domingo, 6 de diciembre de 2020

EL DESPERTAR.


Hay formas que se van proyectando bajo la candida y lejana lucidez del sueño. Se acercan y se alejan lentamente, sibilinamente, recordándome a la manera en que se mece el mar. Existen noches en que todo se torna claro y es fácil ver las verdaderas almas de los cuerpos, pintados sobre la indeleble tela del sueño. Se puede sentir que estas vanas figuras están repletas de vida... de la verdadera vida; de la verdadera conciencia de que estamos profundamente dormidos en ese infinito océano. 

Como un volcán que descansa, hasta que el alma de la tierra lo enciende y entonces al fin estalla, erupcionando llamas vivas sobre la superficie. Lo que creíamos muerto, sumido en un eterno letargo, resurge de sus cenizas como un ave fénix, lleno de furia y repleto de amor. Solo entonces, bajo esa extraña lucidez del sueño, puedo comprender que somos ese ave que renace, ese volcán que estalla... Sin embargo al despertar, solo permanecen algunos vagos recuerdos de la verdad y vuelvo a vivir en la inconsciencia, sin saber que sigo dormido, que son contados los amaneceres y larga la noche de lo irreal. No serán las horas tristes junto a ti el motivo de mi amargura, ni tu infinito océano de dudas la causa de mi desazón; porque hay estrellas en tus lágrimas y soles en tu voz. Tus lágrimas son como la apacible tregua de la noche y con tu silencio despiertas al amanecer. 

En tus labios se manifiestan los primeros rayos del alba y tus palabras exhalan el aliento de un nuevo día, que encuentra su apogeo en tu sonrisa y satisfecho se vuele a perder. 

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