Creo que no he dormido nada en toda la noche. Los
remordimientos taladran mi cráneo y no sé como pararlo. Sé que la he perdido.
La he perdido para siempre. No supe reaccionar ante lo que me había regalado. No
entendí lo cerca que había estado de la cota de mi vida y así sucedió que dije
lo que nunca debí decir. Ahora lo sé y ya es tarde. Vi como su mirada se
enfriaba hasta quemarme por dentro. Su respuesta, previsible pero igual de
dolorosa, vino tan rápido como todo lo anterior. Quedé mudo, ciego, sordo y sin una pizca de vida. ¿Y qué fue aquellos que le dije? ¿Qué fue lo que escupí? Sólo fue una frase, una maldita frase que jamás repetiré. Unas palabras tan simples como contundentes. Un impulso incontrolable de mi ser, que ahora clama por un perdón que no voy a darle. Solo le dije: “Me he enamorado de ti” Ese fué mi fin, mi última frase, mi epitafio. Será el epílogo de un libro de penas y derroches, de historias demasiado cortas, de final previsible desde la primera página. Un libro en blanco para aquel que no sepa leerlo. Desperté a su lado; con su sonrisa a pocos centímetros de mis labios. Con sus ojos cerrados pensando quizás en aquel otro con quien deseaba despertar. Pero los abrió y descubrió cuan bajo había caído. No sé lo que sintió y prefiero no saberlo nunca.
Prefiero que sus sentimientos se pierdan en el aire que nos separa y no volver a mirarla a los ojos desde tan cerca sabiendo que estaré con ella mañana. “Gracias por hacerme sentir vivo una vez más. Gracias por despertarme aunque solo sea para abandonarme en esta montaña helada. Gracias infinitas Chusa por lo que me has dado y por lo que nuestra amistad aun nos tenía preparado.”Aquí estoy. Quizás esta es la mejor despedida que puedo conseguir. Estoy solo. Solo, como una rosa negra en un jardín cubierto de nieve. Una rosa marchita y pisoteada que a duras penas intenta asomarse al manto virgen que la cubre.
Salto, caigo, lloro… Las aguas de mi tierra me saludan y me dan la bienvenida. Prefiero morir como he vivido. Sin nadie a mi lado… Al fin muero. En la nota que aun guardo en mi bolsillo y que debió recibir otra persona, solo pone: Juan. Llegado el fin, sé como me llamo. Mi nombre es Juan y estoy muerto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.