Esa fresca brisa marina y las estrellas brillando
todavía en el firmamento me anuncian una mañana soleada. Yo, cuando pienso en
el Sol, mis ramas se retuercen de placer. Bueno, y si llueve, mas todavía. La
verdad es que me gustan los días tanto si llueve como si luce el Sol. Porque en
mi existencia no hay dos días iguales. Como ahora mismo, mirad ¡qué amanecer! No
sé cómo lo verán los demás granados de mi bancal, pero es magnífico. sobre mi
copa algunas nubes se desgranan, sanguíneas como mi sabroso fruto, color
acrisolado por el iris que va de lo cárdeno al lo puramente rojo: enmarcando,
con el perfil marcado en el horizonte de las montañas, producto de la
primeriza luz del alba. Pronto nacerá por las montañas del "conjuro" el astro sol con su brillante luz de oro, ni imagináis el temblor de todo mi ramaje de placer esperando ese instante. La luz empieza alargándose por los campos sembrados, va dibujando serpientes en los caminos, bajando lomas, trepando oteros, alumbrando el verde de los campos de cañas de azúcar que aunque solo sea una nimia parte diviso desde mi bancal y las copas encendidas de los membrillos junto a los balates de riego. Luego, vendrá el cielo azul de una mañana pura y fría de este invierno que ya se termina. Qué va a saber un pobre granado como yo, un humilde árbol que jamás salió de un bancal de secano. Aunque, a veces, pienso que quizás todo el mundo sea como mi bancal; aunque sólo sea porque, amanecer, amanece todos los días en todas partes. Y si; de todos mis amaneceres, no hay dos iguales, ¿qué otros amaneceres se podrán gozar en otros lugares que, tarde o temprano, no vengan también a visitarme?
Es cierto que dada la poca altitud en que me sembraron jamás veré el mar, jamás, pero lo huelo. Ni las faldas de Sierra Nevada, ni el Azud de Velez o las llanuras interminables de la vega de Motril. No, no veré al hombre afanándose inmerso en la vorágine cotidiana de la urbe, amándose y odiándose en lechos y batallas. Ni contemplaré el horror de la guerra .ni el brillo del amor materno en los ojos de las madres, las que amarran sus hijos a los pechos y su regazo. No avistaré otros horizontes que los de mis montañas, es cierto. Sólo soy un humilde granado que piensa y sueña desde una vaguada de un cortijo.Pero me pertenecen, con mi modestia, los amaneceres y los vientos, las lluvias, las tormentas y el olor fecundo de la tierra que me alimenta. Me siento unido a todos en mis raíces que se hunden en la misma tierra que los sustenta.
La savia me otorga vida y nutrientes, el viento me trae rumores, la lluvia, tempestades. No sé cómo decirlo, pero me siento, desde mi lugar en la vaguada pequeño y modesto, parte de todo y de todos. Siento que el Sol, la tierra y el agua, de alguna manera, nos hermanan.Puede que sólo sean los pensamientos de un casi ya viejo granado que chochea y piensa que sabe del mundo; que es el mundo, incluso. Otros puede que habiten en un bancal más alto que el mío, incluso los habrá que suban y bajen de esos aviones que trazan escuálidas nubes de humo en los cielos de la mañana y dibujan puentes celestes entre los distintos amaneceres; creo que pensarán por ello que conocen mejor el mundo, todo el mundo. Pienso, sin embargo, como puede pensar un viejo granado, que, a pesar de los años que ya soporta mi desigual y leñoso cuerpo, algo habrá que me haga ver cada día como una ocasión de alegrarme, cada amanecer, como un nuevo amanecer. Porque esa hoguera que desde mi vaguada veo que inflama las nubes, proclama que el nuevo día ya cabalga en oriente.¡El nuevo día! Porque es nuevo, es único.
Cuando lo pienso, doy gracias porque yo también renazco todos los días, nuevo a pesar de los años. Tras cada amanecer soy el granado de hoy y no otro. Y tomo de la tierra y el aire, del agua y del Sol, el sustento y el conocimiento de la tierra que habito. Y soy, yo solo, una multitud. Cada cual con su único amanecer, su única alegría o su sola tristeza que le murmura desde las raíces el dolor de la existencia, de la sangre que riega la corteza terrestre, del odio o de la injusticia.No creáis que por ser un humilde árbol, pequeño y retorcido, que habita un minúsculo bancal colgado en una vaguada Motrileña, ignoro el sino triste del hombre que me cuida y que espera el fruto de mis ramas, y que vive y muere anhelando más de lo que la vida le puede otorgar. Grande y trágico es el destino de los hombres. Ellos, que nos han dado el nombre a los demás seres, viven perpetuamente perdidos, buscándose a sí mismos, buscando su verdadero y definitivo nombre. Pero esa es otra historia.Yo venía a contar simplemente un amanecer.Pero sólo soy un granado viejo entre tantos otros arboles.Y tan sólo tengo palabras sencillas que ofreceros.
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