Para la pintora siempre hubo cosas realmente
inquietantes por descubrir y plasmar en en un lienzo: el arco iris, el
horizonte, la profundidad del mar y todos sus secretos; las tierras lejanas por
descubrir que solo veía en su mente, los eclipses. Se veía incapaz de poder
dibujar cosas intangibles como la voz humana, la energía que irradia el cuerpo
humano, el desamparo, la soledad, el odio... El amor. Siempre su pincel cobra vida propia y pinta cosas triviales; los edificios, trenes, barcos, payasos, la forma de la tierra, globos, cementerios, lugares deshabitados. No es que carezca de talento; simplemente que su mente no lo deja florecer. Todo esto hacía que se encerrara en su habitación días y noches enteras tratando de luchar contra su mente y poder pintar tantos paisajes como seres; como las ambiciones y derrotas que se arrinconaban en su memoria durmiendo el sueño de los justos. Lo hacia como un acto compulsivo.
Así durante muchísimo tiempo; dejando aparcando a un lado la casi ya exigua relación con su familia y sobre todo con el hombre que durante diez años siempre había estado dispuesto a ser su compañero en el viaje de la vida. El; todos los días le decía que no todo en la vida era encerrarse a pintar, que había un mundo en la calle y el quería vivirlo con ella. Le recordaba constantemente cuando vivían convencidos que el mundo giraba en torno a ellos; de sus primeros besos, sus caricias, sus risas. Pero de nada servía; ella a todas las conversaciones le daba un giro Copernicano y acababan en hablar de proyectos, de ideas; Pero se refería solo y exclusivamente a la pintura.
Un día al amanecer la pintora se levantó desperezándose con un sonoro bostezo y después una leve sonrisa; Miro por el ventanal y vio un sol radiante, un sol que invitaba a salir y respirar aire puro. Pero lejos de eso; Esa noche había soñado un paisaje bucólico y debía plasmarlo cuanto antes. Se apresuro a ponerse su camiseta casi ajada con manchas de pintura y se dirigió al caballete de trabajo. Reparó en un papel doblado que había justo en la hendidura de la parte inferior de la puerta y lo abrió con cierta incertidumbre y curiosidad; era de su chico:
"Nuestra relación al principio fue puro y maravilloso gouache; me dibujabas en el aire aerografías maravillosas de una vida futura. Pero tus obsesión con la perfección unido al miedo al fracaso con el tiempo te ha hecho pintar con colores acrílicos oscuros y sórdidos. Ya no te vistes de pastel, ni me cubres de óleo. No paseamos juntos por mares de témpera, ni nos repasamos con tinta china.
Ya no difuminas mis temores ni mis preocupaciones, ni diluyes mi pesar con el carboncillo; sacando los claros oscuros de la vida. Tras tiempo creando y retocando, creando y retocando, as olvidado lo principal; acabado por destrozar la obra. Y al final me has abocado a dejar de ser tu cómplice de tu sueño; nos hemos rendido al claroscuro...Y nuestro mundo, sepultado bajo capas y capas de aguarrás, ni con barniz volverá a brillar. El fresco que empezemos tu y yo al final se deshace ajado por el frío de fuera. El Sol de tiza que te dibujé con toda ilusión un día; ya no alumbra como ayer. Quizás solo te queden acuarelas por pintar..."
Se despojó entre lágrimas de su ropa de trabajo y enfundandose unos vaqueros y un suéter acompañados de unas zapatillas deportivas se apresuró a salir a la calle. Ya ni recordaba que se sentía cuando caminaba sobre las hojas del otoño caídas en la acera.Ese día; al caer la noche, todas sus pinturas estarían y dormirían presas de la oscuridad sobre un armario del trastero, en carpetas con cintas y encajes.
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