abrumado por la belleza. Es enorme y me oprime. No la resisto y me lanzo al barranco.
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