sábado, 18 de enero de 2020

EL MERCADER DE SUEÑOS.

14 de Enero. 7:00 AM. Me despierto. Entre las sábanas, con cierta desidia y no mucha decisión decido levantarme. 8:10 AM. Me he dormido. Me despierto. Otra vez. Oigo pasos. Alguien hace ruido en el piso de arriba. Desgana. Agobio. Angustia. Me levanto. Todo me molesta. Me aseo. El agua está fría. Congelada. Café. Ascensor. La calle. El calor de las sábanas me hace tiritar. Miro al suelo. Enciendo un cigarro. A la oficina de empleo. Tren. Miro. Observo. Muchas caras. Tristeza. Siguiente parada. Más tristeza. Miradas. Infinito. No hay horizonte. Blanco y negro. Siguiente parada. Más personas. Menos espacio. Más agobio, más tristeza. Fin de trayecto. La calle. Frío. Y Sol. 

Me duelen los ojos. Estoy desubicado. Se donde estoy. No es mi sitio. No el que debería. Vida. O cárcel. Estoy triste. Camino. Más caras. Inciso. Una mujer. Me agrada. Es sencilla. Me atrae su rostro. Desprende lealtad. Humildad. Su pelo es lacio. Dejado. Largo. Poco cuidado. Me gusta esta sensación. Se acerca. La miro. Me mira. Aparto la mirada. Nos cruzamos. Y adiós. Vuelve el agobio.

Es tarde de nuevo una luz ilumina mi cuarto durante un breve instante, empiezo a contar 1,2,3,4,… 36 segundos y escucho por fin el trueno, es demasiado lejos, no los veré en verdad, hace ya 10 años que no veía una tormenta, una noche tan hermosa como esta es rara muy rara, la lluvia cae y el sonido llega a los huesos, el problema es que estoy solo, solo tratando de ver que es lo que hago, una noche hermosa y no tener con quien compartirla. Víctima de la desesperación y el agobio me quedo dormido. Roberto se desperezó alzando los brazos y haciendo crujir las articulaciones. Era un nuevo día...y un nuevo problema. Estaba sin trabajo hacía seis meses. 

No conseguía más que pequeños ingresos por tareas modestas: cargar bultos, pequeñas chapuzas, etc. Hasta vendió bisutería en un mercadillo ambulante. Paseó la mirada por su cuarto y no pudo evitar sobrecogerse. Era la expresión del abandono. Una silla mal tapizada y una pequeña mesa con un plano del metro de Madrid doblado y redoblado en una pata sirviendo de nivel era todo el mobiliario que contenía el ambiente. De nuevo la pregunta de siempre le martilleo las sienes: ¿Como lograr los ingresos necesarios para sobrevivir? De pronto, su mirada chocó contra una noticia escrita en negritas en un diario viejo. "Se compra sueños". Si Ud. tiene un sueño que vender, venga, aquí se lo compramos. Roberto anotó la dirección, se aseó y partió hacia su inusitada cita.

- ¿Aquí es dónde compran sueños?; Preguntó a una distraída recepcionista que se acicalaba las uñas.
- Sí señor; respondió la mujer. - Pero debe hablar con el gerente. En un momento le recibirá; añadió.
- Esperaré; replicó Roberto. A los pocos minutos la puerta de una oficina se abrió y salió un hombre joven a su encuentro. 
- Pase, por favor; le dijo. Roberto obedeció, ingresó a la pequeña oficina denotando cierta prisa.
- Tome asiento, por favor; le dijo el hombre. Roberto se sentó con rapidez.
- Dígame, ¿cuál es su sueño? Preguntó el gerente con tono de mostrar poco interés y de querer despacharlo pronto.
- Yo soñé que era un encargado en una constructora y estaba dirigiendo la construcción de una carretera en un país africano, cuyos obreros eran nativos de ese país sin apenas conocimientos del trabajo a desarrollar. Era una actividad interesante. Los obreros recibían capacitación, en tanto, la empresa buscaba realizar trabajos para expandirse en negocios de carpintería y electricidad industrial y del hogar. Durante un prolongado tiempo eran adiestrados en el manejo de herramientas propias del oficio y cuando alcanzaban un grado óptimo de preparación, eran contratados para obtener un empleo bien remunerado, con la consiguiente calidad de vida. Y así continuó Roberto.

