lunes, 21 de diciembre de 2020

CELSO.



Celso trabajaba transportando pescado; lo hacía a la tan mínima expresión como el de no poseer ningún tipo de transporte para su mercancía. Sus pertenencias se limitaban a una canasta con una ínfima capacidad de volumen, pero con espacio suficiente, para que el contenido que conseguía transportar le proporcionara el dinero diario para poder subsistir.

Su ruta de transporte era desde un pueblo costero llamado La Guardia hasta Tuy donde vendía su pescado en el Parador Nacional. Hacía la ruta hasta Tomiño en un autobús de línea regular y desde Tomiño a Tuy, al no coincidir en horarios de tránsito, lo hacía a pie. Pero lejos de hacer el camino por la carretera convencional, atajaba por veredas y caminos rurales que atravesaban un parque nacional y le hacían el camino mucho más corto y llevadero hasta el Parador de Tuy, su destino final.

Sus numerosos ratos de soledad, le había hecho cultivar un sentido de la imaginación digna de cualquier escritor de cuentos infantiles o de un Cuentacuentos. Todas las noches, en el bar que era su parada obligatoria antes de llegar a casa, le esperaban algunos asiduos al establecimiento ávidos de escuchar una historia de Celso. Siempre las contaba en primera persona, como si del protagonista del relato se tratara. Sentía una grata sensación y un sentimiento a flor de piel del que relata y se siente escuchado, y eso le hacía poner más imaginación si cabe a sus relatos. Lo que Celso nunca llegó a imaginar o no quiso, era que el verdadero motivo de su popularidad como relator no era otro, que ser el blanco de las chanzas y burlas de los asistentes al bar al día siguiente.

- A este el estar todo el día solo, lo está volviendo medio loco. Decía algún que otro cliente habitual del bar.
-Pero, el rato que nos hace pasar no tiene precio, decían otros.En definitiva. Celso era un hombre muy singular e imaginativo, pero no por ello menos querido por los habitantes de La Guardia. 
La noche había caído de pleno sobre el pueblo costero cuando Celso hizo su entrada en el bar, lo hacía con su canasta, ya vacía enganchada al brazo y con una amplia sonrisa. Dentro estaban los parroquianos de costumbre, con sus conversaciones y sus risas, algunos bebían Ribeiro mientras, los que más, tomaban la tan socorrida cerveza, reina de todos los establecimientos de bebidas.
-Hombre Celso, andábamos esperándote impacientes; Le saludó con cierta alegría el dueño del bar._ 
-¿Ha ocurrido algo nuevo hoy? Todos sabían que esa era la frase que necesitaba Celso oír, para instintivamente iniciar su imaginario relato. Celso bebió parsimoniosamente, sin prisa, un pequeño tazón de Albariño mientras ordenaba mentalmente el cuento que se disponía a relatar. 
- Hoy ha sido un día extraño, quizás el más extraño que he vivido; Exclamó mientras hacía bailar el espirituoso dentro del tazón haciéndolo girar._ 
- Esta mañana bien temprano; estaba en el rompeolas esperando la barca que traía el pescado, y de repente se me han aparecido entre la espuma del mar tres sirenas. Una morena, una pelirroja y una rubia, a cuál de ellas más bella. Al principio, como comprenderéis, me he sobresaltado a la par que sorprendido, pero una vez repuesto de la visión he podido articular palabra y les he preguntado qué hacían en el rompeolas, que si les aquejaba algún tipo de problema. 

No tuve que esperar respuesta, puesto que al levantar un poco la cola la sirena rubia; Que por cierto, tenía unos ojos azules como nunca había visto en mi vida, la tenía enredada con una antigua red ya ajada que seguramente, había permanecido tirada en el fondo del caladero por alguna trainera. Al momento y no sin cierta dificultad en la tarea, conseguí quitársela y así devolverle la libertad de movimiento. Hecho que me agradecieron al unísono haciendo una serie de chapoteos y piruetas en el agua hasta que las vi desaparecer en la oscuridad. 

