domingo, 28 de junio de 2020

URBE.

Los domingos de mañana son muy solitarios en el dirimir cotidiano de la calle; salvo la tahona de manufacturados del pan, una tienda de todo a euro y tres bares, todo esta cerrado. Los night club cierran antes del alba dejando paso a un nauseabundo olor a orín y vomito en las esquinas aledañas a ellos; ingentes cantidades de colillas de cigarrillo y algún que otro veguero a medio fumar plagan de moteados tonos carmesí el suelo del pavés. Salgo a la calle con la intención de tomar un café y comprar la prensa en una calle paralela, la del ALMIRANTE DIAZ MOREU. Nunca supe quien sería ese señor hasta que Luis el del bar me sacó de dudas explicandome que era un héroe de la guerra de Cuba. De ahí relacioné que mi calle se llamara CARIDAD DEL COBRE

Nunca comprendí como en una calle tan larga los urbanistas no hubiesen diseñado bocacalles para llegar a las paralelas. Había que llegar al final de la avenida, torcer la manzana y desandar lo avanzado. Cosas atrasadas de un barrio atrasado. Miro a lo lejos; y lo veo de rodillas con un cartel de cartón con una leyenda escrita sujetado por los muslos y ya mi imaginación empieza a divagar... no lo distingo bien, Será uno más; sucio y con barbas de tres trimestres. Le distingo una chaqueta de cuadritos pequeña y debajo seguramente una camiseta probablemente de manga corta de un color indescriptible. Apuesto a que los pantalones mostrarán el lado más indigente de su persona con innumerables manchas de todo. Los calcetines hace tiempo que seguramente los dejó de usar, pues la piel mejor llevarla aireada que no tapada


Pero me voy acercando y visualizo algo inusual pero a la vez cotidiano. Un señor como empotrado de rodillas en el suelo como si de una recién caída se tratara, y que no pudiese levantarse. Un señor afeitado, de mediana edad; con zapatos de cordón fino, vaqueros impolutos como si la humedad del vapor de la plancha aún pudiese apreciar, camisa de manga corta a cuadros finos elegante y jovial, algo apretada por el porte de el, pero casi diría yo, impecable. Eso si, la descripción de su cara definía la realidad actual, presente, pasada y probablemente futura; su cara lo describía casi a la perfección como un hombre de dolor inesperado pero intenso, de frustración cavada en su destino y aumentada con una vergüenza del qué dirán. La desgarradora mirada clavada en el perfil de terrazo frío donde clavaba sus rodillas, era dura, durísima. Ese momento se paró en el tiempo, algo inesperado, un querer y no puedo; mis pasos inconscientemente hacen que me aleje poco a poco, no quiero perderme en la distancia; mi mente quiere sentarme con él, levantarle esa cara, que me charle de los tantos por qués que tendrá en su cabeza, que me diga el culpable de ese cartel. Querría que en lugar de suelo fuese un banco con patas, para hablar y reírnos como si de dos amigos del alma se tratase, pero no puedo parar. No soy capaz de hacerlo; me alejo


Mi mayor vergüenza hace que tampoco me de la vuelta para al menos, echarle unas monedillas. Ese cartel; ese trozo de cartón como otro cualquiera, llevaba una leyenda escrita. Llevaba una vida desgarrada y rota, una familia desmembrada y a la vez al filo del precipicio. Y no era un vagabundo más, era un como tú o como yo. Una persona que podría pasar desapercibida, pero ahí no.... en esa losa no. Seguí; pero ese momento de mi vida se grabo para siempre. La gente pasaba descuidada al lado suya; algunas y algunos sin tan siquiera mirarlo, otros como si de una papelera se tratase mostraban indiferencia. Yo había sido muchos de éstos, pero desde aquel momento no. Ahora paso delante de un señor o señora y lo/la miro, leo si tengo que leer, y si puedo en ese momento echar, echo. Ese cartel cambió mi normal paseo por la calle de la Caridad del Cobre. 

Ese cartel decía:
“NO PIDO DINERO, SÓLO UN TRABAJO CON QUE ALIMENTAR A MI FAMILIA”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.