Desde
hace más de veinte años de mi aburrida
vida, siempre llevo unas gafas de ver en el bolsillo. No son mías, porque yo
veo más que quiero. Son robadas y eran de una chica a la que se que le salve la
vida. Más concretamente; de una noche de verbena en un pueblo de Sevilla en la
que una terrible tormenta hizo callar a la orquesta, y a todos correr para
refugiarse bajo los portales hasta acabar observando la calle sucia y desierta
bajo el aguacero.Por aquellos años de currante del hormigón y el acero en una ciudad en fiestas; Yo no solía llevar mucho dinero, más bien monedas en los bolsillos; Por lo que acabe solo y refugiado en un portal estrecho bajo la lluvia, con una cerveza tibia en la mano y los calcetines empapados dentro de las deportivas ennegrecidas de tanto pisotón en el baile. En esas estaba yo en un portal, que ni recuerdo el numero: Evitando las gotas que me caían en la espalda, tiritando y tratando de eludir el rio de agua y papeles que corría por la punta de mis zapatillas, evitando mirar a los ojos de la gente que todavía buscaba refugio o hacían el idiota y el memo bailando bajo el chaparrón sobre el asfalto inundado, cuando la vi correr hacia mí.
De entrada no me pareció ni guapa ni fea, de hecho no era ni una cosa ni otra sino el espíritu de la golosina, es decir; era la mujer más delgada que he conocido físicamente en mi vida, insisto, era el espíritu de la golosina y para más irritación no veía tres en un burro. Eso lo pude comprobar enseguida cuando, para evitar el charco que se había formado ante el portal, dio un salto en su frenética carrera bajo la tormenta y, literalmente, se estampó contra mí. Me dio un cabezazo en la barbilla, un rodillazo en los huevos, derramarme la cerveza encima de mi camiseta de Bruce Springteen y caerse al suelo empapada si no hubiera sido porque yo intuitivamente no la hubiese recogido en mis brazos y comprobado que, como decía la canción del último de la fila... Era sólo huesos.
Hubo algo extraño que me hizo pensar, con esa inteligencia rápida que Dios me ha dado, que esa chica no veía muy bien. Me llamó por el nombre de Fernando y me dijo perdona. Pero me lo dijo devolviéndome el abrazo y mirándome a los ojos a través de sus gafas de mirar, porque ya me pude dar cuenta de que de ver, de ver mucho, esas gafas no eran, por lo menos para ella. Cuando me soltó un momento del abrazo en el portal y me preguntó si me había hecho daño en la entrepierna así medio de broma, yo no le contesté, lo cual, extrañamente ella no dio por sentado de que se estaba equivocando de persona sino que siguió con su confusión y yo... seguí callado.
- ¡Nos vamos a dormir! me dijo en tono imperativo. Podía haberle contestado muchas cosas cuando me cogió así de la mano. Podía haberle dicho, simplemente, yo no soy Fernando. Podía haberle dicho… es que yo no tengo sueño. Podía haberle dicho tranquilamente, que se estaba confundiendo. Podía haberlo hecho...
- Sí. Le conteste instantáneamente. Y ella me cogió de la mano y salió corriendo entre los charcos y el aguacero, arrastrándome a mi sin remedio por la calle mojada hasta los primeros contenedores que vimos, miento, que vi yo, porque ella, la pobrecita ni los olió; Sino que como si no estuvieran siguió corriendo hasta estamparse contra ellos y volver a caer en mis brazos empapados.
¡Qué hostiazo se metió! Pero nada en aquel esqueleto ciego de pelo negro como la boca de un lobo cambio para decirle que dejara de correr de nuevo; y de nuevo, cuando vi que se dirigía sin remedio hacia una farola como si quisiera comérsela, aunque a mí me estuviera arrastrando de la mano tuve la seguridad de que esa muchacha ver, lo que se dice ver, no veía mucho; por no decir nada.
Y de nuevo, con todas sus ganas se comió la farola de un golpe y acabo en mis brazos. ¡Qué hostiazo se volvió a meter! Sin embargo, para mi estupefacción nada parecía detenerla, nada la podía parar. Ella se lo volvió a tomar a broma; me dio un beso cuando la levantaba, me volvió a coger la mano y volvió a lanzarse a la carrera bajo la tormenta y los semáforos apagados, las luces naranjas, los coches atascados y... ¡un paso de cebra al que se dirigía como una posesa aunque estuvieran pasando los coches por él a más de cien! Sin dudar, sin miedo, sin frenar, sin remedio; La suerte que tuvimos fue que el semáforo se puso en verde, que el hombrecito nos salvó; Que sólo se comió a un repartidor de pizza que se lo saltó, a un taxi que no lo vio bien, la fachada del ayuntamiento del pueblo y el estanque de la Confederación de Regantes del que la tuve que sacar entre risas y bromas porque, de corazón, a aquella mujer lo que menos parecía importarle del mundo era caerse.
