Todo lo bueno en la vida emana de un simple pero a veces complicado salto al vacío.
Deberíamos sentir la necesidad imperiosa de asomarnos al abismo de la vida y cuando lo tuviésemos muy claro saltar, pero saltar sin tirabuzones ni triples volteretas, ni tan siquiera haciendo grotescas posturas, simplemente y llanamente saltar.
Deberíamos sentir la necesidad imperiosa de asomarnos al abismo de la vida y cuando lo tuviésemos muy claro saltar, pero saltar sin tirabuzones ni triples volteretas, ni tan siquiera haciendo grotescas posturas, simplemente y llanamente saltar.
Pero antes hay que hacer algo muy necesario: Escuchad al corazón y al instinto, y por supuesto poner también mucha reflexión para evitar la ceguera y errar en el salto.
Porque una verdad irrefutable es que tan ciego está el que no quiere pensar como él que no quiere sentir o escuchar los latidos de su corazón. Ambos tienen que estar despiertos, latiendo y trenzados.
Los abismos aunque no lo creáis no son vacíos, están llenos de posibilidades, lo que sucede es que muchas veces no nos atrevemos ni a mirarlos por el pánico que nos da provocar un cambio radical, algo normal y licito por otra parte. Pero precisamente en los saltos al vacío es donde pueden emerger realidades tangib inimaginables.
Los abismos aunque no lo creáis no son vacíos, están llenos de posibilidades, lo que sucede es que muchas veces no nos atrevemos ni a mirarlos por el pánico que nos da provocar un cambio radical, algo normal y licito por otra parte. Pero precisamente en los saltos al vacío es donde pueden emerger realidades tangib inimaginables.

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