sábado, 2 de noviembre de 2019

LA PANTARUJA.

Hubo un tiempo en el que no era extraño ver figuras que, amparadas por la oscuridad, se movían de un lugar a otro a horas intempestivas. Con frecuencia se les atribuía a esas sombras poderes sobrenaturales. 

Un claro e interesante ejemplo es la historia del fantasma de Ceuta, recogida en el Museo de la Policía de Avila. En la que decenas de testigos aseguraban haber visto a un fantasma saltando de tejado en tejado creando una psicosis colectiva y con ello empujando a las autoridades a investigar los hechos. Por un lado se trataba de impedir que cundiera el pánico y, por otro, de prevenir cualquier conspiración contra el régimen franquista. Los resultados de las pesquisas fueron sorprendentes, desde luego. Pero no en el sentido que todos esperaban. El supuesto espectro no era más que un hombre casado que, escondido tras unos ropajes oscuros, había encontrado la manera de llegar hasta la vivienda de su amante para sus encuentros furtivos lejos de las miradas. 

En Motril en una época puntual del siglo XX se dio el caso de los penitentes noctámbulos, que asustaban a los transeúntes a altas horas de la madrugada para que no fuesen testigos de sus furtivos devaneos amorosos. En el extenso tiempo que viví en San Vicente de Alcántara, me hice eco de esta situación que cronológicamente me pilló por esos lares, Ocurrió en el vecino pueblo de Alburquerque y jamás he visto una psicosis colectiva tan arraigada, quizás al ser un pueblo pequeño en que cualquier hecho fuera de lo cotidiano se magnifica en demasía, aunque en honor a la verdad. Esa tierra tiene algo de mágico, maravilloso, misterioso, místico que envuelve.

¿Puede una historia de fantasmas atemorizar a la gente de un pueblo en nuestros días? Vivimos en la era de la tecnología, una época en la que el escepticismo es la religión predominante. En las sociedades avanzadas existe el convencimiento de que el hombre domina por completo su entorno. Y no hay nada más. No hay espacio para el escalofrío, para alteraciones más allá de la lógica.Esa seguridad, esa sensación de control que nos da saber que cada día el sol saldrá por el este y se pondrá por el oeste, nos permite concentrarnos en lo evidente y nos invita a apartar los ojos de manifestaciones que la razón considera inadmisibles. 

En la dictadura de lo tangible se supone que estamos a salvo de lo que algunos denominan “mundo sobrenatural”. Se presupone que siempre hay una explicación racional, sea ésta más o menos evidente. Entonces, ¿cómo es posible que decenas de personas convengan en que una criatura espectral se pasea cada noche por las calles de un tranquilo pueblo?Cae la noche entre las casas blancas de cal y tejados de tejas árabes. Apenas puede distinguirse ya el tono anaranjado de los tejados producto del ocaso del sol. La puesta de sol ha liberado un viento suave y fresco que pone el vello de punta. El silencio sobrecoge y sólo se rompe con el canto de algún pájaro nocturno o con alguna voz lejana que se apaga. 

Es tarde y en pocas horas la vida volverá a Alburquerque, y con ella las obligaciones.Confía en que nadie le haya visto titubeante y asustado como un chiquillo, en el pueblo donde ha nacido y que conoce como la palma de su mano. Recupera la tranquilidad y retoma las cuentas que llevaba en la cabeza, vuelve a sus asuntos. Y entonces, como de la nada, surge una silueta nívea que le paraliza el corazón. En cuanto las piernas le responden, huye sin rumbo fijo. Sólo quiere alejarse de allí, dejar atrás aquello que ha visto con sus propios ojos. “Que Dios nos proteja. Era un espectro, un penitente, la Pantaruja... Lo he visto con mis propios ojos”, se dice. Cuando llega a su casa trata de recomponer el gesto. Sabe que nadie le creerá, así que decide no contárselo ni siquiera a su mujer. Y jura que nunca más le sorprenderá la noche por las calles empedradas sin compañía. 

Este caminante anónimo ha sido uno de los primeros en verla. Otros muchos se cruzarán con esa sombra blanca que parece vagar en busca del camino que la conduzca hacia el otro mundo.Los primeros testigos del extraño fenómeno fueron tratados de bromistas en el mejor de los casos y de locos por los peor intencionados. Pero cuando los testigos crecieron en número no hubo más remedio que aceptar que algo estaba sucediendo. Algo inesperado y sorprendente. La pregunta que aún hoy sigue planteándose es si aquel espectáculo siniestro, aquel ser de túnica blanca que se paseaba por las calles, cirio en ristre, aquel relato que fue de boca en boca por las casas encaladas de un pequeño pueblo extremeño a finales de 2005, fue obra de algún vecino que disfrutaba aterrorizando a los transeúntes o, por el contrario, se trataba de algo mucho menos tranquilizador. 

