viernes, 17 de enero de 2020

LA MEMORIA DE UN PEZ ( Historias de la calle CARIDAD DEL COBRE )

Claudia sale del portal de casa deshojando un paquete de tabaco, quitándole el celofán y el papel plateado y a continuación sacando un cigarrillo. El aire está cargado de electricidad positiva. Vive en una de las calles más pequeñas del pueblo; una transversal de la calle CARIDAD DEL COBRE justo antes de llegar al inmenso parque en que acaba dicha calle, una callejuela en la que tiene arrendado un pequeño apartamento. Una calle de ambiente familiar, agradable y placentero, una tranquilidad para los sentidos, así era el aire que se respiraba. 

Los niños corriendo, divirtiéndose, sus padres detrás de ellos riñendo entre dientes y clamando a viva voz el ritual de frasearía de toda la vida, “Pedir a la Virgen un poquito de ayuda y piedad, que buena falta nos hace”, decían. Los pequeños lejos de intentar comprender el porqué de aquel circo, como es normal, iban a la suya, gritando, corriendo, saltando de felicidad y frescor, solo propios de alguien inocente y desconocedores de la lucha encarnizada que es sobrevivir a la realidad. Claudia sonríe al ver los dislates de los críos con el único afán de enervar a sus progenitores. Esta mañana antes de salir de casa ha comprobado que los peces que le regaló su madre ayer aún estaban vivos. Dos carpas japonesas blancas, moteadas con tonalidades cúrcumas y negras. Son bonitos, no está mal. Balbuceó entre dientes a la vez que con el pie apretaba con el pie contra el suelo la colilla aún encendida del cigarro que había devorado. Es la única emoción que le dan, el observar si siguen vivos. Pasa mucho tiempo. 

La plaza del pueblo está llena de hojarasca de las moreras en pleno deshoje, el chasquido de las hojas al ser pisadas no le sacó de sus tribulaciones, tenía que dar un cambio a su vida, no sabía el modo ni forma y ni por asomo cuando, pero tenía que ser pronto. Abre la cancela recién pintada que daba entrada a un jardín ahora mustio, pero en primavera un autentico vergel de flores, implosionadas de colores vivos y fragancias embelesadoras. Sube la escalinata de piedra caliza Negra entreverada con un gris maculo y llega al recibidor de la majestuosa casa. Pisa con sumo cuidado la alfombrilla puesta bajo el alfeizar de la puerta, es la casa de Pedro, su novio de toda la vida, y viendo el derrotero de la relación, del resto de su vida. Al llamar a la puerta lo hace suave, la campanilla titila con un sonido sordo, espera un minuto. Vuelve a tocar y esta vez la campanilla retumba en todo su esplendor, Una criada abre y le sonríe. 

Ella espera en la entrada del salón, es su ritual diario, Pedro llega en silla de ruedas. Es un tipo de complexión famélica y de gesto mustio, pero conserva la vitalidad de antes de perder su pasión por la velocidad. Esa velocidad que lo llevo a estar postrado en esa cárcel con ruedas. La criada les acompaña por el pasillo y abre una puerta servilmente, los deja solos en la habitación de Pedro. El se estira con mucha dificultad en la cama. Claudia se sube de forma mecánica la falda y se baja las bragas, no es la primera ni la última vez que lo hace. Se sienta encima de la boca de Pedro, el está parapléjico de ombligo para abajo. Para el famélico individuo la lengua, es el órgano más sexual que le queda; Claudia se corre varias veces gracias a ella. Pedro tiene mucha práctica necesariamente adquirida. Una vez saciada, coge un clínex y le limpia la boca a Pedro con cariño, se enfunda las braguitas con prisa y con un chao mi amor, que no llego a mi hora, se despide de él mientras se pierde por el pasillo atropelladamente en dirección a la puerta de la calle. 

Pero no, es aún muy temprano, pero le gusta ser la primera en llegar al supermercado. Fue su dogma autoimpuesto al ser contratada por mediación de su futura suegra, yo, siempre la primera. Por la tarde regresa del trabajo a su apartamento, sedienta. Bebe de su jarra naranja comprada en el bazar de los chinos de la esquina, el agua vertida aun mantiene el regusto a Fanta naranja debido a que recicla las botellas de refresco. Acaba de beber y hace una mueca agridulce por el regusto. Mientras cena piensa en llamar a sus padres, pero decide no hacerlo. En lugar de ello, llama a Pedro. El teléfono da señal de llamada pero no lo cogen. Sigue sonando mientras Claudia mira la pecera, los dos peces de colores se mueven, anodinos, silenciosos acostumbrados a su hábitat, Claudia cuelga el aparato. Lleva un tiempo percatandose que la pecera ocupa demasiado espacio en el mueble y decide cambiar a los peces de pecera. Solo son dos, se tendrán que conformar con un espacio mas reducido. Rebusca en el armario de la cocina y encuentra una jarra de cristal. Con sumo cuidado los traspasa de recipiente, ya en su nuevo y reducido ambiente. Piensa que seguramente no les ha gustado el cambio, pero ya no se acuerdan de nada. Son de exigua memoria. 