- Nos parece interesante su sueño. Le pagaremos 500 euros por él. No lo podía creer. ¿500 euros por un simple sueño? Roberto estiró la mano y recibió el dinero, firmó un recibo y salió apretando con su mano el dinero. Lo primero que hizo fue comer en un restaurante. Lo hizo bastante bien. Luego se cambio de habitación...Y pasaron los días. El dinero se le acabó rápidamente a Roberto, quien se había comprado un traje nuevo y zapatos, además de un televisor de segunda mano. Nuevamente acudió a la oficina donde compraban sueños. Y nuevamente se repitió el corto diálogo. Esta vez comenzó Roberto:
- Mi sueño trata de mi matrimonio con una mujer buena y muy guapa. Ella me había dado dos niños que yo educaba con amor, paciencia y cierto grado de severidad, formando en ellos los valores de la justicia, la verdad y la solidaridad. Así iban creciendo intentado hacer de ellos grandes personas. Prosiguió Roberto narrando su sueño. De improviso el hombre lo interrumpió:
- Esta bien, le daremos mil euros por su sueño. Nuevamente estiró la mano, firmó el recibo y salió. 

Esta vez ya fue más cuidadoso. Compró sólo lo necesario y guardó en el banco 600 euros. Las visitas se hacían a diario y en cada una de ellas Roberto narraba sus sueños de joven y de adulto, y salía con dinero en los bolsillos. Habían pasado dos años y Roberto ya tenía cerca de 500 mil euros ahorrados, porque invirtió invirtió parte de lo ganado y obtuvo pingues ganancias.
Un día despertó con el rostro sudoroso. Estaba cansado y sólo recordaba que se había acostado como cualquier otro día, había cerrado los ojos y se había hundido en el pozo profundo y oscuro del sueño. Pero no recordaba nada de nada. Al día siguiente se repitió la misma escena. De pronto se percató de algo: ¡No podía soñar! 
- Quizá sólo sea una mala idea; pensó Pero no. 

Los días que siguieron no hubo sueño alguno. Sólo el hundirse en la nada y despertarse con el rostro sudoroso. Roberto se desesperó. Añoraba sus sueños de hombre joven y de adulto en pos de metas. Ya nada tenía. De pronto se le ocurrió una idea. Corrió a su casa, donde vivía solo, y sacó una vieja libreta en la que anotaba cuanto había recibido de dinero por sus sueños. Sumó las cantidades y el total recibido fue de 300 mil euros. Sacó todo su dinero del banco y acudió a la conocida oficina.
- ¿Qué desea?; le preguntó la recepcionista.
- Quiero hablar con el encargado; contestó. Y con paso firme se dirigió a la conocida puerta y la abrió. 
- Quiero recuperar mis sueños que le vendí; dijo Roberto al hombre que se escondía tras un escritorio. 
- Usted me ha dado 300 mil euros en total. Yo le doy 400 mil euros. Así usted ganará 100 mil. ¿Qué le parece?
- Lo sentimos señor, no podemos hacer esa operación; fue la respuesta.
- Está bien. Le pagaré 450 mil euros, pero por favor devuélvame mis sueños; rogó Roberto.
- No podemos; reiteró el hombre.
- Le daré todo lo que tengo: 500 mil euros; Imploró el ex soñador.
- Por última vez: nosotros no devolvemos los sueños. Los sueños que usted vendió jamás los recuperará. Respondió, ya con voz definitiva el antiguo comprador de sueños.  
JOVEN, NUNCA VENDAS TUS SUEÑOS PORQUE JAMÁS LOS PODRÁS RECUPERAR.

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