Ya repuesto del lance y habiendo cogido mi repleta canasta de pescado fresco, esperé en la parada al autobús que me debía de trasladar a Tomiño. El viaje hasta Tomiño fue mas tranquilo de lo que esperaba, pues apenas había pasajeros ya que no era día de mercadillo en el pueblo de destino; solo iba yo y cuatro o cinco estudiantes del instituto de enseñanza, viajeros habituales. Dado la tranquilidad y la ausencia de ruidos que producen las charlas altisonantes y unido al vaivén que producía el autobús por de los resaltes de la carretera, conseguí pegar una necesaria cabezada, más producto de lo temprano que me levanto a diario como de la intención de acumular brío y fuerza para hacer el camino a pie a Tuy mas descansado. 

Llegando el autobús a Tomiño empezó a llover levemente pero constante, de una forma como solo llueve en Galicia. Algo que para mi no era un problema tangible ni añadido, pues ya estoy acostumbrado a ello y por que el camino forestal que me llevaría a Tuy estaba parapetado y abrigado por centenarios árboles, que en verano me servía de gratificante sombra; como en días lluviosos me servía de refugio para no llegar calado hasta el Parador. A mitad de trayecto, donde el bosque es mas frondoso, de repente a mis oídos llegó nítidamente el sonido de una dulzaina, me acerqué a hurtadillas cual ladrón, y oculto tras de un árbol, pude ver claramente a un fauno sentado en el tronco de un árbol talado, mientras un coro de sílbanos danzaban alegremente alrededor de el.
 
Lejos de asustarme; me recreé un buen rato con el sonido melódico que salía del instrumento, así como del danzar casi hipnótico de los sílbanos. -¿cuándo en mi vida iba yo a volver a ver tal espectáculo? Preguntó Celso a los silenciosos oyentes._
- ¿Ha visto tal espectáculo alguno de los presentes? Volvió a preguntar. No, contestaron casi gritando alguno de los oyentes del relato.
-Pero sigue Celso, sigue con lo que te ha acontecido; Le espetó alguno de los presentes._ -Pero… lo peor me pasó a la vuelta de Tuy; empezó de nuevo el relato Celso con voz casi titubeante. Una vez vendido el pescado en el Parador y ya casi anochecido; volví de vuelta a Tomiño por el mismo camino que había hecho anteriormente. Iba tranquilo andando pero cuando estaba llegando a la parte mas frondosa del camino cuando un incesante crujir de ramas y hojas secas me puso en alerta.
 
Asustado y sobresaltado, salté detrás de unas retamas altas que había entre dos árboles y me dispuse agazapado a esperar que acontecía y cuál era el motivo de ese incesante crujir de hojas y ramas. Sentí mucho miedo, pensando e imaginando que podían ser contrabandistas, habituales en la zona. O por el contrario y en el peor de los casos; el sonido lo podía producir una mala bestia buscando comida. Nada más lejos de la realidad; era algo más siniestro, y en nada humano ni animal lo que vi. En dos filas y portando unas velas a modo de hachones, distinguí unas figuras con hábitos y la cabeza oculta por la caperuza que portaba dicha prenda._ 
-¡La Santa Compaña! Exclamó medio bar con una mas que evidentemente fingida sorpresa._ 
-Si, la Santa Compaña; repitió Celso mientras se persignaba apresuradamente.
 
-He de deciros, continúo relatando Celso, que el olor que despedía dicha compaña era nauseabundo y vomitivo, tenían el olor de la muerte y de la putrefacción, todavía tengo el olor metido en las fosas nasales, por no decir, el sabor a podrido que permanece en mi paladar._ 
-Dame otro tazón de vino, a ver si se me aplaca ese sabor; le dijo con voz casi gutural al propietario del bar._ 
-Y aquí acaba lo que me ha acontecido hoy, este día no lo olvidaré jamás. Celso dio por concluido el relato y celebró mentalmente la claridad y nitidez de cómo lo había desarrollado, así como del sentimiento que había puesto al relatarlo. 
 