Se recuesta cansinamente en el sofá de postura decúbito supino y apoya la cabeza en una almohada, en su mente fluye la visión de su novio, siente autentica devoción y amor por él, Recuerda aquel día que llevaban un tiempo ya saliendo y el la invito a cenar a un restaurante. Cogieron un taxi, el no estaba dispuesto a caminar hasta el restaurante, y ella, que había pensado que un paseo bajo la luz de la luna sería romántico y cimentaría aún más el gran amor que estaban amasando día a día, tuvo que acceder a su petición, mayormente por el miedo a que el comienzo de su relación en común fuera soportado por cimientos de barro a causa de discusiones banales. Tiempo tendría para cambiar ese temperamento irascible. Así que puso su mejor sonrisa, mientras le decía con voz socarrona “Que no un taxi, sino un carruaje tirado por cien corceles blancos me pondrías a mis pies si te lo pidiese”. Pero no había tal imaginario carruaje.

Tuvieron que conformarse con un viejo Seat Toledo que por allí pasaba con el cartel de libre. Y así, sentados en el asiento de atrás, recorrieron la distancia que de su casa había hasta el restaurante. La única nota discordante la daba aquel estúpido taxista, impertinentemente obsesionado por mirar el retrovisor, esperando, pensando tal vez que en aquel lugar iban a hacer algo indecente. Recuerda nítidamente todavía su condenada cara y no pudo por más que lo quisiera, evitar que un escalofrío la recorriera por dentro: la barba mal afeitada, el palillo pasando de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, la sonrisa socarrona, y el juego de cuello continuo como buscando la posición perfecta desde la que ver el espectáculo. Claudia vuelve a llamar a Pedro, otra vez, mientras mira a los peces, envidiándolos, por tener tres segundos de memoria. Nadie coge el teléfono. Mira instintivamente el reloj y se cerciora que es muy tarde, que en casa de Pedro ya estarían todos durmiendo. Vuelve a recostarse y de nuevo su mente echa a volar, El pasado comienza a hacer su aparición, en todas sus formas. 

Recuerda ese domingo por la mañana cuando había quedado con su novio en ir a la playa, el se había obstinado en ir en moto, cosa a la que se negó ella, pero a base de caricias y zalamerías consiguió convencerla. Recuerda a la vez que siente un escalofrío ante la visión de esa curva y a ella diciéndole que no corriera tanto, recuerda despertar en el hospital. Y el resto se le difumina en la mente. “No puedo pensar en nada más, mi mente no me permite pensar en otra cosa, me estoy atormentando con el pasado y pronto no sentiré nada”. Los pensamientos del estado en el que se encontraba Pedro la podía más que cualquier cosa, no podía apenas comer, no podía dormir y mucho menos deseaba el hablar de sus problemas con los demás. Materialmente estaba muy satisfecha, pero no espiritualmente. Se sentía muy triste y no podía soportar el peso que le suponía la monótona vida. ¿Qué podía hacer? Nada, salvo esperar como una idiota a que algo cambiase. 

Decidió mantener su mente ocupada en menesteres de todo tipo; leer, beber, fumar, intentar dormir, mirar pelis, o practicar algún deporte. Pero, por desgracia, todo seguía siendo triste, solo que esta vez bajo un umbral de estrés cada vez mas acumulado. Es domingo y ese día no puede ir por la mañana a casa de Pedro. La madre recibe como todos los días de fiesta a sus amigas parroquianas de una congregación eclesiástica a la que pertenece y estar allí ella, se le torna incomodo, no por nada, simplemente porque no quiere sentir las miradas inquisidoras de esa gente, como culpándola de la situación del hijo de su anfitriona. Así que como cada domingo en la mañana se dirige a tomarse un café en la cafetería de la plaza con su amiga Laura. Una chica muy pizpireta y con aires de elegancia muy en desacorde con los modales rudos de un pueblo de la España profunda y rural. 

