Madrid: Autobús urbano de la línea 65; Jacinto Benavente /
Colonia Gran capitán, lleno. Fila de asientos individuales; casi en el fondo del
vehículo sentado un señor mayor; de una enorme corpulencia física e impecable
apariencia. Canas que se inician desde sus sienes, gafas casi en el filo de la
nariz dándole un aire a García Márquez. Ese día viajaba en transporte urbano
porque su automóvil lo tenia averiado en el taller, denotaba cuanto menos por
su nerviosismo ser una persona no muy dada a usar transporte público. O un
terrible pavor a la congregación de seres humanos. Aunque fuese de carácter
puntual.
Vamos todos en silencio, cansados, aburridos, apretados, con
ganas de llegar a nuestros destinos después de un día duro. Fuera llueve y los
cristales del autobús están empañados por el vaho; el señor saca de un modo
ceremonial un paquete de caramelos. Mete uno en su boca; hace un bolita con el
papel y abre la ventanilla.
Una chica lo interrumpe: "Deme señor, yo se lo
guardo.... No lo tire a la calle".
En un acto reflejo el señor le entrega el papel y una vez
que entiende lo que está pasando, a la par de todos nosotros, testigos
atónitos; se la queda mirando con la mano extendida. Quien podría ser su nieta
le da una lección de esas que solo se le deberían dar a un niño para inculcarle civismo.
Cierra bruscamente la ventanilla y mirando hacia adelante,
con la mirada perdida degusta su caramelo con mímicas exageradas.
Qué sabor mas amargo debe tener ese caramelo.
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