La gente que había hecho corro alrededor de Celso empezó a disiparse entre algunas risas y una más que otra chanza y critica de lo que habían oído relatar.Lejos de sentirse ofendido por lo que oía, Celso apuró el vino, cogió su canasta y con un gesto de despedida abandonó el local. Se había excedido en la extensión de lo relatado y ya llegaba tarde a casa. En la cual al llegar, tuvo que soportar reprimendas de su mujer por lo intempestivo del horario; tampoco se salvó de la acritud en las críticas que le profería su mujer por andar siempre de niñerías, como ella llamaba despectivamente a los relatos de Celso. Se aseó apresuradamente y sin querer tomar cena se acostó deprisa; por no escuchar más la tintineante voz de su mujer y por dormir algo, pues el día había sido muy largo para él. Celso estaba ya antes de la amanecida en la calle que le debía de llevar a la playa. 
 
Llegó el primero al rompeolas; cuando el pueblo de La Guardia aun dormía o en el mejor de los casos, bostezaba.Encendió uno de los dos pitillos que se había puesto por norma fumar, uno en la mañana y otro de vuelta a casa en la noche. Aspiraba sutilmente el humo del cigarrillo cuando algo parecido a una voz humana, femenina, le llamaba por su nombre. Al principio se sorprendió que la voz proviniera en la dirección del rompeolas, cuando lo lógico sería, que viniera de los costados o a lo sumo de detrás de él, de su espalda. Aguantó por un momento la respiración para poder afinar el oído, cuando volvió a escuchar esa voz que le llamaba. Cautelosamente; Celso se acercó hacia el rompeolas hasta que el agua le llegó casi a las rodillas, caminaba en dirección hacia un supuesto bulto que creía distinguir en la oscuridad. Encendió su mechero para poder ver y observar mejor, cuando la vio de repente, la llama iluminó levemente la imagen de una sirena.
 
Era una sirena rubia; parecida a la que la noche anterior había descrito. Tenía unos ojos de un azul intensísimo y con sus manos hacia ademanes a Celso para que se le aproximara. Estando Celso a su altura y reponiéndose momentáneamente de la visión de tal criatura, se atrevió a hablar con ella._ -¿Necesitas algo de mí? Preguntó con un más que evidente temor. De repente, en un visto y no visto; la sirena asió fuertemente de una mano a Celso, intentando arrastrarlo hacia la profundidad del mar._ 
-¡Te quiero a ti!, mejor dicho, a tu alma, pues me alimento de ellas; le gritó casi al oído con una voz estridente, de esas que hacen doler los tímpanos.
 
Celso en un acto reflejo, comenzó a intentar recular y ofrecer resistencia; pero la sirena no estaba dispuesta a soltar su presa y le apretaba mas fuerte del brazo arrastrándolo hacia el mar. Instintivamente; Celso acercó el cigarrillo que no había soltado de la mano y le quedaba libre de presa, hacia el cuello de la sirena, la cual al sentir la quemazón producida por el ascua de cigarro, soltó súbitamente a Celso profiriendo un estridente alarido. Celso quedó sentado en el rompeolas mientras veía la siniestra sombra de la sirena sumergirse en las profundidades del mar. 
 
El ruido de los motores de la trainera al arribar a la orilla le sacó del sopor que le había invadido. 
 Hizo el habitual trato con el pescador, pero con una diferencia, Celso fue menos conversador de lo habitual, cosa que extrañó al pescador, pero que no le dio la mas mínima importancia, y despidiéndose con un gesto se dispuso a coger el autobús que habría de llevarle a Tomiño. El autobús llegó antes de lo habitual, iba atestado de señoras que venían de un pueblo cercano llamado Oía y se dirigían al mercadillo semanal que se organizaba en Tomiño, así como de estudiantes que cursaban sus estudios en dicho pueblo y se desplazaban a diario desde La Guardia.
 
Celso buscó acomodo en la última fila de asientos, e intentó dormir un poco, no lo conseguía; pero lejos de ser el incesante murmullo de la gente dentro del bus el motivo de no lograrlo, era la visión de la sirena intentando arrastrarlo hacia el fondo abisal de las profundidades del mar. Sin poder alejar ese pensamiento de su mente; antes de darse cuenta estaba en el apeadero de Tomiño. Con un paso casi cansino y pausado inició su trayecto a Tuy caminando; al llegar a la intersección del camino forestal y la carretera nacional, dudó y divagó por un momento que camino coger._ 
-¿Por qué no iba a coger el de siempre? Se preguntó así mismo mientras iniciaba el trayecto por el camino forestal, el más corto.
 