Explicar las peripecias con las que tuvimos que chocar hasta llegar a su casa, explicar los quince minutos que ella se pasó intentando abrir con su llave la oficina de correos, explicar que nunca dejó de correr y de reír bajo la lluvia me llevaría mucho tiempo de explicar en un tan corto relato. Pero lo hizo; Acabamos en un portal que hacía esquina con un parque que todavía hoy existe y para ¡sorpresa! La llave abrió y ella se lanzó como una posesa a subir escaleras como si todavía allí dentro la lluvia la persiguiera. Evidentemente los tres primeros escalones se los comió y por el ruido que hizo yo tuve claro que se había dejado los dientes en el intento. Pero no lo hizo; De hecho, siguió corriendo escaleras arriba sin encender la luz hasta llegar a la puerta 5.
Pero por un momento me frene, sentí miedo; El único momento de lucidez y temor que padecí durante aquella noche, me aconteció allí, frente a esa puerta abierta que ella intentaba abrir a tientas. Pues entendí y comprendí que si yo no era Fernando, Fernando debería existir y a no ser que lo hubiera matado ella estampándolo contra alguna marquesina de autobús, lo más probable sería que Fernando allí dentro la estuviera esperando y... No me voy a parar en palabras soeces ni groseras, no voy a escribir lo que esa dependienta de supermercado delgada me susurro al oído, pero sí puedo asegurar con toda seguridad, que después de esas palabras, yo le hubiera hecho el amor a ella allí mismo, al verdadero Fernando en el pasillo, al conserje, a la portera y al pastor Alemán que se me hubiese puesto por delante.
No, el verdadero Fernando no estaba. No, no voy a relatar lo que viví en aquella cama sin almohada. No, no voy a relatar cómo no dije ni mu durante toda la noche. Pero si, fue la mujer más delgada que jamás conocí y la cocina más desastrada que he visto en mi vida. ¡Virgen de la cabeza! En la nevera descubrí una caja de zapatos cuando yo buscaba la botella de la leche; la botella de la leche la encontré en la lavadora junto a sus bragas usadas, bragas que guardaba dentro del horno y en el cajón de los cubiertos puesto que la pila estaba llena de pinzas de la ropa, calcetines, platos limpios y un secador de pelo; porque en el cuarto de baño, aparte de un carrito de la compra, en la ducha y un paraguas en el retrete, mi querida amante ciega había guardado los apuntes de un curso de contabilidad junto al papel higiénico y las magdalenas, imagino que para que hicieran juego con las botellas de zumo de piña-uva con las que me tuve que duchar a ciegas ya que en aquella casa las luces o bombillas estaban en huelga y yo.
Cuando ella se puso a gritar desde la habitación, tuve claro que Fernando había vuelto y se estaría empeñando en hacerle de nuevo el amor, ¡de nuevo! Pero para mi consuelo e integridad física no era. Ahora puedo decir que como ella, nunca vi a Fernando; lo único que sucedía era que ella estaba buscando a tientas por encima de la mesita de noche entre calcetines, pantis, bragas y piezas de un puzzle a medio hacer sus gafas de mirar que no encontraba y que yo le había quitado temiendo que en uno de los actos pudiera reconocerme cuando antes no había reconocido ni su propio portal.
¡Fernando! ¡No encuentro mis gafas!.
Con el corazón en la mano y el pelo lleno de zumo de piña-uva he de confesar que mi primera impresión fue esperar a que el maldito Fernando cruzara el pasillo y le llevara las gafas, pero luego caí; salí de la ducha con un mantel de mesa atado a la cintura y le hablé por primera vez:
- ¿Y para qué quieres las gafas?; Lo que aquella mujer delgada me contesto desnuda desde una cama en la que había aparcado una bicicleta en un rincón me hizo pensar en su vida y sibilinamente acercarme con cuidado a una cómoda sobre la que habían dejado una caja de galletas y robarle las gafas, despedirme de ella, salir a la calle, volver a mi piso con mis compañeros de trabajo y callarme esta historia para siempre.
¿Por qué? ¿Por qué sé que le salve la vida? ¿Por que tuve la clara conciencia de que gracias a mí, esa pobre muchacha; que ese espíritu ciego e imperecedero de la golosina, viviría, al menos, unos días más? ¿Por qué? ¿Qué fue lo que me dijo?
- Fernando, no bromees; ya sabes que veo un poco mal de cerca (yo estaba a tres metros) y que no me atrevo a salir de casa sin las gafas. asi que si no las encuentro no salgo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.