¿Puede volver a este mundo el alma de un penitente? En el lugar de los hechos, Alburquerque (Badajoz), no se ponen de acuerdo.El alcalde de Alburquerque, Ángel Vadillo, reconoce que en el pasado su localidad vivió también episodios similares y afirma que los maridos infieles fueron los culpables de que se extendiera la leyenda de la Pantaruja. Pero cuando los incidentes empezaron a registrarse en pleno siglo XXI, muchos se inquietaron. Hasta los niños se negaron a salir a la calle por miedo a encontrarse con el espantajo que se aparecía en los alrededores del callejón que une las calles de San Antón y San Pedro.

Tal vez la experiencia más espeluznante fue la que vivió José Pablo Rodríguez el 15 de diciembre de 2005, también a las 5.00. Aún soñoliento, aparcó el coche cerca de la panificadora en la que trabajaba, en las afueras del pueblo. Bajó del vehículo y encaminó sus pasos hacia la puerta principal de la nave. De pronto percibió que algo se movía detrás. Allí estaba la figura, vestida de blanco, erguida, mirándole. Echó a correr hacia la seguridad del coche y tocó el claxon para poner en guardia a todos sus compañeros. Pero, en un instante, el fantasma recorrió 50 metros y desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra.

Otro joven asegura que vio al esquivo espectro en el castillo de la localidad, justo cuando se apagaron las luces que iluminan sus muros. Intentó ir tras él, pero fue inútil; pronto lo perdió de vista. No había duda de que aquella sombra, fuera lo que fuera, era esquiva y difícil de atrapar. Aquélla fue una aparición atípica, sin duda. Pero ¿eran todas las manifestaciones un fraude? ¿Quizá un gracioso había aprovechado la psicosis colectiva para gastar una broma? 
María Esperanza Canchales, de 17 años, había visto al fantasma de espaldas, en la calle de San Antón. Un matrimonio de avanzada edad se había cruzado con la aparición y le había oído decir claramente: “Hermanos míos, vamos a rezar un avemaría y un padrenuestro a las ánimas benditas del purgatorio”. 

Durante días fue visto dando brincos por terrazas y tejados, hasta que el misterio pudo ser resuelto: se trataba de un voyeur, un hombre que disfrutaba observando a las parejas en momentos íntimos, un pervertido muy real.“De todas las experiencias que numerosos alburquerqueños han tenido con la Pantaruja se deduce que siempre lleva el mismo hábito, pero suele cambiar el cirio por otros objetos e incluso portar una especie de luz en la cabeza. Además, aunque en la mayoría de los casos sale de madrugada, a una señora se le apareció a las ocho de la tarde en un bloque de pisos existente cerca de la plaza de toros, en la avenida de Extremadura. 

Esta señora, que desea permanecer en el anonimato, llevaba el carro de la compra cuando vio a la Pantaruja a unos 20 metros, en una zona oscura de esa avenida, en el extrarradio de Alburquerque. Llevaba la túnica blanca abrochada hasta la altura del pecho y una especie de capa encima, algo que no pudo descifrar en sus manos y una especie de luces en la cabeza”.Puede que todo aquello fuera cosa de bromistas. O quizá una estrategia publicitaria para atraer turistas a la localidad. Pero desde entonces muchos alburquerqueños se cuidan de pasear de noche en soledad y siempre miran dentro del armario y debajo de la cama antes de acostarse. No es que tengan miedo. Quieren creer que los fantasmas no existen, pero siempre es mejor prevenir. 

José Miguel Gemio Taborda la leyenda de la Pantaruja no le hace ninguna gracia. Regresaba a su casa a las 5.00 cuando se la encontró en el lugar acostumbrado, el llamado “callejón del miedo. Al contrario de lo que se tenía por habitual, el supuesto espectro se acercó a él para intentar asustarle y José Miguel decidió plantarle cara.Tiró de la sábana que lo cubría y trató de desenmascararlo, arrebatándole una caña que llevaba  el supuesto espectro y sacudiéndole fuertemente en la espalda y en los brazos hasta que el fantasma huyó.“La Pantaruja llevaba una sábana blanca hasta los pies y un trozo de tela en la cabeza, con agujeros a la altura de los ojos y la boca. La capucha estaba atada con una cuerda al cuello”, la describió Gemio Taborda. 

Su encuentro con el espectro no se ajusta al patrón que describen los otros testigos. Hasta aquel momento nadie había percibido en el fantasma una actitud amenazante. La blanca figura se limitaba a deambular por las calles, sin hacer caso a nadie, aunque su presencia espantara a los transeúntes. Así que no se puede descartar que hubiera varias Pantarujas. la mayoría de ellos se mostraban convencidos de que lo que sucedía era que un jovenzuelo con malas intenciones se disfrazaba cada noche para asustar a los vecinos más impresionables, lo cierto es que hasta los más aguerridos empezaban a desconfiar de la noche. “No será nada se decían, pero quien evita el peligro...”

Misteriosamente un conocido político pasó cierto tiempo sin aparecer por el consistorio municipal, quien lo vieron dicen que por motivos de salud. Se había caído de un olivo y tenía la espalda llena de verdugones y un brazo partido…

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