jueves, 18 de julio de 2019

LA HORA DE LA MUSA.


La vida es un largo camino de incertidumbres que están por descubrir. La vida, es dura y cruel a veces. Lo único que le pedimos es tiempo y felicidad, la que podemos definir con una gran cantidad de suplementos: salud, amistades, familia, amor… Debemos superarnos la mayoría del tiempo y es tremendamente complicado, porque cuando tus fuerzas se desvanecen, ¿para qué seguir en el camino? ¿por qué no correr por un sendero estrecho? ¿por qué no arriesgarse?. Quizás una de las muchas respuestas sea cometer locuras, pero si somos totalmente sinceros, sabremos que lo mejor es seguir aquí, por muchas piedras que lleve el camino. Podríamos construir un castillo fuerte y esplendoroso con cada piedra y, quizás, encontrar a nuestro otro yo.

Soy de la creencia que la clave de nuestros problemas pasa por inmunizarnos  de nosotros mismos; puede parecer una incongruencia, pero recordad que una vacuna lleva parte del virus que combate.  Sólo nosotros podemos salvarnos de nosotros mismos, sólo nosotros podemos elegir. Parad un rato en el camino, descansad en un banco del sendero, reflexionad e intentad rebuscar en el interior de vosotros mismos, vuestros pensamientos más sinceros. Pero recordad levantarse cuando hayáis terminado, no vayáis a estancarse por absurdeces. No desead jamas levantarse con amnesia, desead mejorar, olvidar y abrir vuestra mente a todo lo bueno que esta en nuestro entorno.Yo recuerdo nitidamente cuando me senté en un banco del sendero y aquella musa vestida en forma indefinida de hora vino a verme. 

Era un día como tantos otros, de uno de tantos meses y tantos años. Pero precisamente vino a verme aquella musa/hora aquel día de aquel año. Vino engalanada cual hora coqueta, luciendo su flamante y vistoso vestido de flamante esfera hecha de nácar y adornada de volátiles segundos, de instantes que se abrían como se abren las flores en primavera o los ojos ante la visión de algo bello. nada mas cruzar la jamba de la puerta, con un tintineo de péndulos de carillón al chocar con el suelo del piso , me tendió sus retorneados brazos de minutero; no era difícil adivinar que guardaba en su mirada recientes amores furtivos con el cenit, aunque ella en un alarde de sinceridad me dijo que era novia encendida del mediodía. Entre la cadencia de un tic y un tac me dijo hola. Entre otro interminable tic y otro tac, me contó su historia.Las horas nacen corriendo, me decía, y galopan como yeguas desbocadas y enamoradas hasta el último y agotador segundo. cada giro completo de esfera las horas atesoran para si mismas en el alma, páramos de olvido y sotos florecidos. Una hora no tiene un tamaño definido, son grandes y son pequeñas; las horas en su extravío y desvarío se sabe que mueren... cuando ya se han ido. Por que las horas –me dijo aquella musa/hora habladora que igual viven rebuscando cordura en la maquinaria de su interior, que trepando montes o bajando vaguadas. Las horas son solitarias; es sabido que jamás coinciden dos de ellas.

 Ni la tuya y la mía; que la tuya es tuya y la mía salió galopando sonrojos cuando yo anhelaba un poco de inspiración. Por eso yo buscaba su mano evadida y compañera. Así me lo decía aquella musa/hora pasajera, que me visitó en el banco del sendero aquel mediodía.Partió sin decir tan siquiera un adiós y se fue al pasado, que es el cementerio de las horas perdidas. Yo le guardo un luto de diarios y poesías viejas. La busco, a veces, en mi reloj de melancolía, en la sombra curvada que dejan las manecillas del reloj, en la lágrima que siempre está a punto de caer y no se atreven. Sé que no ha de volver. Salió con sigilo, cuando llegaba otra.¿Quién le pregunta a un reloj el por qué? ¿Quién se atreve a preguntar a una manecilla  hasta cuándo?Nadie, porque a fin de cuentas formamos parte de su maquinaria y si alguien no entiende la metáfora del tiempo, aquí queda resumida, en el suspiro de un tarde veraniega.

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