Al llegar a la terraza del local, avista a su amiga sentada junto a un chico con aire distraído y como ajeno a la conversación de su amiga Laura. _Hola Claudia, ¿Cómo estas hoy? Le pregunto mientras le daba dos besos en la mejilla. 
-Estoy, que ya es mucho decir, ¿No me presentas a tu amigo?. Uy perdón, se disculpó Laura. Carlos… Claudia. Los presentó mientras se besaban mutuamente. EL desayuno transcurrió con conversaciones intrascendentales y algunas veces aburridas. Carlos se jactaba de proyectarse como unos de los mejores psicólogos que habría en Madrid en breve, mientras las chicas lo miraban con cierta indiferencia por el tono de pedantería de la conversación. 
- Carlos; ¿Porqué la gente honrada sufre? Apuntilló Claudia aprovechando un silencio en el soliloquio de él. Tú debes saberlo, eres psicólogo. 

El lejos de sorprenderle la pregunta por lo sorpresiva que había sido, apoyo los codos en la mesa, y mirando fijamente a Claudia contestó: 
-Claudia, le dijo con voz dulce, parte de la base que las personas están hechas de diferentes materias. Hay seres humanos con un espíritu de cristal, éstos son tan frágiles, que muy pronto se derriban a la mínima desdicha o malos tratos y no hablo físicos recibidos por un semejante. Después, puedes encontrar personas con un alma de madera. Esas Son fuertes y resisten bien los reverses de la vida al principio, pero al final terminan pudriéndose y cayendo. También hay personas de alma de piedra. Estos son durísimos, irrompibles, pero también punzantes, y no aceptan ni lo malo ni lo bueno de las otras personas, por lo que viven eternamente amargados. 

-¿Cuál es el tipo de materia ideal entonces? preguntó Claudia intrigada e interesada. 
-Aún falta un tipo de alma. La de metal. Este alma no solo es indolente y le resbala el dolor que reciba, sino que es capaz de rebotarlo suavemente, y lo refleja frente a quien se lo causa, igual que las cosas buenas que reciba. Pero debes saber;prosiguió Carlos:
-Que no todos tienen el mismo material en su alma eternamente. Según el estado anímico en cada situación, aunque hay muchos otros seres humanos que mantienen el mismo material de su alma para siempre, o hasta que renazcan en otra vida. 

Al marcharse Carlos con Laura, Claudia se quedo un rato mas en la cafetería intentando discernir sobre lo que le había dicho su nuevo amigo. Trataba de destripar sus entrañas mentalmente y averiguar de qué material estaba formada ella, la había dejado con una duda que lejos de desagradarle le gustaba, ese hombre le había abierto otras formas de ver las cosas. Solo bastaba averiguar de qué pasta estaba hecha su cansada alma. y con una sonrisa y un gesto afable dejo vislumbrar , que ya lo sabía. La campanilla sonaba como cada mañana a la misma hora, la enjuta criada abrió la puerta con un gesto de hastío, del que por rutina a la misma hora hace lo mismo. Claudia entró con paso decidido, entre sus manos portaba la jarra que contenía las carpas japonesas, se dirigió hacia la habitación de Pedro mientras con el rabillo del ojo veía a la sirvienta intentar adelantarla para abrir la puerta del dormitorio. Claudia entró sin pegar en la puerta de la estancia y encontró a Pedro tumbado en la cama, la sirvienta con un gesto de desaprobación cerró la puerta y los dejó a solas, acomodo la jarra en la mesita de noche y dando un beso en la frente despertó de su sueño a Pedro. 

- Hola mi vida. Hoy dormí más de la cuenta, ¿Cómo esta mi chica? Balbuceo Pedro en un tono somnoliento. 
-Hola cariño, solo venia decirte que me marcho del pueblo, no me pidas explicaciones, el tiempo te las dará solas. Contesto Claudia a la vez le acariciaba la cara a Pedro. Con un beso y sin mediar mas una palabra salió ella de la estancia dejando a Pedro tumbado sin saber reaccionar.

Atravesó el pasillo con aire altanero, como de quien se desprende de una carga pesada y le hace más ligero el viaje. Cerró la puerta de la casa con suavidad, cruzó el jardín mientras que con una mano acariciaba las copas de los setos ahora deshojados y salió a la plaza. Ella quería muchísimo a Pedro, pero miraba ahora su futuro y por ese futuro no pasaba el. Veía un presente plano y anodino, un Pedro protegido por su entorno familiar mientras que ella sería una simple actriz de reparto en esa relación, y por ello había decidido poner punto y final. Pesara lo que pesara. Ella había acuñado sin saberlo un término nuevo: Alma de memoria de pez. Solo tendría memoria de tres segundos… El teléfono suena. Claudia lo coge. Y oye la voz de su madre; 
- regalaste los peces; murmura llorosa. 
- … ¿Por qué?… yo te los regalé con cariño….

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.