lunes, 4 de noviembre de 2019

LA SOLUCIÓN DEFINITIVA.

No sé si serán los años, o los daños, pero últimamente en los ratos que consigo conciliar el sueño solo me sacude un sueño como dirían algunos, una pesadilla como dirían otros, todo es depende con el cristal en que se mida y se sopesen las cosas.
Sueño que estoy en una pradera, la hierba es verde salpicada de motas amarillas por el color de las flores. El viento hace moverlas ante mi vista como olas en mar embravecido. El viento sopla frío en mi cara, viento gélido que produce dolor en la piel. Con la mirada busco el sendero que me lleva a la montaña. Inmerso en mis cávalas y caunadas mentales cuando me quiero dar cuenta estoy cruzando un bosque negro, plagado de árboles retorcidos, de arbustos quemados y piedras puntiagudas al haber sido quebradas por el calor del exiguo fuego producto del incendio de hace días, piedras que se hunden en la carne de mis tobillos.
Tengo Miedo, frío y sudor. Corro. No sé dónde voy pero tengo que llegar y ¡tengo que llegar ya!. Corro durante un tiempo indefinido, no se cuantificarlo aunque empiezo a jadear y toser, Tropiezo y me caigo. Al levantar la vista lentamente, diviso la entrada de una ciudad enorme, gris y sucia. Al entrar por su avenida principal todo crece alrededor de mí por momentos y me agobia, me rodea, gira y me roba el aire, da vueltas y me aplasta. Un mundo de gigantes y yo pequeño.
La gente de la ciudad es afilada, manchada de orgullos y prejuicios, gente mellada. Solo puedo buscar un sórdido callejón lejos de los transeúntes,  tumbarme decúbito supino y gemir, gemir como un perro en el rincón de una ciudad gigante. Lloro y gimoteo, pero como si de un flash mood se tratase mi raciocinio me hace darme cuenta de que no tengo porque, de que yo soy más grande y más fuerte y más listo, de que puedo hacer lo que quiera y soy el dueño de mi mundo ,solo basta creérmelo.
Entonces decido dejar la ciudad, escapar de la miseria y del olor a humanidad podrida, de sus habitantes , gigantes y enanos que me persiguen intentando hundirme en su podredumbre, que tratan de agarrarme con sus pequeñas manos afiladas por un lado y sus colosales garras por otro para alistarme en su ejército de uniformados urbanitas. Vuelvo a la montaña, alta y majestuosa, fría y solitaria, bella y atrayente, poderosa, irresistible. Escalo, ya no soy un gigante, soy parte del mundo. Ya mis huesos son piedra y mi carne arena, y ya sin dudas mis ojos estrellas. La cima, lo veo todo, ahora todo está claro.
Ahí abajo esta la ciudad con las pequeñas figuras, con sus pequeñas palabras y sus enormes problemas. Se mueven, se besan, disfrutan, se odian, se matan. Yo mientras tanto miro al cielo. Amanece y el cielo se inflama de millones de tonos rojos. Me siento abrumado por la belleza. Es enorme y me oprime. No la resisto y me lanzo al abismo liberador del precipicio.

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