viernes, 28 de junio de 2019

EDUCACIÓN URBANA .


Madrid: Autobús urbano de la línea 65; Jacinto Benavente / Colonia Gran capitán, lleno. Fila de asientos individuales; casi en el fondo del vehículo sentado un señor mayor; de una enorme corpulencia física e impecable apariencia. Canas que se inician desde sus sienes, gafas casi en el filo de la nariz dándole un aire a García Márquez. Ese día viajaba en transporte urbano porque su automóvil lo tenia averiado en el taller, denotaba cuanto menos por su nerviosismo ser una persona no muy dada a usar transporte público. O un terrible pavor a la congregación de seres humanos. Aunque fuese de carácter puntual.

Vamos todos en silencio, cansados, aburridos, apretados, con ganas de llegar a nuestros destinos después de un día duro. Fuera llueve y los cristales del autobús están empañados por el vaho; el señor saca de un modo ceremonial un paquete de caramelos. Mete uno en su boca; hace un bolita con el papel y abre la ventanilla.
Una chica lo interrumpe: "Deme señor, yo se lo guardo.... No lo tire a la calle".
En un acto reflejo el señor le entrega el papel y una vez que entiende lo que está pasando, a la par de todos nosotros, testigos atónitos; se la queda mirando con la mano extendida. Quien podría ser su nieta le da una lección de esas que solo se le deberían dar a un niño para inculcarle civismo.

Cierra bruscamente la ventanilla y mirando hacia adelante, con la mirada perdida degusta su caramelo con mímicas exageradas.

Qué sabor mas amargo debe tener ese caramelo.

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