Casi a la mitad del camino; el bosque se hacía más frondoso y apenas penetraba la luz del sol. Los árboles y las sombras adquirían formas y movimientos casi fantasmagóricos que mermaban por momentos el ánimo de Celso._Las mismas sombras y los mismos árboles se repetía Celso mentalmente; tratando de recuperar el estado de ánimo y los temores que le habían invadido desde la mañana. Mientras, andaba inconscientemente con un paso presuroso y mirando continuamente para detrás, era una sensación de temor que se había apoderado de el y no podía evitarlo. En unas de esas impetuosas miradas hacia atrás, y al devolver la vista de nuevo hacia el frente, le frenó en seco la presencia de un ser excepcional. 
 
Alto, robusto y con una constitución física deforme, era un fauno._ 
-¡Como osas invadir mis dominios del bosque! Gritó el fauno a la vez que intentaba coger a Celso por los hombros. Con una hábil finta le esquivó las intenciones e inicio una huida feroz, sin freno y sin mirar atrás a sus oídos llegaban los aullidos de los sílbanos, unidos al rugir del fauno. Llegó antes de lo normal al Parador de Tuy, cosa que no pasó desapercibida al director del establecimiento._
- ¿se le ha dado a usted bien la ruta Celso? Le preguntó no sin cierta extrañeza. Celso, solo acertó a decir un escueto y apenas audible si mientras contaba el dinero, producto de la venta del pescado. Comió ávidamente en el Parador y se dispuso a marcharse. Lejos de coger el camino por el que había venido decidió coger otro paralelo en el cual se alternaban grandes zonas desarboladas con otras, las que menos, más frondosas. El trayecto lo hizo sin ningún tipo de contratiempo; pero al ser mucho más extenso, empleó mucho tiempo en hacerlo, sin duda llegaría ya anochecido a Tomiño. 

Había ya oscurecido cuando a cierta distancia veía las luces nocturnas de Tomiño; cuando algo distrajo su atención. Una serie de luces subían lentamente camino arriba, en dos filas bien distribuidas; por un momento pensó o al menos trató de animarse ante la visión pensando que eran las farolas de la entrada al pueblo. Cosa que desechó al instante, pues esas luces, eran mas propias de algo que ardía que de una farola eléctrica._ 
-No, mas no; Acertó a balbucear mientras se escondía detrás de una vieja piedra de molino que había en un margen del camino. La comitiva pasó en un silencio sepulcral a escasos dos metros de Celso. Solo se oía el crujir de la gravilla del camino al paso de la Compaña, así como el sonido de la respiración casi estentórea de los miembros de la misma. El olor fue algo que lo distrajo de la visión, lejos de ser un olor desagradable era todo lo contrario, un olor a cera quemada, que unida a los olores que despedía las tomilleras crecidas en el camino daban una fragancia en el ambiente inigualable. Celso, lejos de sentir miedo y temor experimentó una paz interior como nunca había sentido; casi rozando el éxtasis vió alejarse a la comitiva hasta perderse en una curva del camino. 
 
Celso llegó al bar a la hora de costumbre, llegó de una forma inquieta y apresurada, como nunca nadie lo había visto de esa forma._
-Una copa de orujo, acertó a decir con voz tranquila, discordante con la inquietud y premura con la que había entrado al local._ 
-¿Orujo? Si tu no bebes esos menjunjes Celso; dijo el camarero no sin cierta extrañeza._
-Hoy si; contestó Celso con voz pausada mientras con la comisura del ojo acertaba a ver a la gente acercándose a él.
-¿Qué te ha pasado hoy? ¿Algo nuevo que contar? Le preguntó un parroquiano con tono evidente de burla. Celso se quedó por un instante observando fijamente la copa de orujo con la cabeza agachada. Levantando lentamente la tez, y esbozando una sonrisa que denotaba ironía exclamó.
-No…Hoy no ha pasado nada que contar.



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