viernes, 14 de junio de 2019

AMORES FURTIVOS. (Hasta la muerte)

Muchos me tacharán de infame, de criminal; algunos, los que mas dirán que soy un degenerado, pero hay tantas formas de amar furtivamente, quizás por necesidad, pasión, consuelo. Todavía no lo se. Ni todavía soy capaz de justificar lo que hice esa noche. Esa fatídica noche en que busqué desesperadamente un amor furtivo.Faltaba poco para acabar mi jornada de trabajo, pero la idea de abandonar aquel lugar para llegar a casa e involucrarme en otro no mucho mejor no me hacia sentir mas aliviado. Julia seguramente no se encontraría en casa, llevaba ya tiempo con esas ausencias a mi llegada, pero no era precisamente su ausencia lo que me tenía trastornado últimamente. 

Supongo que nuestro amor se había difuminado como el humo de tanto usarlo, seguíamos juntos mayormente por inercia, manteniendo una relación remanida a pasos agigantados, que parecía morirse por momentos.Andando con pasos cansinos por el pasillo que llevaba a los vestuarios fue cuando la vi. Jamás antes una mujer había acaparado tanto mi atención. Me llamó de una manera irracional su atractivo. Negué con la cabeza que fuera cierto, pero antes de que pudiera darme cuenta me encontraba regresando sobre mis pasos hasta que alcancé a estar de nuevo ante ella. Había algo en el gesto de su cara, algo que me cautivó, algo así como el sosegado reflejo de una pena. No sabia ni entendía el porque de encontrarse en aquel lugar. No quería ni por un momento andar hurgando en su interior para conocer las razones.No pude resistirme a su influjo por más que mi interior luchaba contra eso, ni al brillo suave de su cara que unido a su escultural cuerpo me había cautivado. Sin mediar palabra la abracé y la subí a mi coche. 

Fuimos a mi casa y durante el trayecto su peso se recostó sobre mi hombro.Ya en casa y cómodos, me llamó la atención como sus ojos de color azul cielo permanecieron fijos en algún lugar del techo mientras yo preparaba la cena. La hablé acerca del barrio donde nací, de mis trabajos para pagarme los estudios... tan inservibles como mis sueños, e incluso de mi enfermizo gusto por coleccionar relojes de saboneta. La enseñé mi última adquisición: Un reloj de la revolución rusa recién adquirido en el Rastro. Le conté los detalles del regateo con el vendedor del preciado reloj tan entusiasmadamente que hice varios ademanes hasta que mis dedos alcanzaron al fin a acariciarle el rostro y obligarla a una sonrisa. 

La notaba como apesadumbrada, ensimismada, ¿seria muy introvertida quizás? Me levanté del sofá y con pasos decididos me dirigí a asomarme a la ventana por donde entraba la noche a bocanadas. Barajé la posibilidad que me había equivocado al subirla a casa, que era seguro que no viésemos lo mismo. No llegaba a entender como mirar la noche no le daban ganas de salir corriendo, abrazar a la gente de la calle, gritar, reír, no entendía como esta noche tan bonita no la llenaba de vitalidad. A mi el influjo de la luna me alegraba, pero a ella no. Indudablemente no percibíamos las mismas sensaciones cuando contemplábamos la noche. No se me ocurría otra forma de explicar porque teníamos tan contrarias emociones. Quizá la noche la volvía seria, frágil, débil, sin ganas de demostrar sus sentimientos. Era como si su espíritu la frenara por motivos que desconozco. 

Decidí servirme un ron con coca cola y sentarme enfrente suya, le empecé a hablar sobre mi relación con Julia, por un momento pensé que tal vez necesitaba una confidente, no una amante. Le conté como Julia siempre hablaba acerca de nuestro futuro común, de sus constantes preguntas acerca de cosas absolutamente intrascendentes, de cómo siempre terminaba entrelazando los temas y terminaba reprochándome mi poca implicación en temas de amor, de cómo me desbordaba con sus rancios y desnortados principios, de cómo siempre conseguía agobiarme, de nuestro porvenir... nuestro futuro.Me sentí cómodo con mi callada acompañante y me abrí a ella, le expliqué como en aquellas discusiones con Julia a veces sentía ganas de levantarla con una mano y colocarla contra la pared, ir a buscar un precioso maletín, forrado por dentro con fieltro verde, y de cómo de allí sacaría 5 cuchillos punzantes y cortantes y de cómo se los empezaría a arrojar como hacen los lanzadores de cuchillos en los circos. Realmente era un método peligroso explicarle mi idea sobre el futuro, ya que siempre que se me venía esa idea a la cabeza terminaba cayendo en la tentación de hacer que alguno de esos 5 cuchillos se clavara en alguna de sus partes vitales. 

No me sentí mejor al contarle todas esas cosas acerca de Julia a mi invitada especial. Ella seguía allí inamovible, no aparentaba afectarle las penurias ajenas. Prefería quedarse ahí sentada poniendo todo el peso de la noche sobre su espalda... En el fondo se parecían tanto... tal vez no la gustara observar la noche porque tuviera miedo de mirarse a si misma.Y justo en ese momento de observación no aguanté más... Preso de sus labios la besé. Oprimí su cuerpo contra el mío hasta que sus pezones endurecidos se clavaron en mi pecho. La colmé de besos tibios y enternecidos. Sus labios se abrían como un horizonte, y con las manos y un pelin de esfuerzo le entreabrí las piernas, pensé que seguía tensa por la situación o por su timidez... Acabe haciéndole el amor rabiosamente, ansiosamente como un preso que le han concedido un bis a bis con su amada, mientras en mi cabeza se hacia eco el pensamiento de que tal vez al día siguiente debería dedicar un poco de tiempo para buscar donde se venden esos cuchillos como los que usan los lanzadores.

A la mañana siguiente, cuando los rayos de sol se entreveían por las persianas del dormitorio el sonido seco fue espantoso. Los policías golpearon la puerta y la echaron abajo. Entraron precipitadamente portando pistolas y demás armas en sus manos. Hubiera deseado poder pararlos pero ya era tarde. Conocían mi nombre y por lo visto algún compañero de trabajo me había visto subir a aquella mujer en mi coche. De un golpe seco me derribaron al suelo, me esposaron y comenzaron a insultarme. Entonces certificaron a gritos que ella estaba muerta, mi amante muerta...

La miré con el rabillo del ojo desde el suelo y alcancé a sentirla bella como un ángel. 
- ¡Los ángeles nunca mueren, no deberían morir, tan sólo dormir profundamente.! grité preso de la desesperación y el dolor, sabiendo que ellos no me entenderían. Cuando recogieron su cuerpo inerte para subirlo a una ambulancia, me volví loco, gritando y zarandeando mis brazos esposados y como consecuencia me golpearon repetidamente.

Han pasado muchos años desde entonces pero no la he olvidado. Nunca pude llegar a entender que me sucedió, por más que fríamente lo analizaba desde mi fría celda. Era la primera vez que me ocurría algo así en todos los años durante los cuales estuve trabajando en el depósito de cadáveres del tanatorio de Madrid.

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