lunes, 29 de julio de 2019

LA ZAPATILLA DE FRANELA.

Existe un universo dentro de mí que realmente llega ha aterrarme. Siempre va unido a mi persona desde que tengo uso de razón. Sibilino cómo un felino, sin descubrirse nunca; siempre permanece oculto en las sombras de mi conciencia. Un universo que recoge todas las cosas, todos los sucesos y los recaba y los guarda, cual avaro, en la parte recóndita y más profunda de mi ser. Un lugar que no alcanzo a sentir; que se resbala cómo una pastilla de jabón y escapa a mi percepción, incluso la más íntima. Y sin embargo, sé que existe. 

Salgo con mucha precaución de la bañera haciendo grotescos ejercicios malabares, la toalla vuela cómo una sabana mecida por el viento y gira para envolverme; sus pliegues son como alas de águila que me cercan, que me abrazan, buscando una extensa y tangible área de aterrizaje de mi piel donde anidar. Aún, bandadas de gotas de agua y minúsculas partículas de espuma flotan en el aire hasta caer al piso. Entonces por un instante, desvío mi mirada y la imagen de una zapatillas de franela aparecen ante mi mirada. Descansan ahora libertas de mis pies sobre las baldosas del baño, con sus dibujos de cuadros escoceses y mostrando una de ellas  un deshilachado cordel, que andaba mordisqueando ayer mi perro " Genio ". La visión dura un instante, casi un relámpago, esa imagen de la zapatillas desaparece rauda cubierta por el acrobático vuelo de la toalla. ¿Cuántas veces habré observado escenas cuanto menos parecidas? ¿Cuantas imágenes como ésta cruzan, cada día, como un bólido por mis retinas sin que asomen, siquiera un instante, a mi conciencia? Miles; millones cada año. Sin embargo, nada sé luego de ellas, ni de su destino. 

Más estoy seguro de existencia y de que permanecen ocultas en ese oscuro lugar al que me refería al principio. Podría ignorarlo, y, sin embargo, lo sé. El intentar continuamente día a día el aprendizaje de escribir historias me descubre cada día esas imágenes. Es entonces, cuando elijo una palabra que aparece como por azar sobre el papel, en el que asoman esas imágenes en principio Difusas, y luego como por arte divino se ordenan y transforman. Como fuegos fatuos llenan mi noche de luces, de color y de sombras. Ese universo ignoto en el que habitan todas las imágenes perdidas aflora en mis historias, en mis cuentos o poesías. Las ensoñaciones y el azar son el puente de conexión con que el se comunica conmigo ese microcosmos de los sucesos perdidos. Pero, por eso mismo, por su naturaleza díscola o mágica, escapa a mi control. y me siento como aquel aprendiz de brujo al que los hechizos le abrumaban. Por eso me aterra y me maravilla a la par. Una dicotomía extraña de comprender. Para ilustrar lo que os digo, seguiré con la imagen que he cazado, excepcionalmente, esta mañana, cuando salía de la bañera. 

Puedo jurar a pies juntillas  que no tengo en este instante, la más mínima idea de cual podría ser la historia  que encierra esa imagen de las zapatillas de franela que descansan en las baldosas de mi baño, con su cuadrícula escocesa y su deshilachado cordel que me recuerda el triunfo del cánido sobre ella. Dejemos volar la imaginación y preparemos cuartillas y bolígrafo, vamos a discernir que esconde esa zapatilla de la que os he hablado.Siempre como era ya una constante costumbre tenía que recoger las zapatillas del señorito; Así pensaba Anuska, harta de la desidia del hijo menor de sus señores. O mejor dicho de sus amos ¿pues no es una esclava la que trabaja limpiando la mierda de los señores a cambio de unos miserable euros que mandar a Rumania y un techo bajo el que dormir. Un esclava, sí señor ¡si lo sabría ella!. Por mucho que esto fuera el supravalorado dorado europeo, por mucha libertad que predicaran en los periódicos y en los televisores, lo suyo era pura y simple esclavitud. 

Cuando la llamaron de la agencia de trabajo, escucho a una enjutada Y mustia oficinista comentar a otra; “casi no sabe hablar y cuanto menos leer español”. ¡Le dio tanta rabia aquel comentario! Era cierto que no tenía muy buena letra y tardaba en escribir unas palabras más que otras. Pero vaya si estaba  aprendiendo a leer ¡que se lo preguntaran a los profetas de la Biblia que todas las noches leía!. Y también por las tardes, cuando había terminado de limpiar la cocina, le gustaba sentarse junto la ventana del cuarto de la plancha, que daba justo el sol del inicio de la tarde, con su Biblia entre las manos, y recitaba los Salmos mientras veía ya casi ponerse el sol tras las montañas. Y cuando olvidaba algún verso, abría con prontitud el libro y sabía donde encontrarlo, a que profeta pertenecía. Pero aquellas estúpidas oficinistas dijeron que era analfabeta y le asignaron un trabajo de esclava.Miró con gesto de extrañeza la zapatilla que había recogido del suelo. Estaba deshilachada y le colgaba una ristra de hilo entrelazado de tonos verde y azul, probablemente por culpa alguno de los perros malcriados de la señora. La zapatilla era del niñato. Se llamaba David, curiosamente como el rey judío de los salmos. 

La zapatilla desprendía un olor fuerte, como todo el calzado que usaba el niñato. Se lo acercó a la nariz y aspiró el olor agrio del sudor. La imagen del crío, espigado, rubio, con un incipiente acné juvenil...asomó por debajo de sus parpados cerrados. Ella siempre se jactaba que desde pequeña tenía facilidad para evocar imágenes a partir de un olor. El más leve aroma la transportaba a lugares lejanos, casi olvidados. Y la esencia que emanaba de aquella zapatilla, traía la figura de aquel chico que apenas tenía unos pocos años  menos que ella.Recogió con desgana todas las demás prendas que se hallaban dispersas con descuido por el baño y se fue al cuarto de lavadoras, donde depositó todo en el cesto de ropa sucia. Todo, menos aquella zapatilla que mantenía entre sus manos, acariciando el tacto aterciopelado del acolchado interior. Con la fragancia de David rondándole la cara, recordó a aquellas enjutas oficinistas y posó su mano en su Biblia mientras se sentaba a ver anochecer por la ventana del cuarto de la plancha. “¡Analfabeta yo!¡Qué sabrán ellas!” y murmuró un salmo, de los del Rey David: 
- “Me siento consumido a fuerza de gemir: Todas las noches inundo mi lecho/ Riego mi estrado con mis lágrimas.”  Y pensó por un instante la sirvienta, si ella, como el Rey David, gemiría aquella noche, regando con sus lágrimas el lecho...

Ya veis a donde nos puede llevar una imagen a la que no prestamos atención; y cómo ella nos hace rescatar de nuestro interior personajes y sucesos que ignorábamos hasta entonces. La historia de la zapatilla y la sirvienta que sabía leer los Salmos podría seguir, y seguramente aparecerían en ella muchas más cosas, personas y hechos que ahora se hallan agazapados en ese lugar dentro de mí y no me apetece ahondar. ¿podría estar Anuska enamorada de David? ¿un amor furtivo? ¿no correspondido? nunca lo sabremos.Un lugar tan grande; tan enorme, que me aterra pensar si no seré yo quien permanece dentro de él y no a la viceversa. Y temo que me devore o peor aún, que termine perdido en alguno de sus recónditos parajes.

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